OJO de buey
La nevada de Dios
La nevada de Dios
Enero se despidió con una nevada y el Papa Benedicto estrenó su primera encíclica Dios es amor. La
nevada cayó mansa y purificadora como lo fue la prosa benedictina. Nevó
sobre la ciudad de igual manera, apareciendo blancos los tejados, los
jardines y las plazas, pero el blanco manto no cuajó sobre los viales de
pasos y rodaduras. La nieve se detuvo sobre los espacios sosegados,
sobre los suelos cálidos, y brilló por su ausencia en los suelos
refractarios.
Pasé
el dial de la radio y me estalló grotesca la voz imitada de Benedicto
XVI, envuelto en una zafia y burlesca parodia. Pero Francisco Umbral,
por el contrario, el que, en su época desmitificadora de no dejar títere
con cabeza, descargara los filos mordaces de su pluma sobre la imagen
blanca de Pablo II, cuando se arrodillaba para besar la tierra visitada,
ahora, sin embargo, se rinde ante el magisterio de la palabra de
Benedicto XVI. La nieve, ya se ve, ha caído esta vez sobre suelos
inéditos.
La nevada ha traído la cultura griega. Ha nevado el “eros” y el “ágape”, dos conceptos
distintos y complementarios del amor. El arrobamiento divino a que nos
conduce el “eros”, la potencia que según los griegos mueve el mundo, ese
ansia de eternidad debe ser dulcificado por el “ágapé”, el amor
espiritual correspondido donde “darse para” el otro. A mi modo de ver,
esta encíclica es un esfuerzo intelectual que busca devolver a la
palabra “amor”, tan ajada y manoseada, el sentido prístino de sus
orígenes culturales. “El amor –nos dirá– no es solamente un sentimiento.
Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa
inicial, pero no son la totalidad del amor”. El amor necesita una
organización y al amor religará el concepto de justicia. La
trascendencia colmará el verdadero sentido del amor, la Luz que encuentra Dante en su cósmico viaje.
La
nevada destiló a Virgilio, a Aristóteles, a Dante, a San Gregorio, a
Nietzsche... Nevaron uno a uno, copo a copo, en pasmosa naturalidad, en
fina sabiduría. ¿Dónde queda el jupiterino y retrógrado Ratzinger de los
falsos cronicones?
La
palabra blanca de Benedicto XVI lleva el contraste del color de las
otras palabras de estos finales de Enero. Son las muecas del fondo, los
relejes opacos que no cubre la nieve. Las palabras broncas de los
kiosqueros en la calle contra la ministra de Sanidad tienen el color del
tabaco rubio. Las palabras de Pepiño Blanco a la Ezquerra Republicana
de Cataluña tienen el color de las lentejas. Las palabras esotéricas
del titiritero Rubianes, el que dijo “estar de España hasta los huevos”,
tienen el color de lo que nos mandó ir a hacer a la playa. Las palabras
de Fidalgo, el líder de Comisiones Obreras, graves como el trueno,
llevan el color del diamante. Las palabras nerviosas, fuera de guión y
mal hilvanadas, de los “goya” que creen
ser ombligo del mundo llevan el color de la amnesia afgana y alcarreña,
y, blindados los comediantes en su propia fragata, hicieron palidecer
hasta los tonos achampanados de la vaporosa Carmen Calvo. Las palabras
de los salmantinos, ahogadas en sus propios legajos, llevan el color
miserable de una guerra perdida. Las palabras de Mariano Rajoy pidiendo
las firmas de los olvidados tendrán el color del trigo de las cosechas
generosas, cuyo grano resultará entallecido en los silos peperos. La
palabra de réplica de los nacionalistas y sus socios, invariablemente,
llevará el nombre de un color inventado y gratuito: anticatalanistas.
Aquí
hay muchas naciones, dicen, pero sólo ha nevado sobre media. La nieve,
pertinaz y terca, ha dibujado las dos Españas. En esta amanecida
encontrada yo me quedo con el armiño blanco que cubre los tejados de mi
ventana.
José César Álvarez
Puerta de Madrid, 4.2.2006
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