Los Pepes
La
fiesta de los pepes y de las pepas ha sido la causante del largo fin de
semana del que venimos. Y es que llamarse Pepe o Pepa es una fiesta.
Yo quiero compartir contigo, lector, el juego de “los pepes”, uno tú y uno yo. Por ejemplo, José Saramago, José Martínez “Azorín”, José Ortega y Gasset, José Bódalo, José Bono, José Zaplana, José Sacristán, José Carreras, José Calvo Sotelo, José
Hierro... Los Pepes somos gente muy normal, gente allegada y próxima.
“Los pepes” no tenemos la dominancia de “los manolos” —Manuel Azaña,
Manuel Fraga, Manuel Ureña—, ni tenemos ese repunte caciquil con
tendencia a la obesidad que ofrecen “los manolos”. No tenemos “los
pepes” la genialidad de “los pablos” —Pablo Picasso, Pablo Neruda, Pablo Casals—, ni llegamos “los pepes” a
la bondad filantrópica y natural de “los antonios” —Antonio Cánovas del
Castillo, Antonio Machado, Antonio de Nebrija—, pero tenemos de todo un
poco, atendiendo a las distintas acepciones de Pepe, como son Don José, jose, josé y pepito, que es lo mismo pero no es lo mismo.
Pepe Botella era el nombre satírico que el pueblo español había dado al rey impuesto por Napoleón. Pero Pepe Botella era abstemio, por
lo que su denominación no sirve para dársela al botellón que renace en
el fin de semana de los Pepes. Los botelloneros sin nombre durmieron la
mona en el largo puente de los Pepes. Lo que no saben los catalanes es
que si en esta Guerra de la Independencia
hubieran ganado los franceses, la lengua catalana hubiera desaparecido
como desapareció en el Rosellón francés. Fue aquella una guerra que,
como reconoció el propio Napoleón, ganó el pueblo español en una
reacción de vena patriótica. José, el rey intruso, cuando visitó Alcalá,
se hospedó en una casa de la calle de Escritorios, propiedad de don
Vicente Munárriz. Los alcalaínos de aquel tiempo dijeron que bien podía
haber regalado a la ciudad un anillo de oro con diamantes, cuando los
franceses habían requisado a la Iglesia Magistral
diez arrobas de plata. Fueron obligados a salir a despedir al rey José,
y un gentío se agolpó en la plaza de Abajo, aunque nadie dio un viva ni se quitó el sombrero.
Pero otro Pepe, José Carreras, congregó más gente en el concierto que dio en la Huerta del Obispo, que el rey José en la plaza de Abajo. La lírica cola de aquel evento hizo época.
Alcalá
de Henares es una ciudad que no se priva de nada y no se priva de
Pepes. Don José Vicario, cuando yo era chico, me daba miedo al verle
venir por los soportales con su capa negra y su luenga barba blanca.
Cuentan que un día fue a ver a su amigo alcalaíno Manuel Azaña a la
presidencia del Gobierno y, al ser anunciado, oyó decir al amigo: “¿Qué
quiere ese paleto?” Vicario se calló porque los Pepes somos muy
sufridos. A Pepe Vicario le están arreglando su casa ocre de la calle
San Julián. A Pepe García Saldaña le están arreglando su casa familiar
de la calle Santiago, donde tiene lápida, pero le han tirado su casa de
la calle Seises. Al lado de la casa familiar de Pepe, antiguo convento
de Capuchinos, vivía Pepe Álvarez, un tío mío que recitaba de memoria La venganza de Don Mendo
y se mondaba de risa. La última vez que vi esta obra en el Teatro
Español, comprobé que no era el don Mendo de mi tío Pepe. Fueron, como
siempre, al degüello del verso. Pero el ripio está en la esencia de los
cómicos personajes de Muñoz Seca. Si me quitaron el ripio, debieron
devolverme el precio de la entrada. Pepe Calleja, que sabía de entradas,
fue el cacique necesario de Alcalá en el tranco de los años sesenta y
sus colaterales, organizador de festejos, solterón de amores al deporte,
a las catalpas, al desfile de carrozas que inventó, a las piscinas del
parque y a sus piedras alveoladas, a las reinas de las fiestas...
Adiós, Pepes de mi recuerdo, adiós... porque los parques infantiles están sembrados de Sergios.
José César Álvarez
Puerta de Madrid, 26.3.2006
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