OJO de buey
La lengua común del Madrid Arena
Mi
amigo me paró en la esquina de Gil, donde la acera se estrecha, para
lanzarme a quemarropa un alegato contra un artículo mío: “Oye, que el
catalán es también una lengua española” me
dijo. “Pues claro” le contesté. No dio para más la acera estrangulada,
una de esas aceras angostas de Alcalá que no saben abrirse ni en
esquinas ni en cebras. La despedida forzada de la acera “interrupta” me
obliga ahora a este ejercicio epistolar.
Cuando
la frase de la esquina de Gil es pronunciada por un nacionalista,
entonces hay que tentarse la ropa, porque lleva metida la trampa.
Resulta como mínimo sospechoso que alguien del entorno doctrinario
contra la “puta España” nos venga a decir que “el catalán es una lengua
española”. Porque cuando lo dice es por lo que le sigue: “Y puesto que
el gallego, el vasco y el catalán son lenguas españolas, no podéis
asignar en exclusiva al castellano su “españolidad” de manera unívoca.
No podéis llamarle “español” sino castellano”. ¡Cuántos quedaron
abducidos por los ojos de la serpiente! Es este el más sibilino
argumento contra la Lengua Española,
dentro del descarado acoso nacionalista, el cual rompe las portadas de
todas las gramáticas de español que han sido editadas. Argumento ante el
que hemos visto recular a una procesión de lerdos políticos,
consejeros, académicos, periodistas, escritores, sindicalistas y demás
figurines de la cartelera española, especialistas en el paso atrás de la danza española.
Ofrezco
réplica para uso de reculadores, además del derecho a danzar erguidos y
de frente: “Que el catalán sea una lengua española es cosa
clamorosamente cierta. Pero sólo lo es de forma adjetiva, porque
solamente la lengua común de todos los españoles puede ser denominada de
forma sustantiva, tal que “el español” o “la Lengua Española”. Así de simple. Dice nuestra Constitución que podemos denominar a nuestro idioma común castellano o español. Pero yo prefiero, no la denominación que quieren imponerme los nacionalistas, sino la que usa el noventa por ciento de los cuatrocientos millones de hispanohablantes: el español.
El
español de esta España nuestra se ha fundido en este largo fin de
semana en la sauna de pasiones, de fanfarrias y colores del Madrid Arena
en la Copa del Rey de Baloncesto. Era el idioma espontáneo de madrileños, andaluces, vascos, valencianos,
catalanes, canarios... que rugían a una en el idioma común para que se
entendieran sus mensajes y provocaciones con la velocidad del rayo. Las
flamantes estructuras de la Comunidad
de Madrid reflectaban el vociferante evento. La colosal bóveda, como un
fanal gigante, aguantaba el kilovático emporio de la arena. Los
farallones de acero y cristal, con su provocador voladizo sobre la calle
de Goya, sellaban los límites del horno donde bullía la alta presión de
una lengua.
Entre los palacios que han albergado a la Lengua Española, yo prefiero este palacio del grito espontáneo, el Pâlacio de Deportes de la Comunidad de Madrid donde se funde la lengua. Lo prefiero frente al de la Moncloa,
donde la lengua común ha resultado moneda de cambio, baratija de
tratos. Lo prefiero frente al palacio que “fija y da esplendor”, el de la Real Academia,
porque el esplendor del Madrid Arena resulta más restallante y
restañante que el tímido y teórico brillo dieciochesco. Lo prefiero
frente al Palacio del Senado, el que tiene vocación de ser un día el
foro de las Comunidades, ámbito que a alguna de ellas se le ha quedado
chico, donde se proyectaba un cuerpo de traductores sobre una fingida
Babel, teatral y caprichosa. Sería ese entonces el palacio de la
claudicación de la lengua común en esta hora de las claudicaciones.
Por eso prefiero la letra pobre del oé oé oé del Madrid Arena, un rayo de esperanzas
que nos alarga y nos sustenta, cuando los dos lados contendientes se
sumaban en un alarido unísono y solidario, y cuando se cruzaban los
códlgos de la casa común y de la lengua común. José César Álvarez José César Álvarez
José César Álvarez
Puerta de Madrid, 25.2.2006
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