ANTOLOGIA POÉTICA
II
SUMARIO
EL CARRUSEL
MAL DE ALTURA
EL ÁRBOL PLATANERO
EL CAYUCO
EL DÍA QUE ME VAYA
TUS OJOS
MORIR Y NO MORIR
Smith MI AMADA BICICLETA
El nene haitiano
James
A Luciano Pavarotti
La china
La niña del cajero
La dama grande
El baño del ciego
EL CARRUSEL
El carrusel de mi infancia
gira
y gira sin cesar
y
en mi cabeza redonda
conmigo
vienen y van
el
caballo, el delfín
y
aquella nave espacial.
Y
si yo miraba a un lado
estaban
papá y mamá,
que
sonríen y saludan
cuando
yo voy a pasar,
ahí
la madre de Milagros,
ahora
el señor del gabán,
ahora
recorro las piedras
de
la iglesia catedral,
y
así siempre en este orden
vuelta
y vuelta sin parar,
empezando
en aquel sitio
donde
están papá y mamá.
Yo
me miraba a un espejo
que
envuelve el eje central
y
creía que el caballo
era
todo de verdad,
y
el carrusel de la vida,
de
tanto que viene y va,
me
saturaba de espejos
hasta
hacerme marear.
Y
cuando miré hacia fuera
no
estaban papá y mamá,
ni
la madre de Milagros
ni
el abuelo del gabán,
en
la plaza solo estaba
la
grandiosa catedral.
MAL DE
ALTURA
Montañero
de cima distinguida,
En
tus picos de nieve refugiado,
Oteador
del paisaje conquistado
Halcón
de travesía consumida.
Pisas
firme en el col de tu subida,
Sobre
el talud profundo que has ganado,
Cuando
tu mal de altura has superado
Al
hallarla pletórica de vida.
Te
cimbrea el tablón del precipicio
Y
te asoma tu pie fuera del quicio
Sin
que asome tu pánico en la hondura.
Trapecista en la cuerda de tu altura,
Ajeno a la llamada del vacío,
El aplomo te otorga el señorío.
EL ÁRBOL PLATANERO
Tronco hermoso del árbol
platanero,
Gigante que en la esquina te
arrellana,
Elefante que irrumpe en zona
urbana
Y levanta tu acera y tu
sendero.
Mórbida
obesidad de un extranjero,
Hipérbole de sombra en la
solana,
Densa alfombra otoñal con que
engalana,
Nudismo del invierno callejero.
Se discute si eres urbanita
O salvaje metido al vecindario,
Porque atacas cimientos a la
chita
Y rompes proporciones del
viario,
Tú, mudo pertinaz que se
encabrita,
Asfixiado en tu alcorque de
ordinario.
EL CAYUCO
Cayó el cayuco, cayó,
Volcó en el mar de ilusiones
Ya frente a los farallones
Que ansió.
Volcó un tonel de esperanzas
Que, boca arriba sus panzas,
Calló.
Cayó el cayuco y calló
El grito de su indigencia
En el mar de su impotencia
De voz.
Calló la niña encintada
Y la mujer explotada,
Calló el hambre de escuela,
Y el olvido sin que duela
Del que cruzó su desierto
Llegando a su mar incierto,
Que compró.
Cayó el niño de los goles
De los campos españoles
Que soñó.
Y volcaron los sudores
De dineros con dolores
Que afanó.
El África colosal
Huye en cayuco de miga
Entre la espuma enemiga
De un estado criminal.
Sin control.
Tierra grande a tierra chica,
Tierra pobre a tierra rica
Naufragó
Tierra
negra a tierra blanca,
Travesía que se atranca
De color
El DÍA QUE ME VAYA
El día que me vaya no haré ruido:
no atronarán sirenas por urgencia,
ni bocinas, ni timbres de emergencia,
ni salvas de un cañón enfurecido.
Yo me iré sin campana y sin tañido
en solemne y patética indigencia.
No habrá nota, ni glosa, ni balance,
no habrá trauma ni tránsito ni trance,
cuando en el horizonte esté fundido
y sea breve y leve el desenlace.
No habrá golpes de tierra reventados
contra un arca de fatuos barnizados.
De puntillas saldré de este teatro
para alzarme en el vuelo de un albatros
y evitar que esté siempre sepultado.
Y no habrá plañideras de agrios gritos,
caerá el telón sin palmas ni sin pitos
pues yo tendré mi rostro serenado
al estar absorbida mi energía
en los prados de cósmica entropía.
Y quedarán mis versos engarzados,
y quedarán mis títulos tomados,
y quedarán las calles con mis nombres
prendidos en los labios de otros hombres.
Y quedarán mis árboles cantando,
y quedarán mis nietos de braceros,
y quedarán mis letras por regueros,
y quedarán los frutos pendulando.
Y yo, ciego de vida y luz, vagando
quedaré por mis nuevos derroteros.
TUS OJOS
Me miras y yo me miro
en tus ojos que me miran,
me miras y yo me admiro
de los cielos que me admiran.
Cuando te miro transpiro
que mis ojos no deliran,
que toda la paz aspiro
de tus ojos que me inspiran.
Porque te miro y remiro,
yo sé que no se retiran
los cielos de mi retiro,
tus ojos que nunca expiran,
tus ojos por que suspiro,
tus ojos que siempre miran.
MORÍR Y NO MORÍR
Se morían los pinares
y no se moría el fuego.
Se morían los molinos
y no se moría el viento.
Se nos moría la luna
y no se moría el cielo.
Se nos morían las hayas
y no moría su ensueño,
Se nos morían los olmos
y no moría su insecto.
Se nos moría el trabajo
y no moría el obrero.
Se nos moría la noche
y no morían
los sueños.
Se moría la mañana
y no moría el almuerzo.
Se morían los poetas
y no morían sus versos.
Se morían las iglesias
y no morían los rezos.
Se morían los deberes
sin morirse los derechos.
Se morían los amantes
y no morían los besos.
Se moría Catalina
y se moría Lorenzo.
SMITH
Salió
Smith a una plaza de Madrid,
salió
por fin
por la
tarde el padre grande que era Smith
como el
hijo de marfil,
salió
solo a la plaza de su casa donde pasa
su
destino desde tierras de Dublín,
salió
por fin
después
de morir el niño de su cariño
que
jugaba a Ronaldiño en la plaza de Madrid,
salió
por fin
arrastrando
por completo su esqueleto sin poder,
salió
por fin
a los
gritos del jardín,
salió
sin él
a la
plaza que le abraza y le traza su correr,
salió
por fin
a una
plaza de Madrid
y allí
se le plantó
la
pareja de chiquillos con flequillos
abrazados
a un balón,
inquiriendo
del colega que no llega
y no
alega una razón,
allí
por fin
le
abordaron a babor
dos
muchacho con empachos de plantón
preguntando
por Smith en un parque de Madrid
abrazados
a un balón.
NENE HAITIANO
El
nene haitiano que queda
sin
completar su rescate
me
gime en mis noches blancas
sin
que pueda consolarle.
Soy
bomberito español
sin
que mi noche se apague.
No
pude hacerme contigo
cuando
te tuve delante,
quien
desescombrando fui
persiguiendo
tus cristales,
reguerito
de llantina,
a
cada paso más cauce.
Yo te entreví, mi querube,
entre
materias rodantes,
entre
escombros de derribo,
como
un rubí palpitante
que
se asomó al agujero,
mi
topillo vacilante,
con
tus bracitos tendidos
para
que fuera a tomarte.
No
puedes venir a mí
y
yo no puedo acercarme.
No me llores, ay, mi nene,
porque
no pueda llevarte,
el
cielo entero te he dado
para
poder pasearte,
toma
sorbos de agua pura,
tesoros
son naturales,
a
beber en la botella
aprenden
también los ángeles,
con
ella llego hasta ti
aunque
no llegue a embocarte,
tómala
así con dos manos,
como
si al cielo tocases,
angelote con trompeta
de
los aires celestiales,
quita
el tapón a la tromba
y
la música derrames…
Tu
abuelo muerto a tus pies
te
fijaba a su enclave,
el
que te salvó del golpe
no
te salvó del anclaje.
Allí
quedaste, mi amigo,
yo
lo sé, allí quedaste,
inédita
la trompeta
y
de corcho tus velares,
asomado
a mi ventana
y
atrapado en el paisaje,
morenito
ensortijado
en
actitud ofertante,
piel
y suerte entre dos luces,
entre
dos luces callaste,
al
secarse mi reguero
de
tu llanto de cristales.
La
noche oscura te entró,
noches
blancas me dejaste.
MI AMADA BICICLETA
Vistosa mariposa aventurera,
con dos alas tan frágiles me
llevas,
y al batirlas, redondas, tú me
elevas
entre aromas de vientos,
volandera.
Me sales cada día más ligera
del nido, pajarita que renuevas
la especie con fulgor de formas
nuevas
revolando por rutas y riberas.
Te gozo en soledad por mi paseo,
subido a los colores del deseo
de ascender la montaña más
hermosa.
Al ser tú y yo la misma y terca
cosa,
te pongo el corazón en el jadeo,
te poseo, mi amada mariposa.
JAMES
Cayeron
dieciséis años
de
aquellas Torres Gemelas
y
caían allí mismo
los
nombres de la tragedia,
nombre
a nombre iban brotando
del
corazón en que albergan,
y
asomados a los labios
iban
rompiendo su pena
cuando
rompían los nombres
uno
a uno en cada lengua,
cada
voz en un recuerdo
por
la fila que colea
y
que el dolor retorcía
por
la caída sin huella
de
amores sin un adiós,
y
no supe si era ella
esposa,
madre o hija,
cuando su turno le llega
en tan apretada fila
y
explosionaba su espera.
“¡James,
te quiero y te extraño!”
gimió
una voz plañidera
saturando
decibelios
y
viendo su torre huera.
Ya
se marchaba la dama
sin
saber quién era ella,
si
era esposa o era madre,
si
era hija o era abuela.
Dos
voces metió en la lista,
dos palabras que no eran
y fueron en World Trade Center
dos luminosas centellas
que palpitaron fugaces
sin saber quién era ella.
A Luciano
Pavarotti
Dame la i de tu Ave María, Luciano,
Solo una letra que es nota feliz de tu canto,
dame la aguja en diamante de tu artesonado,
que el sobrecielo horadaste lanzando tu
dardo.
Es una i de escalones de largo calado
en que el sentir se concentra en el punto más
alto.
Shubert la quiso resuelta, tensada y
tornando,
tú
la dijiste sublime, sutil, un regalo.
Dame
tu Canto a Caruso llorándole tanto
como
nosotros por ti, mas no mueren los astros.
Desde tu cráter tu magma rodó al pueblo
llano.
Voz y bondad de tal peso que hundiste tu
barco,
cuando tu voz que quedó te perdió todo
rastro.
Si el pañolón como estola prestó tu sudario
y si las íes del mundo perdieron su encanto,
yo
me adueñé de una gema especial de tu canto.
En la taberna del pueblo
sirve vino una extranjera.
La chica de ojos rasgados,
filipina o tailandesa,
de
del Vietnam o de Corea,
en la lengua de Cervantes
sirve vinos de la tierra
a castellanos cetrinos
que no quieren la cerveza
y mascan los caldos recios
de muy diversas cosechas.
La chica de ojos rasgados
asesora a la clientela
cuando sale de la barra
por los clientes de mesa
sobre la carta de vinos
que duermen en la bodega.
Canta los vinos sonoros
de Rioja o Valdepeñas
del Penedés, de Navarra,
de Jumilla o Cariñena.
Dice lo que es un crianza
y lo que es un gran reserva,
del tiempo los vinos tintos,
frescos los blancos de Rueda.
A los vinos peleones
vasos chatos alinea,
el Jerez en catavinos,
la copa alta al Ribera,
tubo alto al Calimocho
y vaso chico al mixtela.
Ve a los clientes entrar
y sabe ya su querencia.
La chica de ojos rasgados
sirve vino en la taberna,
costumbres y geografía
a los hombres de la tierra,
y los hombres bien servidos
ni siquiera se interesan
por el nombre de la “china”
ni del país que proceda.
A la “China” le preguntan
y
en su lengua les contesta.
LA NIÑA DEL
CAJERO
Diez añitos paseaban
de la mano de mamá
por la acera de los pares
de la calle de Alcalá,
cuando tiró de su mano
la
adoptada Mari Mar.
“¿Dime,
mi niña, por qué
me
has arrastrado hacia allá?”
dijo
su madre segunda
queriéndola
regañar:
“¿De
dónde sacaste fuerzas
que
no te he visto jamás?”
La
niña puso el dedito
en
la acera del impar
señalando
el otro lado,
la
otra orillita del mar:
“En
aquel cajero abierto
dormía
con mi mamá.
Cuando
bajaba la calle
reconocí
mi portal,
y
yo no tengo la culpa
que
me atraiga como imán
y
me arrastren las camitas
que
me hacía mi mamá,
me
tapaba con su manta,
me
besaba sin cesar
y
me decía al oído
que
no la fuera a olvidar.”
Pasaban
los autobuses
como
elefantes que van
en
manadas alineadas
que
buscan su pastizal,
tapando
la choza amarga
de
aquella selva voraz.
Entreveía
aquel Banco
que
fue de su propiedad
entre
el furor de las fieras
que
le velan su zaguán,
y
entrescuchaba aquel vientre
solo
con ver el local,
vientre
de búfalo negro
que
vomitaba un caudal
a
nocturnos que entremiran
lo
que aquel suelo les da,
porque
no quieren mirarlo
en
su crudeza frontal.
Vientre
de tripas metálicas
que
sonaba sin cesar,
esas
tripas que su madre
nunca
las supo sonar
como
las suena esta madre
que
la ha llevado a comprar.
Con
sonrisa evocadora,
captada
por su mamá,
entremiraba
con ganas
su
casita de cristal,
reviviendo
el frío nido
que
mecía el vendaval,
y
cuando la puerta abrían
se
le metía el puñal
de
noches frías y negras
que
el alba disipará.
Alba
y noche le asaltaban
su
transparente fanal
y
la madre con cartones
velaba
la claridad
y
le ponía tapones
contra
el ruido del caudal.
Mas la niña del cajero
tuvo
ganas de llorar,
pero
no podía hacerlo
delante
de su mamá,
nuevo
mar donde no hay lágrimas
ni
penas para contar,
y
tiraba de su mano
por
la acera de los par,
y
en vilo la transportaba
para
salir del rodal.
Niña
que lleva dos mares
y
no la dejan llorar,
niña
de las dos aceras
que
no la dejan cruzar,
niña
que tiene dos madres
y
que mira para atrás,
mientras
que esta madre huye,
como
corza en el jaral
con
los perros achuchados
que
en los talones le van,
perros
de celos que achuchan
su
huera maternidad.
Madre
que guarda ser madre
en
la carrera vial,
madre
que lucha en la trampa
y
lo lucha de verdad,
cuando
la mano que toca
ya
no le calienta igual
al
cruzar el territorio
de
la que es madre carnal.
Huye
la corza asustada
con
la cría de su afán
LA DAMA GRANDE
En la ciudad una plaza
y en la plaza una mujer,
es una anciana entrañable
tan grande como un tonel.
Un espectáculo monta
cuando aparece a las tres,
las tres de todos los días
sin bajas y sin traspiés,
sin vacaciones ni puentes
como un clavo a las tres.
Con una bolsa en la mano,
tan blanca como su sien,
se erige en ama del coso,
cuando la plaza es sartén.
cuando los telediarios
competían en la red.
Una nube de palomas
concita en un santiamén,
revolera de bandadas
que la llegan a envolver,
aleteando a su porte,
aureolando su vejez,
celebrando las mercedes
de quien está a su merced.
Y la dueña de la plaza
pone la banda a sus pies
con la rotunda presencia
de quien gobierna el plantel,
el palomar libertino
que siempre le ha sido fiel.
Los gatitos la maullaban
desde el lado del laurel,
acudió a sus demandas
y faltaba Marifé,
que es el nombre de una hija
que se le murió de un mes.
Recorría los arbustos
clamando así: “¡Marifééé!”
y recorría los coches
aparcados en cordel.
“¡Marifé! chiquita mía,
¿dónde te fuiste esta vez?”
Tres cabezas de sardina
le acarrea doña Inés.
Se bambolea la anciana
con su dengue de cuplé,
mece así de un lado a otro
sus secretos a granel.
Fue una mujer de bandera,
sirvió en casa de un marqués,
tres maridos tuvo, tres,
y a los tres los derrengó,
–“¡Marifé, asómateee!”–
A los tres lavó sus mierdas
con las ofertas de Ariel.
El primero de la lista,
un fogonero del tren
que lo reventó la máquina
que había cebado él.
Le entró un pescadero tísico
que se llamaba Senén.
Le sucedió un contable
que tenía bachiller,
y desde el tercer marido
ya fue siempre doña Inés.
“Doña Inés del alma mía”
le decían por doquier
con sus ánforas
temblantes
y la nieve de su piel.
“¡Marifééé! bonita mía,
¿dónde te fuiste, mujer?”
Doña Inés fregó por tiempo
que estaba en la misma esquina
donde hoy está el Santander.
Entre marido y marido
algún favor tuvo a bien,
y a quien no casen los ínterin
que no se meta a juez.
Favores tiene en la plaza,
no se enmienda doña Inés,
favores de sol y sombra
se suceden en su haber.
Se bambolea de negro
el tronío de la res
que va a caer en la plaza
de bravura y de altivez.
La anciana grande de negro
dio una vuelta al redondel
buscando a su preferida
–“¡Marifééé, bonita, ven!”–
Volvía muy sofocada
y doña Inés tuvo sed.
Miraba una fuente enana
que había junto a un ciprés.
El alcalde no hizo fuente
para beber doña Inés.
Tres cabezas de sardina
que se zampó Cascabel.
Ha muerto la anciana grande
a las tres y treinta y tres,
lo saben ya las palomas
y los gatos del laurel.
Alargó su vida entera
para cumplir a las tres
y se fue sin sustituta
que le hiciera la merced,
no se repiten mujeres
que acumulen tanta fe,
no hay mujer que la suceda
en la plaza de las tres.
Tres deudos van al sepelio
a enterrar a doña Inés,
un barbero jubilado
sin saberlo su mujer,
un inquilino del cuarto
y una hija del marqués.
Lloraba la marquesita
y lloraba sin saber
que lloraba por su alcurnia
que a la tumba va también.
“Cerrado por defunción”
dejó en su bar de Avilés
con letras negras mayúsculas
de su Word, tipo Ccurrier.
Cerró sus labios cerrados
a la madre de su piel
sin que ya le hiciera falta,
pues cerrarlos fue su ley.
Se murió la anciana grande
a las tres y treinta y tres,
las puntuales dulzuras
acabaron de ejercer,
que Dios la tenga en sus dulces,
que
en paz descanse. Amén.
EL BAÑO DEL CIEGO
Quiso
dominar el ciego
el
mar donde se metía,
reconocer
bien la playa
y
la arena que batía,
Quiso
orientarse a su modo
dictándose
disciplina,
no
se perdiera en el mar
donde
el bastón no servía.
Contaba
el tramo de entrada
y
contaba la salida,
Si
conquista o retirada
el
suelo se lo decía,
y
cumplía los dos tramos
de manera alternativa.
Pero
una vez era vuelta
y
aquel suelo se le hundía,
cuando
sus pies esperaban
la
plataforma marítima.
Chapoteaba
aquel ciego
sin
saber lo que ocurría
y
pensó que aquel retorno
era
de su cuenta equívoca.
Hizo
entonces maniobra
de
enmendar su acometida,
pero
al final de aquel tramo
las
aguas eran más frías,
los
fondos eran más hondos
sin
tocarlos de puntillas,
y
los gritos infantiles
más
lejanos todavía.
Su
sol de huevo estrellado
ocupaba
el Mediodía
y
entre el vaivén de las olas
aquel
ciego se mecía
sobre
las aguas sin brújula
como
náufrago bañista.
Azorado,
tomó el rumbo
donde
gritaban las niñas,
gritos
que se desplazaban
y
que alcanzarlos quería.
Al
fin gritó ya de cerca
con
evidente fatiga:
–Niña,
por Dios te lo pido,
ponme
mirando a la orilla.
–¡Tienes
que ir para allí,
para
allí, para allí! ¡mira!
–Yo
no puedo ver tu mano
y
las fuerzas se me achican.
–¡Sigue,
sigue nadando a mi barca
y
pon tu mano en mi quilla!
Con
la mano en el bastón
que
le daban sus valquirias,
sobre
ese bastón de mar
recuperaba
su arritmia.
Un
cetáceo de alta mar
arrastraban
las tres niñas,
era
la barca de estreno
de
Luz, Olvido y Marina.
“Fueron
tres mis serenitas,
mis
salvadoras marítimas,
mis
lazarillos de mar
mis
tres gracias, mis tres ninfas,
que
a la orilla me trajeron
por
no poder dirigírmela.
Nunca
sabré qué pasó
con
mis cuentas de batida,
persistiré
en mis braceos
de
mi ida y mi venida,
sin
perjudicar a nadie
ni
quebrar mi autonomía.”
Se
adentraba mar adentro
el
cetáceo en su porfía
para
conocer la mar
que
le había sido esquiva.
Alargaba
su retorno
explorando
sus rendijas
y
… otra vez perdió su suelo
que
bajo sus pies se hundía,
Iba
ya a gritar ‘Socorro’
y
un remo le dio Marina,
que
estaba con Luz y Olvido
en
su barca de vigía
y
conocieron el mero
de
los ojos de neblina.
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