Las baldosas rotas del franquismo
Sabido
es que la almendra de esta vieja ciudad abriga dos plazas unidas por el
cordón soportalado de su calle Mayor: la de Cervantes y la de los
Santos Niños.
Yo
creía que en la plaza de Cervantes estaban cambiando las baldosas
rotas, rotísimas, pero estaban metiendo tubos de suministros varios, por
lo que la sustitución del pavimento es parcial y ocasional. Las
baldosas blancas de la plaza de Cervantes presentan una existencia más
rota que entera, y, trituraditas y oxidadas, viven desesperanzadas la
crisis que nos atenaza a todos. Esta plaza, blanca y gris, fue un regalo
póstumo del franquismo municipal, época sobria y lucida, a la que otros
llaman predemocrática. En los areneros de la plaza brotaron después
seis huertas de rosas.
Sobre
el suelo de la plaza de los Santos Niños pasa más de lo mismo. Un viejo
pavimento de china, tendido como jerga de eremita, contrasta con la
airosa e impoluta Catedral-Magistral. Allí, últimamente, han sido
practicados remiendos pavimentales, que chillan como cornejas, como retales fruncidos con hilo blanco entre el adusto y mugriento manto.
Este
solar de la plaza de los Mártires de Alcalá sufre el victimismo
post-martirio de la disputa de su titularidad, que si es propiedad
municipal o eclesiástica, y que parece esto último. Esa es la razón del
estado deprimido de la plaza. Y es el caso que los remiendos municipales
han sido ejecutados en la circunstancia episcopal de sede vacante.
Yo recuerdo los orígenes de ese pavimento santiustino. Recuerdo el saludo de aquel eterno
concejal de obras de la época, Gómez Imaz, eterno falangista de
honrados servicios, a pie de obra, en el frente de las baldosas que
avanzaban ordenadamente. Recuerdo su saludo de campaña desde su bigote
poblado de afabilidades y facundias.
Cuando
el suelo más emblemático se nos rompe y roto queda, es que algo pasa,
algo pesa, algo pisa y algo posa. Lo cual es obvio y perdón por el juego
de palabras. Pero no me negaréis que estamos pisando los remiendos
practicados sobre los suelos que aviesamente llaman franquistas, y que
otros, por respeto a su vigencia compartida, dicen predemocráticos. A
las plazas me remito.
Cuando en las proximidades de la Catedral oigáis a la Ignacia y a la Dorotea, dos de las campanas más trepidantes del plantel sonoro de la torre de San Justo, debéis abrir la boca y no taponar los oídos al estilo Rajoy en la mascletá
de Valencia. Yo pienso que a estas viejas baldosas, siempre próximas,
les falta su boca abierta, que son las juntas de dilatación. Lo cual
digo en beneficio propio y del suelo que pisamos.
unidas por el cordón soportalado de su calle Mayor: la de Cervantes y la de los Santos Niños.
Yo
creía que en la plaza de Cervantes estaban cambiando las baldosas
rotas, rotísimas, pero estaban metiendo tubos de suministros varios, por
lo que la sustitución del pavimento es parcial y ocasional. Las
baldosas blancas de la plaza de Cervantes presentan una existencia más
rota que entera, y, trituraditas y oxidadas, viven desesperanzadas la
crisis que nos atenaza a todos. Esta plaza, blanca y gris, fue un regalo
póstumo del franquismo municipal, época sobria y lucida, a la que otros
llaman predemocrática. En los areneros de la plaza brotaron después
seis huertas de rosas.
Sobre
el suelo de la plaza de los Santos Niños pasa más de lo mismo. Un viejo
pavimento de china, tendido como jerga de eremita, contrasta con la
airosa e impoluta Catedral-Magistral. Allí, últimamente, han sido
practicados remiendos pavimentales, que chillan como cornejas, como retales fruncidos con hilo blanco entre el adusto y mugriento manto.
Este
solar de la plaza de los Mártires de Alcalá sufre el victimismo
post-martirio de la disputa de su titularidad, que si es propiedad
municipal o eclesiástica, y que parece esto último. Esa es la razón del
estado deprimido de la plaza. Y es el caso que los remiendos municipales
han sido ejecutados en la circunstancia episcopal de sede vacante.
Yo recuerdo los orígenes de ese pavimento santiustino. Recuerdo el saludo de aquel eterno
concejal de obras de la época, Gómez Imaz, eterno falangista de
honrados servicios, a pie de obra, en el frente de las baldosas que
avanzaban ordenadamente. Recuerdo su saludo de campaña desde su bigote
poblado de afabilidades y facundias.
Cuando
el suelo más emblemático se nos rompe y roto queda, es que algo pasa,
algo pesa, algo pisa y algo posa. Lo cual es obvio y perdón por el juego
de palabras. Pero no me negaréis que estamos pisando los remiendos
practicados sobre los suelos que aviesamente llaman franquistas, y que
otros, por respeto a su vigencia compartida, dicen predemocráticos. A
las plazas me remito.
Cuando en las proximidades de la Catedral oigáis a la Ignacia y a la Dorotea, dos de las campanas más trepidantes del plantel sonoro de la torre de San Justo, debéis abrir la boca y no taponar los oídos al estilo Rajoy en la mascletá
de Valencia. Yo pienso que a estas viejas baldosas, siempre próximas,
les falta su boca abierta, que son las juntas de dilatación. Lo cual
digo en beneficio propio y del suelo que pisamos.
José César Álvarez
Puerta de Madrid, 4.4.2009
Puerta de Madrid, 4.4.2009
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