OJO de buey
La Infanta Catalina y la rosa
Alcalá
consigue por fin una bella escultura en un bello lugar. Se trata de la
alcalaína Catalina de Aragón, infanta de Castilla, princesa de Gales y
Reina de Inglaterra, cuyo descubrimiento escultórico tuvo lugar el
pasado viernes en la plaza de las Bernardas, ante el palacio Arzobispal
donde nació. Allí quedó develada la imagen del gracioso escorzo de la
hija menor de los Reyes Católicos, portando un libro y exhibiendo una
flor en la mano.
Podemos decir que el estilo de esta escultura pertenece al realismo
mágico, parodiando un cierto estilo literario, lejos de abstracciones y
esquematismos complicados. El joven escultor canario nada nos habló con
respecto a los atributos de la flor y el libro. Pero nosotros queremos
entrar ahí por nuestra cuenta. Uno diría que apareció la infanta de
título aragonés anunciando la festividad de San Jordi con un libro y una
rosa. Pero no. Existe un precedente pictórico, que es el “Retrato de
una infanta (¿Catalina de Aragón?)”, atribuido a Juan de Flandes (Museo
Thyssen-Bornemisza, Madrid), el cual tiene un asombroso parecido con el
de su hermana Juana de Castilla, que se exhibe en Viena. En el aludido
cuadro de Madrid, la supuesta infanta tiene una rosa en la mano, lo cual
ha propiciado dos interpretaciones que pueden servirnos para la
explicación que buscamos. La primera explica su destino con la casa
Tudor, cuyo símbolo es una rosa, los pétalos rojos aluden a la casa de
Lancaster, y los blancos a la casa de York. Esto recuerda también “la
guerra de las dos rosas”. La segunda versión alude a la juventud de la
infanta, quien era una flor que contraería su primer matrimonio con
Arturo, príncipe de Gales, a los dieciséis años.
Pero hay otra razón, puede que más sólida, sobre la aparición del libro
y la rosa. Catalina fue autora de textos de ascética, y en su libro más
conocido en el Reino Unido glosa la frase de “no hay rosa sin espinas”.
Lleno de espinas estuvo ya su viaje a la Gran Bretaña. Salió del puerto de La Coruña
y las bravías aguas del golfo de Vizcaya lanzaron el barco a la deriva
durante diez días, atracando en Laredo, de donde saldría un mes después
para emprender un largo y accidentado viaje. Espinas hubieron de tener
sus cuatro meses de matrimonio con el enfermizo príncipe Arturo, que el
Papa Julio II anula por matrimonio no consumado. Espinas hubo de haber
en los siete años en que Catalina, llena de escrúpulos y cabildeos,
sopesaba la propuesta de matrimonio con su cuñado. Y rosas hubo de haber
al fin en los dieciocho años de matrimonio con Enrique VIII. Ana
Bolena, una de las cortesanas más próximas, resultó ser una aguda espina
en su camino, en el camino de la Iglesia Católica y de Inglaterra.
Hay autores que matizan sustancialmente aquel momento. El Papa Clemente
VII estaba dispuesto a conceder la nulidad de un matrimonio entre
cuñados, pero que había de contar en principio con la renuncia de la
reina. Pero la castellana de Alcalá y aragonesa de título no dio un paso
atrás ni como mujer ni como reina, a pesar de las espinas de la prisión
que la esperaban.
Rosas alcalaínas tuvo Catalina sobre su tumba con ocasión de la
celebración del 450º aniversario de su muerte en 1986, cuando una
delegación municipal, de la que tuve el honor de integrar, fue invitada a
tomar parte de aquel evento. Recuerdo el exquisito y deferente trato
que recibí del entonces alcalde don Arsenio Lope Huerta en aquellos
actos, por delicadeza ante la mayoría conservadora del Ayuntamiento de
Peterborough, sobre cuya lápida de su imponente abadía, templo respetado
por la ira de Enrique, quedaron en aquella ocasión las rosas alcalaínas
para Catalina.
José César Álvarez
Puerta de Madrid,

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