jueves, 5 de marzo de 2026

CAPITULO 7. CERVANTES EN LA GRAN UNIVERSIDAD DE SU PATRIA CHICA - CERVANTES VIVO

                     


7.

CERVANTES EN LA GRAN

UNIVERSIDAD DE SU PATRIA

CHICA

Miguel avista en lontananza la llamarada de sus dieciocho años

que va a cumplir el próximo 29 de septiembre, y al alcalaíno le

hierve la sangre ante el faro de su deseada universidad, husmeada

con deleite en su villa natal. Pero su padre quiere retenerlo un año

más en Sevilla. Rodrigo aporta toda su persuasión para convencer

al hijo. Debe consolidar su preparación de cara a la universidad y

tiene que ser consciente del retraso escolar que sufre como consecuencia

de esa inseguridad en la dicción, ese balbuceo que le ha

afectado a su estima y a su relación, pero que va superando. Necesita

afianzarse y confiarse en esa debilidad. Por otra parte, Rodrigo

padre debe cumplir el compromiso fijado con su hermano de

permanecer en Sevilla hasta que cumpla dieciocho años su sobrino

Juan, cuya fecha cae en marzo del siguiente año de 1566. Lo cual

quiere decir que llegaría la tutela hasta finales del curso, y Miguel

debería cumplir también dicho período conjuntamente como así

viene siendo.

Por fin, el 23 de octubre de 1566, Micalis Ceruantes quedaba matriculado

en la universidad de Alcalá entre Gregorio de Esteuan

de Camarma y de Gabriel Ximénez de Pinto. Llama la atención

que queda en blanco el lugar de procedencia, casilla a la izquierda

del nombre. La razón es sencilla: era Miguel vecino de Alcalá en el

momento de la inscripción.



Investigación del archivero Alfonso Dávila Oliveda en el Archivo Histórico

Nacional(21)

______________________

(21) ALFONSO DÁVILA OLIVEDA, Miguel de Cervantes Saavedra, estudiante de

la Universidad de Alcalá de Henares, Documentos encontrados 2021, Alcalá hoy,

diario digital (Archivo Universitario de Alcalá en el Archivo Histórico Nacional.)

Matrículas de 1564 a 1568. Don Alfonso Dávila fue director del Archivo General

de la Administración en Alcalá de Henares (AGA), y como archivero, resultan

interesantes los datos aportados aquí con respecto a la peripecia histórica del

traslado de la Universidad de Alcalá a Madrid en 1836:

«El traslado de su sede a Madrid solo respetó la biblioteca del Colegio de San

Ildefonso, que, enriquecida con los fondos de los jesuitas, se instaló en el Colegio

Imperial de Madrid, donde fue erigida la nueva Universidad Complutense (con

el nombre de Universidad Central), pero no mostró ningún interés en trasladar a

Madrid sus archivos universitarios, que salieron a la venta a peso en papel, como

bienes desamortizados. Solo cuando un trapero pujó por ellos, estalló la indignación

en la ciudad de Alcalá de Henares, que constituyó la Sociedad de Condueños

de la Universidad y consiguieron rescatar de la venta la parte de los archivos

que aún no se habían destruido, así como hacerse con aquellos edificios que no

fueron remodelados en cuarteles del ejército para hacer de Alcalá de Henares

el modelo de ciudad militar a semejanza de las ciudades que estaba creando en

centroeuropa el imperio austroalemán.

»La Sociedad de Condueños decidió transferir los archivos de la Universidad de

Alcalá al Archivo Histórico Nacional, para que el cuerpo facultativo de archiveros,

bibliotecarios y arqueólogos, pudiesen organizar sus fondos y preservar y

restaurar los documentos deteriorados por las inclemencias del tiempo o a causa

de los almacenamientos como material de desecho durante las guerras napoleónicas

y su posterior proceso desamortizador.

»Hoy este archivo universitario contiene la documentación de la Universidad,

desde el año de su fundación, en 1498, hasta el de su traslado a Madrid en el

año 1838, aunque sus documentos recogen la información desde la creación del

Estudio General de Alcalá de Henares por el arzobispo Gudiel en 1293 hasta la

fecha de venta de los edificios y archivos, en 1845, a la Sociedad de Condueños,

conservados hoy en 1238 libros de registro, 683 legajos y 38 carpetas».


Es la inscripción de Micalis Ceruantes en el colegio San Isidoro

de la Universidad de Alcalá para el curso 1566-67, donde figura

con la denominación académica en latín, constatando en el apellido

la transición de la letra “u” a “v”, todavía no decantada en la

época —Ceruantes— no figurando todavía el postizo nexo «de». Es

la escritura prístina de Miguel de Cervantes.

Juan López de Hoyos, el maestro de Cervantes en el Estudio de

Madrid, según siempre se ha predicado hasta la saciedad, es identificado

por Alfonso Dávila en las inscripciones de 1564 a 1568

como alumno y profesor de la universidad de Alcalá, figurando

como Juan López de Alcalá, Juan López de Madrid y Juan López

Complutensis, según sea su lugar de actuación, por lo que ahora

toma cuerpo la conjetura desechada de que Cervantes y López de

Hoyos se conocieran antes en Alcalá como alumno y profesor,

respectivamente(22).

No hicieron caso los cervantistas a Juan Antonio Pellicer (1738-

1806), archivero de la Biblioteca Real de Madrid y miembro de

la Real Academia, quien en su Vida de Miguel de Cervantes 1800,

decía en las páginas 5 y 6:

Dedicáronle sus padres desde luego a los estudios, y

aprendió Gramática y Letras Humanas con el maestro Juan

López de Hoyos (digno sucesor en la cátedra de Latinidad de

Madrid de los célebres filólogos el maestro Cedillo, y Alexo

deVenegas); pues en la Relación de la muerte y exequias de la

reyna Doña Isabel de Valois le llama expresamente su caro y

amado discípulo con ocasión de insertar unas redondillas y

una elegía, que Cervantes compuso dedicada al cardenal don

Diego de Espinosa. Hasta ahora se ha creído que había sido

su discípulo en Madrid, porque Hoyos era, como se ha dicho,

catedrático del Estudio píblico; pero no falta fundamento

______________________

(22) Alfonso Dávila Oliveda, (Archivo Histórico Nacional), Miguel de Cervantes.

Apuntes para una biografía. IV volúmenes. Editorial Círculo Rojo. 2014 y ss.


para dudarlo. Entre los papeles que tratan de él, y existen

en su archivo, se halla la noticia siguiente: en 29 de enero

del año de 1568, por la tarde se hizo en el Ayuntamiento

desta villa de Madrid la oposición a la cátedra de Gramática

y Letras Humanas del Estudio píublico de la villa, y salió

electo por voto de todos el mtro. Juan López de Hoyos.

Adviértese también que sucedió al licenciado Ramiro, que

enseñó hasta 14 de octubre de 1566, en que se despidió; y

que sirvió la cátedra interinamente el licenciado Francisco

del Vayo hasta que la obtuvo el mencionado Hoyos. Las

exequias se celebraron en octubre del referido año de 1568,

conque ocho o nueve meses no parece tiempo suficiente

para que Cervantes estudiase Gramática y Letras Humanas,

y se mostrase tan aprovechado en la poesía; antes debería

creerse que las estudió en la universidad de Alcalá, donde

acaso estaría enseñándolas el maestro Hoyos, que vendría

a la oposición de la cátedra de Madrid, traído del amor a

su patria; y hallándose en él su discípulo con motivo de las

funciones reales, o con otro, escribió los referidos versos en

nombre de todo el Estudio.

Hay que entender que quien esto escribe, Pellicer, estudió en

Alcalá Leyes y Cánones, fue eventualmente archivero del Colegio

de San Ildefonso y dijo que recordaba haber tenido en las manos el

expediente académico de Cervantes. De ahí que le resulte normal

decir que López de Hoyos sería maestro de Cervantes en Alcalá.

Algo parecido escribió el célebre cervantista Martín Fernández de

Navarrete, quien al plantear tan solo la sospecha fundada de que

Cervantes estudiara en Alcalá, fue tachado de sufrir demencia senil,

quedando desprestigiada su biografía ante el acoso del cervantismo

oficial.

Pero ahora que tenemos la constancia de que nuestro Miguel

estudió en la Universidad de Alcalá y que su segundo curso lo

acabaría a finales de junio (empezaban y terminaban entonces los

cursos más tarde, de San Lucas a San Pedro), tenemos entonces

que «los ocho o nueve meses» de Miguel en el Estudio de Madrid,

insuficientes para Pellicer, quedarían ahora acortados en dos a lo

sumo, ya que en diciembre del 68 se registra la «huida» de Miguel.

Algunas pinceladas podemos aquí apuntar sobre el rechazo histórico

a la posibilidad de que Cervantes estudiara en la universidad

de su entonces villa, lo cual es un dato de lo más corriente y natural.

Pero, formulado ello como simple conjetura, levantó ampollas,

y más si lo comparamos con las beatíficas sonrisas que suscitaba

su presencia en Salamanca, tan urdida y buscada. Los mismos

pseudoeruditos que le negaban su vinculación a la universidad de

Alcalá, eran los que le religaban a Salamanca sin documento alguno.

Se le creyó a Cervantes en Salamanca porque en el siglo XIX

se atribuyó al alcalaíno ser autor de La tía fingida, una breve novela

que se desenvuelve en Salamanca y que fue incluida entre las Novelas

ejemplares de Cervantes por haber sido encontrada en 1787 junto

a dos de ellas. Rechazaron, sin embargo, dicha autoría eruditos

como Andrés Bello, Menéndez y Pelayo, Avalle-Arce, y más tarde

Criado de Val, quien ofreció un estudio lingüístico comparativo.

Tal equívoco suscitó en la clase salmantina la variopinta casuística

de quien creía haber visto, oído o leído. Del florilegio de las beatíficas

sonrisas de recepción salmantina elegimos la de Blanca de

los Ríos, quien en 1897 publicaba en La España moderna el trabajo

titulado: ¿Estudió Cervantes en Salamanca? Unos interrogantes cargados

de firmes aspiraciones.

Refiere la crónica local el estado lamentable en el que quedaron

los archivos de la universidad de Alcalá tras la invasión napoleónica.

Y es en este tiempo cuando Francisco F. de Navarrete nos

cuenta que, al no haber sido encontrada allí la presencia de Miguel,

declinó su adhesión a la conjetura de Pellicer por causa de la carta

que desde Alcalá de Henares le envíó Manuel de Lardizábal en

10 de marzo de 1806. Dicho personaje, al no haber hallado allí el

rastro de Miguel en tan caótico archivo, pidió al secretario de la

Universidad de Alcalá, le extendiera certificación de la ausencia

de Cervantes como alumno y de López de Hoyos como profesor

en los archivos de aquella desbaratada casa. Y el secretario de tan

decadente institución se la extendió. El personaje que obtuvo la

citada certificación había visitado Alcalá con un «a priori» mental

preestablecido: acallar de una vez la creciente hipótesis de que Cervantes

hubiera estudiado en Alcalá. Se trataba del mexicano Manuel

de Lardizábal, que había estudiado Filosofía y Jurisprudencia

en el colegio de San Ildefonso de Puebla de los Ángeles, que fue

bachiller de leyes en Burgo de Osma y licenciado en Cánones en

Valladolid, alcanzando un sillón en la Real Academia.

Pero volvamos al tiempo real que nos ocupa. Miguel se independiza

de la familia, ahora en Madrid. Sus estudios así lo requieren. Él es

alumno interno en el Colegio de San Isidoro de la ciudad universitaria

de Alcalá, hoy recinto histórico patrimonio de la UNESCO. El colegio

de San Isidoro fue el sexto de los siete primeros colegios menores

fundados por el cardenal Cisneros un memorable día 23 de marzo de

1513 (llegarían a 40), y estaba destinado a albergar a 36 estudiantes pobres,

de los que 30 estudiarían latín y 6 griego, como enseñanza básica.

El Colegio de San Isidoro, vulgarmente «de Gramáticos», ocupaba el

número 10 de la calle Gramáticos, que después se llamó del Horno

Quemado, y hoy es la de Antonio de Nebrija. Estaba al lado del Colegio

de San Eugenio, con el que hacía esquina y con el que se fundió

casi un siglo después, en 1649, en la reforma de Felipe IV, viniendo a

llamarse de San Ambrosio. Los colegiales de San Isidoro usaban capa

y beca de color azul celeste, después morado.

Se ha muerto la abuela Elvira, la abuela materna de Miguel que

tenía hacienda en Arganda, la aldea que, a cuatro leguas de Alcalá,

pertenecía al señorío toledano de la villa complutense. Se ha

muerto la abuela Elvira y se han muerto los racimos prietos de la

necesidad. Se ha muerto la abuela Elvira y se ha muerto la viña del

camino de Morata, secarral y cuesta, vendimia y capricho de unos

dedos insistentes. Se va la uva turgente que les amparó a la vera del

camino, la uva rebelde que se resistía a caer en la copa del pecado

de la «cervanta» ennoblecida.

Era Elvira de Cortinas la mujer testigo que encarnaba ambos

miembros maritales, supliendo en la hacienda al abuelo lejano que

murió. Había sido Elvira un vigoroso miembro de los Cortinas

que ocuparon Barajas y ocuparon puestos de honor en la villa de

Madrid. Y es precisamente en Madrid donde ahora se encuentra

la familia Cervantes, y más concretamente es el 2 de diciembre de

1566. Porque en esta fecha doña Leonor de Cortinas comparece

ante el escribano Diego de Henao y da poder completo a su esposo,

que se halla presente:

para que por mí y en mi nombre y representando mi

mesma persona e vuestra, podais pedir e demandar, recebir,

haber e cobrar todos e qualesquier maravedis e otras cosas

que a mí me sean debidas e de derecho pertenezcan, ansi por

herencia de mis señores padre e madre como de abuelos...

ante qualesquier justicias que necesario sea, e pedir den

quenta de qualesquier bienes que hayan quedado de Elvira

de Cortinas, mi señora y madre, que esté en gloria... a los

testamentarios e albaceas de la dicha mi madre, y, dada,

pedir que se os entreguen...

(…) para que en el dicho mi nombre podais vender, trocar,

cambiar, enajenar, qualesquier casas, viñas, tierras, censos,

bienes muebles, que en el dicho mi nombre cobráredes... e

ansimismo para que podais arrendar qualesquier bienes que

a mí me pertenezcan...

Figuran allí dos testigos, uno es el joven Rodrigo de Cervantes,

hermano de Miguel, y el otro, Pedro Xuárez, el vecino de Sevilla,

asistente del «zurujano», quien ya figuró en la escritura de obligación

de Córdoba (10-4-1566), quien ha cumplido viaje a Madrid

junto al «zurujano».

El documento anterior y las circunstancias que lo rodean son

elocuentes. ¿Por qué el hermano mayor no está presente en ese

acto? Su hermano Rodrigo ha sustituido a su hermano Miguel en

el despacho del escribano porque Miguel no está en Madrid. Miguel,

el hijo que quiere ser poeta, como corroboramos, está estudiando

en la Universidad de Alcalá, la universidad de su pueblo, la

universidad de moda en aquel momento en España.

De la defunción de su abuela habría de enterarse tarde Miguel,

como era conformidad doliente de la época. La tristeza le invadió

el alma y sintió necesidad de compartir su pena con su hermana

Luisa. Eran los dos únicos miembros de la familia que estaban en

Alcalá en aquel momento. Necesitaba ir solo desde la calle de Gramáticos

donde residía hasta la plaza de la Victoria, donde estaba

el convento de la Concepción. Se lo contó a la madre tornera al

tiempo que solicitaba ver a su hermana. La monja se ausentó tras

el torno. La monja tardaba en volver y Miguel se impacientaba.

Aquellas burdas maderas del torno le parecieron la severa tapadera

del brocal de la sima de Cabra, donde había caído su hermana.

La monja volvió sin síes ni noes, diciendo que ya había llevado el

recado y que ofrecerían misas por su eterno descanso. En efecto,

aquel torno tampoco daba respuesta, al igual que la sima de Cabra

solo devolvía el silencio de las piedras que lanzabas.

Aquel verano de 1567 Miguel tomó amplia posesión de aquel

Madrid alegre donde ahora vivían sus padres y hermanos. Iba a

ser un verano largo que llegaría hasta el día de San Lucas, en que

retornaría a Alcalá.

En 24 de octubre de 1567 se inscriben, según consta en el Libro

de matrícula del Archivo Universitario de Alcalá (Colegio de San

Isidoro):

—Baltasar Núñez, oficial del Colegio,

—Bernardino del Castillo,

—Bernardo de Carasa, mayordomo,

—Juan de Arçe

—Miguel de Cervantes, síndico,

—Pedro Cisneros

—Miguel Sala, bedel

—Pedro Sanchez de Castro, bedel

Y el 31 de enero de 1568 se matricularon:

—el licenciado Juan López, çurujano del colegio

—Javier de Valdivielso

Figura, como vemos, junto a los nombres de los alumnos inscritos,

la función laboral asignada, que tendría su lógica repercusión

ya en retribución o en gratuidad. Desconocemos cuál sería la

función de un síndico, el cargo de nuestro Miguel, pero podríamos

suponer que no estaría muy alejado de lo que hoy es un delegado

de curso. Ello requeriría siempre un alto nivel de relación entre la

autoridad académica y el alumnado.

En esta ocasión, según nos hace constar nuestro lúcido investigador

Alfonso Dávila, el nombre de Miguel de Cervantes está

escrito con los idénticos hábitos escriturales de la partida de bautismo.

Han pasado justo veinte años desde una escritura a otra.

¿Será el propio «bachiller Serrano, cura de Santa María», ahora doctor

en Teología por la Universidad de Alcalá, el que se asoma otra

vez por esa grafía trufada de sincretismos escriturales? ¿Será que

el archivero parroquial ha extendido su opaca escritura al ámbito

universitario? ¿O será que tal grafía ha hecho escuela?

Rodrigo de Cervantes, el padre, pudo también haber estudiado

en la universidad de su patria chica, pero nos dice Alfonso Dávila

que, al querer comprobarlo, se encontró rasgadas las páginas que

le interesaban de los registros de alumnos de Medicina. Rodrigo

demostró saberse mover en la universidad de Alcalá, porque sus

relaciones resultaron certeras en la búsqueda del colegio y en la

ocupación asignada al hijo mayor. Todos los indicios van a favor de

su titulación universitaria, dadas sus relaciones documentadas. Su

hija Magdalena hará constar ante escribano que era «hija del licenciado

Cervantes de Saavedra»(23). Y en el ya citado poder otorgado a

____________________

(23) Consta en contrato suscrito entre Magdalena e Isabel de Saavedra ante el

escribano Martín de Urraca (Pérez Pastor, DC, v.2, nº 37). Las relaciones profesionales

de Rodrigo padre también se manifiestan en la partida bautismal de Rodrigo

hijo (Apéndice, DC VII) donde figura el «dotor» Gil Verte como padrino

de pila y como testigos Francisco Díaz y Pedro Vallejo, todos ellos reconocidos

médicos de la época.


su esposa y a su sobrino en Sevilla ante escribano (FRM) dece ser

«médico çurujano». No seamos crueles con Rodrigo, añadiendo

sin motivo alguno a su discapacidad física la académica. No hay

motivos para alargar más esa leyenda negra, esa ofensiva devaluadora

contra el dato documental y la universidad de su cuna. Es ese

el padre que ahora vive sus momentos familiares más boyantes,

que se ha instalado en Madrid y que ha dejado en Alcalá a su hija

monja y a su hijo estudiante, ocupados cada uno de ellos en lo que

les gusta: la ascética y la mística, y la gramática y el latín.

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