La ciudad impar
Pares
e impares. He aquí dos ideologías enfrentadas. Para los pitagóricos
griegos los números y sus relaciones estaban cuajados de significación
filosófica. Nietzsche, profesor de griego, reinterpreta la cultura
clásica en el enfrentamiento de dos dioses griegos: Apolo y Diosnisos,
una discordia creativa que en el fondo es el enfrentamiento de lo par y
lo impar. Dionisos era el dios de la embriaguez, del caos, de
la música, de la vida y de los instintos y pasiones. Por el contrario,
Apolo era el dios de la belleza física, del orden, de la armonía
uniforme, de la proporción ordenada. Dionisos, celebrado en las orgías
báquicas, está en el origen del teatro griego, hasta que Eurípides,
según Nietzsche, lo arroja de la escena de la tragedia griega para ser
sustituido por Apolo, la fuerza de la razón frente a la contradicción
dionisíaca. Lo apolíneo se fortalece con la valoración moral que aporta
Sócrates. La finalidad de la filosofía de Nietzsche consiste en
erradicar lo apolíneo de la cultura occidental y restablecer el carácter
dionisíaco de la filosofía presocrática.
Pares
e impares. Un día me fui con mi amigo al Casino, y, de entrada, para
calentar motores, se jugó toda la torre de fichas en el “par”. Acto
seguido fue el crupier con su rastrillo de plata y arrasó la torre de nuestras esperanzas. Nos dejó a dos velas, y la culpa fue de un rojo, impar y pasa. Y es que el “par” no se lleva en el tapete de estos días. Los modistos de esta dura
preprimavera han hecho desfilar a la mujer con un pendiente, al aire un
hombro o una cadera o un glúteo o una pantorrilla o un pie desnudo. Se
hace nás interesante el lado que no enseña que el que enseña. Es la
mujer impar o descompensada, también la mujer dionisíaca de las
contradicciones.
En la zona de la Puerta
de Madrid, rodal bruñido de cementos a punto de inaugurar, han sido
talados unos árboles que sólo hacían tapar lo que hay que tapar. Era la
época apolínea de los años sesenta y setenta cuando se tiró una casa
apostada al torreón, se alineó la muralla y se abrió una calle que
gritaba al otro lado: “Cuando tú puedas, lado opuesto, haz como yo, y
dejaremos la Puerta
de Madrid centrada según reglas de la armonía”. Pero cuando llegó ese
momento, los técnicos urbanístas estaban en la órbita dionisíaca del
caos y en la moda de los glúteos impares. Y ni tan siquiera supieron
alinear ni ambientar las fachadas inmutantes. Justifican su inacción con puritanismos arqueológicos e inasibles.
En
la catedral de la ciudad impar, el órgano, símbolo de la armonía, vive
su marginalidad descompensada, su solemne lateralidad, como la de un
hombro desnudo, y
el bulto del brillante costillar de su cañonería rompe el equilibrio de
las leyes de Vitrubio. La estatua de Cisneros, arquitecto de la ciudad
impar, perdió la apolínea centralidad de sus días y aparece ahora
descompensado en la piedra más blanca y más fría del rincón izquierdo de
la plaza de San Diego.
En
esta ciudad impar que es Alcalá de Henares, sólo un vial la atraviesa
de este a oeste. Su catedral presenta una torre embriagadamente
inclinada; la casa de Cervantes, un ciprés, “enhiesto surtidor de sombra
y sueño” que diría Gerardo Diego del de Silos; y en las ruinas de Santa
María, que preside la plaza de Cervantes, hay una torre alocadamente
unívoca y exenta. En la ciudad impar está la calle de Juan I, el Museo
botánico de Juan Carlos I, la plaza del 1 de Mayo y la plaza de Juan
XXIII. En la ciudad impar hay calles que sólo tienen números impares: la
de Sandoval, la de San Diego, la de Azucena y la del Padre Francisco.
En esta ciudad de veintisiete ediles, el caos de la época apolínea de
los sesenta levantó once alturas en las apiñadas torres de Nueva Alcalá,
donde ahora hay problemas de aparcamiento. Pero el aquelarre de la
ciudad impar está en las noches de fin de semana, las noches báquicas de
la música inarmónica, donde los padres apolíneos del orden se ven
desbordados por su progenie dionisíaca en noches de trece horas.
José César Álvarez
Puerta de Madrid, 11.4.2006
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