martes, 24 de marzo de 2026

ANTOLOGIA POÉTICA II

 

ANTOLOGIA  POÉTICA II

 

 

 

                             SUMARIO

 

EL CARRUSEL

MAL DE ALTURA

EL ÁRBOL PLATANERO

EL CAYUCO

EL DÍA QUE ME VAYA

TUS OJOS

MORIR Y NO MORIR

                          Smith                                                MI AMADA BICICLETA

El nene haitiano

James                                

A Luciano Pavarotti             

La china                                            

La niña del cajero                              

La dama grande                               

El baño del ciego                                                 

 

EL CARRUSEL

 

 

El carrusel de mi infancia

gira y gira sin cesar

y en mi cabeza redonda

conmigo vienen y van

el caballo, el delfín

y aquella nave espacial.

Y si  yo miraba a un lado

estaban papá y mamá,

que sonríen y saludan

cuando yo voy a pasar,

ahí la madre de Milagros,

ahora el señor del gabán,

ahora recorro las piedras

de la iglesia catedral,

y así siempre en este orden

vuelta y vuelta sin parar,

empezando en aquel sitio

donde están papá y mamá.

 

Yo me miraba a un espejo

que envuelve el eje central

y creía que el caballo

era todo de verdad,

y el carrusel de la vida,

de tanto que viene y va,

me saturaba de espejos

hasta hacerme marear.

Y cuando miré hacia fuera

no estaban papá y mamá,

ni la madre de Milagros

ni el abuelo del gabán,

en la plaza solo estaba

la grandiosa catedral.

  

 

 

 

 

         MAL DE ALTURA

 

 

Montañero de cima distinguida,

En tus picos de nieve refugiado,

Oteador del paisaje conquistado

Halcón de travesía consumida.

 

Pisas firme en el col de tu subida,

Sobre el talud profundo que has ganado,

Cuando tu mal de altura has superado

Al hallarla pletórica de vida.

 

Te cimbrea el tablón del precipicio

Y te asoma tu pie fuera del quicio

Sin que asome tu pánico en la hondura.

 

Trapecista en la cuerda de tu altura,

Ajeno a la llamada del vacío,

El aplomo te otorga el señorío.

 

 

 

 

 

 EL ÁRBOL PLATANERO

 

Tronco hermoso del árbol platanero,

Gigante que en la esquina te arrellana,

Elefante que irrumpe en zona urbana

Y levanta tu acera y tu sendero.

 

                                                Mórbida obesidad de un extranjero,  

Hipérbole de sombra en la solana,

Densa alfombra otoñal con que engalana,

Nudismo del invierno callejero.

 

Se discute si eres urbanita

O salvaje metido al vecindario,

Porque atacas cimientos a la chita

 

Y rompes proporciones del viario,

Tú, mudo pertinaz que se encabrita,

Asfixiado en tu alcorque de ordinario.

 

 

 

 

EL CAYUCO

 

 

Cayó el cayuco, cayó,

Volcó en el mar de ilusiones

Ya frente a los farallones

Que ansió.

Volcó un tonel de esperanzas

Que, boca arriba sus panzas,

Calló.

Cayó el cayuco y calló

El grito de su indigencia

En el mar de su impotencia

De voz.

Calló la niña encintada

Y la mujer explotada,

Calló el hambre de escuela,

Y el olvido sin que duela

Del que cruzó su desierto

Llegando a su mar incierto,

Que compró.

Cayó el niño de los goles

De los campos españoles

Que soñó.

Y volcaron los sudores

De dineros con dolores

Que afanó.

El África colosal

Huye en cayuco de miga

Entre la espuma enemiga

De un estado criminal.

Sin control.

Tierra grande a tierra chica,

Tierra pobre a tierra rica

Naufragó

                                                            Tierra negra a tierra blanca,

Travesía que se atranca

De color

 

 

 

 

 

El DÍA QUE ME VAYA

 

El día que me vaya no haré ruido:

no atronarán sirenas por urgencia,

ni bocinas, ni timbres de emergencia,

ni salvas de un cañón enfurecido.

Yo me iré sin campana y sin tañido

en solemne y patética indigencia.

No habrá nota, ni glosa, ni balance,

no habrá trauma ni tránsito ni trance,

cuando en el horizonte esté fundido

y sea breve y leve el desenlace.

No habrá golpes de tierra reventados

contra un arca de fatuos barnizados.

De puntillas saldré de este teatro

para alzarme en el vuelo de un albatros

y evitar que esté siempre sepultado.

Y no habrá plañideras de agrios gritos,

caerá el telón sin palmas ni sin pitos

pues yo tendré mi rostro serenado

al estar absorbida mi energía

en los prados de cósmica entropía.

Y quedarán mis versos engarzados,

y quedarán mis títulos tomados,

y quedarán las calles con mis nombres

prendidos en los labios de otros hombres.

Y quedarán mis árboles cantando,

y quedarán mis nietos de braceros,

y quedarán mis letras por regueros,

y quedarán los frutos pendulando.

Y yo, ciego de vida y luz, vagando

quedaré por mis nuevos derroteros.

 

 

 

 

TUS OJOS

 

Me miras y yo me miro

en tus ojos que me miran,

me miras y yo me admiro

de los cielos que me admiran.

Cuando te miro transpiro

que mis ojos no deliran,

que toda la paz aspiro

de tus ojos que me inspiran.

Porque te miro y remiro,

yo sé que no se retiran

los cielos de mi retiro,

tus ojos que nunca expiran,

tus ojos por que suspiro,

tus ojos que siempre miran.

 

 

 

MORÍR Y NO MORÍR

 

Se morían los pinares

y no se moría el fuego.

Se morían los molinos

y no se moría el viento.

Se nos moría la luna

y no se moría el cielo.

Se nos morían las hayas

y no moría su ensueño,

Se nos morían los olmos

y no moría su insecto.

Se nos moría el trabajo

y no moría el obrero.

Se nos moría la noche

 y no morían los sueños.

Se moría la mañana

y no moría el almuerzo.

Se morían los poetas

y no morían sus versos.

Se morían las iglesias

y no morían los rezos.

Se morían los deberes

sin morirse los derechos.

Se morían los amantes

y no morían los besos.

Se moría Catalina

y se moría Lorenzo.

 

 

 

                 SMITH

 

Salió Smith a una plaza de Madrid,

salió por fin

por la tarde el padre grande que era Smith

como el hijo de marfil,

salió solo a la plaza de su casa donde pasa

su destino desde tierras de Dublín,

salió por fin

después de morir el niño de su cariño

que jugaba a Ronaldiño en la plaza de Madrid,

salió por fin

arrastrando por completo su esqueleto sin poder,

salió por fin

a los gritos del jardín,

salió sin él

a la plaza que le abraza y le traza su correr,

salió por fin

a una plaza de Madrid

y allí se le plantó

la pareja de chiquillos con flequillos

abrazados a un balón,

inquiriendo del colega que no llega

y no alega una razón,

allí por fin

le abordaron a babor

dos muchacho con empachos de plantón

preguntando por Smith en un parque de Madrid

abrazados a un balón.

 

 

 NENE HAITIANO

 

El nene haitiano que queda

sin completar su rescate

me gime en mis noches blancas

sin que pueda consolarle.

Soy bomberito español

sin que mi noche se apague.

No pude hacerme contigo

cuando te tuve delante,

quien desescombrando fui

persiguiendo tus cristales,

reguerito de llantina,

                                                a cada paso más cauce.

Yo te entreví, mi querube,

entre materias rodantes,

entre escombros de derribo,

como un rubí palpitante

que se asomó al agujero,

mi topillo vacilante,

con tus bracitos tendidos

para que fuera a tomarte.

No puedes venir a mí

y yo no puedo acercarme.

No me llores, ay, mi nene,

porque no pueda llevarte,

el cielo entero te he dado

para poder pasearte,

toma sorbos de agua pura,

tesoros son naturales,

a beber en la botella

aprenden también los ángeles,

con ella llego hasta ti

aunque no llegue a embocarte,

tómala así con dos manos,

como si al cielo tocases,

angelote  con trompeta

de los aires celestiales,

quita el tapón a la tromba

y la música derrames…

 

Tu abuelo muerto a tus pies

te fijaba a su enclave,

el que te salvó del golpe

no te salvó del anclaje.

Allí quedaste, mi amigo,

yo lo sé, allí quedaste,

inédita la trompeta

y de corcho tus velares,

asomado a mi ventana

y atrapado en el paisaje,

morenito ensortijado

en actitud ofertante,

piel y suerte entre dos luces,

entre dos luces callaste,

al secarse mi reguero

de tu llanto de cristales.

La noche oscura te entró,

noches blancas me dejaste.

 

 

 

 

MI AMADA BICICLETA

 

Vistosa mariposa aventurera,

con dos alas tan frágiles me llevas,

y al batirlas, redondas, tú me elevas

entre aromas de vientos, volandera.

 

Me sales cada día más ligera

del nido, pajarita que renuevas

la especie con fulgor de formas nuevas

revolando por rutas y riberas.

 

Te gozo en soledad por mi paseo,

subido a los colores del deseo

de ascender la montaña más hermosa.

 

Al ser tú y yo la misma y terca cosa,

te pongo el corazón en el jadeo,

te poseo, mi amada mariposa.

 

 

 

 

   JAMES

 

Cayeron dieciséis años

de aquellas Torres Gemelas

y caían allí mismo

los nombres de la tragedia,

nombre a nombre iban brotando

del corazón en que albergan,

y asomados a los labios

iban rompiendo su pena

cuando rompían los nombres

uno a uno en cada lengua,

cada voz en un recuerdo

por la fila que colea

y que el dolor retorcía

por la caída sin huella

de amores sin un adiós,

y no supe si era ella

esposa, madre o hija,

cuando su turno le llega

en tan apretada fila

y explosionaba su espera.

“¡James, te quiero y te extraño!”

gimió una voz plañidera

saturando decibelios

y viendo su torre huera.

Ya se marchaba la dama

sin saber quién era ella,

si era esposa o era madre,

si era hija o era abuela.

Dos voces metió en la lista,

dos palabras que no eran

y fueron en World Trade Center

dos luminosas centellas

que palpitaron fugaces

                                              sin saber quién era ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

        A Luciano Pavarotti

 

 

 

Dame la i de tu Ave María, Luciano,

Solo una letra que es nota feliz de tu canto,

dame la aguja en diamante de tu artesonado,

que el sobrecielo horadaste lanzando tu dardo.

Es una i de escalones de largo calado

en que el sentir se concentra en el punto más alto.

Shubert la quiso resuelta, tensada y tornando,

tú la dijiste sublime, sutil, un regalo.

 

Dame tu Canto a Caruso llorándole tanto

como nosotros por ti, mas no mueren los astros.

Desde tu cráter tu magma rodó al pueblo llano.

Voz y bondad de tal peso que hundiste tu barco,

cuando tu voz que quedó te perdió todo rastro.

Si el pañolón como estola prestó tu sudario

y si las  íes del mundo perdieron su encanto,

yo me adueñé de una gema especial de tu canto.

 

 

 

 

LA CHINA

 

En la taberna del pueblo

sirve vino una extranjera.

La chica de ojos rasgados,

filipina o tailandesa,

de la China o del Japón,

del Vietnam o de Corea,

en la lengua de Cervantes

sirve vinos de la tierra

a castellanos cetrinos

que no quieren la cerveza

y mascan los caldos recios

de muy diversas cosechas.

La chica de ojos rasgados

asesora a la clientela

cuando sale de la barra

por los clientes de mesa

sobre la carta de vinos

que duermen en la bodega.

Canta los vinos sonoros

de Rioja o Valdepeñas

del Penedés, de Navarra,

de Jumilla o Cariñena.

Dice lo que es un crianza

y lo que es un gran reserva,

del tiempo los vinos tintos,

frescos los blancos de Rueda.

A los vinos peleones

vasos chatos alinea,

el Jerez en catavinos,

la copa alta al Ribera,

tubo alto al Calimocho

y vaso chico al mixtela.

Ve a los clientes entrar

y sabe ya su querencia.

 

La chica de ojos rasgados

sirve vino en la taberna,

costumbres y geografía

a los hombres de la tierra,

y los hombres bien servidos

ni siquiera se interesan

por el nombre de la “china”

ni del país que proceda.

A la “China” le preguntan

y en su lengua les contesta.     

 

 

 

LA NIÑA DEL CAJERO

 

Diez añitos paseaban

de la mano de mamá

por la acera de los pares

de la calle de Alcalá,

cuando tiró de su mano

la adoptada Mari Mar.

“¿Dime, mi niña, por qué

me has arrastrado hacia allá?”

dijo su madre segunda

queriéndola regañar:

“¿De dónde sacaste fuerzas

que no te he visto jamás?”

La niña puso el dedito

en la acera del impar

señalando el otro lado,

la otra orillita del mar:

“En aquel cajero abierto

dormía con mi mamá.

Cuando bajaba la calle

reconocí mi portal,

y yo no tengo la culpa

que me atraiga como imán

y me arrastren las camitas

que me hacía mi mamá,

me tapaba con su manta,

me besaba sin cesar

y me decía al oído

que no la fuera a olvidar.”

Pasaban los autobuses

como elefantes que van

en manadas alineadas

que buscan su pastizal,

tapando la choza amarga

de aquella selva voraz. 

Entreveía aquel Banco

que fue de su propiedad

entre el furor de las fieras

que le velan su zaguán,

y entrescuchaba aquel vientre

solo con ver el local,

vientre de búfalo negro

que vomitaba un caudal

a nocturnos que entremiran

lo que aquel suelo les da,

porque no quieren mirarlo

en su crudeza frontal.

Vientre de tripas metálicas

que sonaba sin cesar,

esas tripas que su madre

nunca las supo sonar

como las suena esta madre

que la ha llevado a comprar.

Con sonrisa evocadora,

captada por su mamá,

entremiraba con ganas

su casita de cristal,

reviviendo el frío nido

que mecía el vendaval,

y cuando la puerta abrían

se le metía el puñal

de noches frías y negras

que el alba disipará.

Alba y noche le asaltaban

su transparente fanal

y la madre con cartones

velaba la claridad

y le ponía tapones

contra el ruido del caudal.

 

Mas la niña del cajero

tuvo ganas de llorar,

pero no podía hacerlo

delante de su mamá,

nuevo mar donde no hay lágrimas

ni penas para contar,

y tiraba de su mano

por la acera de los par,

y en vilo la transportaba

para salir del rodal.

Niña que lleva dos mares

y no la dejan llorar,

niña de las dos aceras

que no la dejan cruzar,

niña que tiene dos madres

y que mira para atrás,

mientras que esta madre huye,

como corza en el jaral

con los perros achuchados 

que en los talones le van,

perros de celos que achuchan

su huera maternidad.

Madre que guarda ser madre

en la carrera vial,

madre que lucha en la trampa

y lo lucha de verdad,

cuando la mano que toca

ya no le calienta igual

al cruzar el territorio

de la que es madre carnal.

Huye la corza asustada

con la cría de su afán

 

 

 

LA DAMA GRANDE

 

En la ciudad una plaza

y en la plaza una mujer,

es una anciana entrañable

tan grande como un tonel.

Un espectáculo monta

cuando aparece a las tres,

las tres de todos los días

sin bajas y sin traspiés,

sin vacaciones ni puentes

como un clavo a las tres.

Con una bolsa en la mano,

tan blanca como su sien,

se erige en ama del coso,

cuando la plaza es sartén.

cuando los telediarios

competían en la red.

Una nube de palomas

concita en un santiamén,

revolera de bandadas

que la llegan a envolver,

aleteando a su porte,

aureolando su vejez,

celebrando las mercedes

de quien está a su merced. 

Y la dueña de la plaza

pone la banda a sus pies

con la rotunda presencia

de quien gobierna el plantel,

el palomar libertino

que siempre le ha sido fiel.

 

Los gatitos la maullaban

desde el lado del laurel,

acudió a sus demandas

y faltaba Marifé,

que es el nombre de una hija

que se le murió de un mes.

Recorría los arbustos

clamando así: “¡Marifééé!”

y recorría los coches

aparcados en cordel.

“¡Marifé! chiquita mía,

¿dónde te fuiste esta vez?”

Tres cabezas de sardina

le acarrea doña Inés.

Se bambolea la anciana

con su dengue de cuplé,

mece así de un lado a otro

sus secretos a granel.

Fue una mujer de bandera,

sirvió en casa de un marqués,

tres maridos tuvo, tres,

y a los tres los derrengó,

–“¡Marifé, asómateee!”–

A los tres lavó sus mierdas

con las ofertas de Ariel.

El primero de la lista,

un fogonero del tren

que lo reventó la máquina

que había cebado él.

Le entró un pescadero tísico

que se llamaba Senén.

Le sucedió un contable

que tenía bachiller,

y desde el tercer marido

ya fue siempre doña Inés.

“Doña Inés del alma mía”

le decían por doquier

con sus ánforas temblantes

y la nieve de su piel.

“¡Marifééé! bonita mía,

                                               ¿dónde te fuiste, mujer?”

Doña Inés fregó por tiempo

la Peluquería Andrés,

que estaba en la misma esquina

donde hoy está el Santander.

Entre marido y marido

algún favor tuvo a bien,

y a quien no casen los ínterin

que no se meta a juez.

Favores tiene en la plaza,

no se enmienda doña Inés,

favores de sol y sombra

se suceden en su haber.

Se bambolea de negro

el tronío de la res

que va a caer en la plaza

de bravura y de altivez.

 

La anciana grande de negro

dio una vuelta al redondel

buscando a su preferida

–“¡Marifééé, bonita, ven!”–

Volvía muy sofocada

y doña Inés tuvo sed.

Miraba una fuente enana

que había junto a un ciprés.

El alcalde no hizo fuente

para beber doña Inés.

Tres cabezas de sardina

que se zampó Cascabel.

 

Ha muerto la anciana grande

a las tres y treinta y tres,

lo saben ya las palomas

y los gatos del laurel.

Alargó su vida entera

para cumplir a las tres

y se fue sin sustituta

que le hiciera la merced,

no se repiten mujeres

que acumulen tanta fe,

no hay mujer que la suceda

en la plaza de las tres.

 

Tres deudos van al sepelio

a enterrar a doña Inés,

un barbero jubilado

sin saberlo su mujer,

un inquilino del cuarto

y una hija del marqués.

Lloraba la marquesita

y lloraba sin saber

que lloraba por su alcurnia

que a la tumba va también.

“Cerrado por defunción”

dejó en su bar de Avilés

con letras negras mayúsculas

de su Word, tipo Ccurrier.

Cerró sus labios cerrados

a la madre de su piel

sin que ya le hiciera falta,

pues cerrarlos fue su ley.

 

 

Se murió la anciana grande

a las tres y treinta y tres,

las puntuales dulzuras

acabaron de ejercer,

que Dios la tenga en sus dulces,

que en paz descanse. Amén.

 

 

EL BAÑO DEL CIEGO

 

Quiso dominar el ciego

el mar donde se metía,

reconocer bien la playa

y la arena que batía,

Quiso orientarse a su modo

dictándose disciplina,

no se perdiera en el mar

donde el bastón no servía.

Contaba el tramo de entrada

y contaba la  salida,

Si conquista o retirada

el suelo se lo decía,

y cumplía los dos tramos

de manera alternativa.

Pero una vez era vuelta

y aquel suelo se le hundía,

cuando sus pies esperaban

la plataforma marítima.

Chapoteaba aquel ciego

sin saber lo que ocurría

y pensó que aquel retorno

era de su cuenta equívoca.

Hizo entonces maniobra

de enmendar su acometida,

pero al final de aquel tramo

las aguas eran más frías,

los fondos eran más hondos

sin tocarlos de puntillas,

y los gritos infantiles

más lejanos todavía.

Su sol de huevo estrellado

ocupaba el Mediodía

y entre el vaivén de las olas

aquel ciego se mecía

sobre las aguas sin brújula

como náufrago bañista.

Azorado, tomó el rumbo

donde gritaban las niñas,

gritos que se desplazaban

y que alcanzarlos quería.

Al fin gritó ya de cerca

con evidente fatiga:

–Niña, por Dios te lo pido,

ponme mirando a la orilla.

–¡Tienes que ir para allí,

para allí, para allí! ¡mira!

–Yo no puedo ver tu mano

y las fuerzas se me achican.

–¡Sigue, sigue nadando a mi barca

y pon tu mano en mi quilla!

Con la mano en el bastón

que le daban sus valquirias,

sobre ese bastón de mar

recuperaba su arritmia.

Un cetáceo de alta mar

arrastraban las tres niñas,

era la barca de estreno

de Luz, Olvido y Marina.

 

“Fueron tres mis serenitas,

mis salvadoras marítimas,

mis lazarillos de mar

mis tres gracias, mis tres ninfas,

que a la orilla me trajeron

por no poder dirigírmela.

Nunca sabré qué pasó

con mis cuentas de batida,

persistiré en mis braceos

de mi ida y mi venida,

sin perjudicar a nadie

ni quebrar mi autonomía.”

Se adentraba mar adentro

el cetáceo en su porfía

para conocer la mar

que le había sido esquiva.

Alargaba su retorno

explorando sus rendijas

y … otra vez perdió su suelo

que bajo sus pies se hundía,

Iba ya a gritar ‘Socorro’

y un remo le dio Marina,

que estaba con Luz y Olvido

en su barca de vigía

y conocieron el mero

de los ojos de neblina.