7.
CERVANTES EN LA GRAN
UNIVERSIDAD DE SU PATRIA
CHICA
Miguel avista en lontananza la llamarada de sus dieciocho años
que va a cumplir el próximo 29 de septiembre, y al alcalaíno le
hierve la sangre ante el faro de su deseada universidad, husmeada
con deleite en su villa natal. Pero su padre quiere retenerlo un año
más en Sevilla. Rodrigo aporta toda su persuasión para convencer
al hijo. Debe consolidar su preparación de cara a la universidad y
tiene que ser consciente del retraso escolar que sufre como consecuencia
de esa inseguridad en la dicción, ese balbuceo que le ha
afectado a su estima y a su relación, pero que va superando. Necesita
afianzarse y confiarse en esa debilidad. Por otra parte, Rodrigo
padre debe cumplir el compromiso fijado con su hermano de
permanecer en Sevilla hasta que cumpla dieciocho años su sobrino
Juan, cuya fecha cae en marzo del siguiente año de 1566. Lo cual
quiere decir que llegaría la tutela hasta finales del curso, y Miguel
debería cumplir también dicho período conjuntamente como así
viene siendo.
Por fin, el 23 de octubre de 1566, Micalis Ceruantes quedaba matriculado
en la universidad de Alcalá entre Gregorio de Esteuan
de Camarma y de Gabriel Ximénez de Pinto. Llama la atención
que queda en blanco el lugar de procedencia, casilla a la izquierda
del nombre. La razón es sencilla: era Miguel vecino de Alcalá en el
momento de la inscripción.
Investigación del archivero Alfonso Dávila Oliveda en el Archivo Histórico
Nacional(21)
______________________
(21) ALFONSO DÁVILA OLIVEDA, Miguel de Cervantes Saavedra, estudiante de
la Universidad de Alcalá de Henares, Documentos encontrados 2021, Alcalá hoy,
diario digital (Archivo Universitario de Alcalá en el Archivo Histórico Nacional.)
Matrículas de 1564 a 1568. Don Alfonso Dávila fue director del Archivo General
de la Administración en Alcalá de Henares (AGA), y como archivero, resultan
interesantes los datos aportados aquí con respecto a la peripecia histórica del
traslado de la Universidad de Alcalá a Madrid en 1836:
«El traslado de su sede a Madrid solo respetó la biblioteca del Colegio de San
Ildefonso, que, enriquecida con los fondos de los jesuitas, se instaló en el Colegio
Imperial de Madrid, donde fue erigida la nueva Universidad Complutense (con
el nombre de Universidad Central), pero no mostró ningún interés en trasladar a
Madrid sus archivos universitarios, que salieron a la venta a peso en papel, como
bienes desamortizados. Solo cuando un trapero pujó por ellos, estalló la indignación
en la ciudad de Alcalá de Henares, que constituyó la Sociedad de Condueños
de la Universidad y consiguieron rescatar de la venta la parte de los archivos
que aún no se habían destruido, así como hacerse con aquellos edificios que no
fueron remodelados en cuarteles del ejército para hacer de Alcalá de Henares
el modelo de ciudad militar a semejanza de las ciudades que estaba creando en
centroeuropa el imperio austroalemán.
»La Sociedad de Condueños decidió transferir los archivos de la Universidad de
Alcalá al Archivo Histórico Nacional, para que el cuerpo facultativo de archiveros,
bibliotecarios y arqueólogos, pudiesen organizar sus fondos y preservar y
restaurar los documentos deteriorados por las inclemencias del tiempo o a causa
de los almacenamientos como material de desecho durante las guerras napoleónicas
y su posterior proceso desamortizador.
»Hoy este archivo universitario contiene la documentación de la Universidad,
desde el año de su fundación, en 1498, hasta el de su traslado a Madrid en el
año 1838, aunque sus documentos recogen la información desde la creación del
Estudio General de Alcalá de Henares por el arzobispo Gudiel en 1293 hasta la
fecha de venta de los edificios y archivos, en 1845, a la Sociedad de Condueños,
conservados hoy en 1238 libros de registro, 683 legajos y 38 carpetas».
Es la inscripción de Micalis Ceruantes en el colegio San Isidoro
de la Universidad de Alcalá para el curso 1566-67, donde figura
con la denominación académica en latín, constatando en el apellido
la transición de la letra “u” a “v”, todavía no decantada en la
época —Ceruantes— no figurando todavía el postizo nexo «de». Es
la escritura prístina de Miguel de Cervantes.
Juan López de Hoyos, el maestro de Cervantes en el Estudio de
Madrid, según siempre se ha predicado hasta la saciedad, es identificado
por Alfonso Dávila en las inscripciones de 1564 a 1568
como alumno y profesor de la universidad de Alcalá, figurando
como Juan López de Alcalá, Juan López de Madrid y Juan López
Complutensis, según sea su lugar de actuación, por lo que ahora
toma cuerpo la conjetura desechada de que Cervantes y López de
Hoyos se conocieran antes en Alcalá como alumno y profesor,
respectivamente(22).
No hicieron caso los cervantistas a Juan Antonio Pellicer (1738-
1806), archivero de la Biblioteca Real de Madrid y miembro de
la Real Academia, quien en su Vida de Miguel de Cervantes 1800,
decía en las páginas 5 y 6:
Dedicáronle sus padres desde luego a los estudios, y
aprendió Gramática y Letras Humanas con el maestro Juan
López de Hoyos (digno sucesor en la cátedra de Latinidad de
Madrid de los célebres filólogos el maestro Cedillo, y Alexo
deVenegas); pues en la Relación de la muerte y exequias de la
reyna Doña Isabel de Valois le llama expresamente su caro y
amado discípulo con ocasión de insertar unas redondillas y
una elegía, que Cervantes compuso dedicada al cardenal don
Diego de Espinosa. Hasta ahora se ha creído que había sido
su discípulo en Madrid, porque Hoyos era, como se ha dicho,
catedrático del Estudio píblico; pero no falta fundamento
______________________
(22) Alfonso Dávila Oliveda, (Archivo Histórico Nacional), Miguel de Cervantes.
Apuntes para una biografía. IV volúmenes. Editorial Círculo Rojo. 2014 y ss.
para dudarlo. Entre los papeles que tratan de él, y existen
en su archivo, se halla la noticia siguiente: en 29 de enero
del año de 1568, por la tarde se hizo en el Ayuntamiento
desta villa de Madrid la oposición a la cátedra de Gramática
y Letras Humanas del Estudio píublico de la villa, y salió
electo por voto de todos el mtro. Juan López de Hoyos.
Adviértese también que sucedió al licenciado Ramiro, que
enseñó hasta 14 de octubre de 1566, en que se despidió; y
que sirvió la cátedra interinamente el licenciado Francisco
del Vayo hasta que la obtuvo el mencionado Hoyos. Las
exequias se celebraron en octubre del referido año de 1568,
conque ocho o nueve meses no parece tiempo suficiente
para que Cervantes estudiase Gramática y Letras Humanas,
y se mostrase tan aprovechado en la poesía; antes debería
creerse que las estudió en la universidad de Alcalá, donde
acaso estaría enseñándolas el maestro Hoyos, que vendría
a la oposición de la cátedra de Madrid, traído del amor a
su patria; y hallándose en él su discípulo con motivo de las
funciones reales, o con otro, escribió los referidos versos en
nombre de todo el Estudio.
Hay que entender que quien esto escribe, Pellicer, estudió en
Alcalá Leyes y Cánones, fue eventualmente archivero del Colegio
de San Ildefonso y dijo que recordaba haber tenido en las manos el
expediente académico de Cervantes. De ahí que le resulte normal
decir que López de Hoyos sería maestro de Cervantes en Alcalá.
Algo parecido escribió el célebre cervantista Martín Fernández de
Navarrete, quien al plantear tan solo la sospecha fundada de que
Cervantes estudiara en Alcalá, fue tachado de sufrir demencia senil,
quedando desprestigiada su biografía ante el acoso del cervantismo
oficial.
Pero ahora que tenemos la constancia de que nuestro Miguel
estudió en la Universidad de Alcalá y que su segundo curso lo
acabaría a finales de junio (empezaban y terminaban entonces los
cursos más tarde, de San Lucas a San Pedro), tenemos entonces
que «los ocho o nueve meses» de Miguel en el Estudio de Madrid,
insuficientes para Pellicer, quedarían ahora acortados en dos a lo
sumo, ya que en diciembre del 68 se registra la «huida» de Miguel.
Algunas pinceladas podemos aquí apuntar sobre el rechazo histórico
a la posibilidad de que Cervantes estudiara en la universidad
de su entonces villa, lo cual es un dato de lo más corriente y natural.
Pero, formulado ello como simple conjetura, levantó ampollas,
y más si lo comparamos con las beatíficas sonrisas que suscitaba
su presencia en Salamanca, tan urdida y buscada. Los mismos
pseudoeruditos que le negaban su vinculación a la universidad de
Alcalá, eran los que le religaban a Salamanca sin documento alguno.
Se le creyó a Cervantes en Salamanca porque en el siglo XIX
se atribuyó al alcalaíno ser autor de La tía fingida, una breve novela
que se desenvuelve en Salamanca y que fue incluida entre las Novelas
ejemplares de Cervantes por haber sido encontrada en 1787 junto
a dos de ellas. Rechazaron, sin embargo, dicha autoría eruditos
como Andrés Bello, Menéndez y Pelayo, Avalle-Arce, y más tarde
Criado de Val, quien ofreció un estudio lingüístico comparativo.
Tal equívoco suscitó en la clase salmantina la variopinta casuística
de quien creía haber visto, oído o leído. Del florilegio de las beatíficas
sonrisas de recepción salmantina elegimos la de Blanca de
los Ríos, quien en 1897 publicaba en La España moderna el trabajo
titulado: ¿Estudió Cervantes en Salamanca? Unos interrogantes cargados
de firmes aspiraciones.
Refiere la crónica local el estado lamentable en el que quedaron
los archivos de la universidad de Alcalá tras la invasión napoleónica.
Y es en este tiempo cuando Francisco F. de Navarrete nos
cuenta que, al no haber sido encontrada allí la presencia de Miguel,
declinó su adhesión a la conjetura de Pellicer por causa de la carta
que desde Alcalá de Henares le envíó Manuel de Lardizábal en
10 de marzo de 1806. Dicho personaje, al no haber hallado allí el
rastro de Miguel en tan caótico archivo, pidió al secretario de la
Universidad de Alcalá, le extendiera certificación de la ausencia
de Cervantes como alumno y de López de Hoyos como profesor
en los archivos de aquella desbaratada casa. Y el secretario de tan
decadente institución se la extendió. El personaje que obtuvo la
citada certificación había visitado Alcalá con un «a priori» mental
preestablecido: acallar de una vez la creciente hipótesis de que Cervantes
hubiera estudiado en Alcalá. Se trataba del mexicano Manuel
de Lardizábal, que había estudiado Filosofía y Jurisprudencia
en el colegio de San Ildefonso de Puebla de los Ángeles, que fue
bachiller de leyes en Burgo de Osma y licenciado en Cánones en
Valladolid, alcanzando un sillón en la Real Academia.
Pero volvamos al tiempo real que nos ocupa. Miguel se independiza
de la familia, ahora en Madrid. Sus estudios así lo requieren. Él es
alumno interno en el Colegio de San Isidoro de la ciudad universitaria
de Alcalá, hoy recinto histórico patrimonio de la UNESCO. El colegio
de San Isidoro fue el sexto de los siete primeros colegios menores
fundados por el cardenal Cisneros un memorable día 23 de marzo de
1513 (llegarían a 40), y estaba destinado a albergar a 36 estudiantes pobres,
de los que 30 estudiarían latín y 6 griego, como enseñanza básica.
El Colegio de San Isidoro, vulgarmente «de Gramáticos», ocupaba el
número 10 de la calle Gramáticos, que después se llamó del Horno
Quemado, y hoy es la de Antonio de Nebrija. Estaba al lado del Colegio
de San Eugenio, con el que hacía esquina y con el que se fundió
casi un siglo después, en 1649, en la reforma de Felipe IV, viniendo a
llamarse de San Ambrosio. Los colegiales de San Isidoro usaban capa
y beca de color azul celeste, después morado.
Se ha muerto la abuela Elvira, la abuela materna de Miguel que
tenía hacienda en Arganda, la aldea que, a cuatro leguas de Alcalá,
pertenecía al señorío toledano de la villa complutense. Se ha
muerto la abuela Elvira y se han muerto los racimos prietos de la
necesidad. Se ha muerto la abuela Elvira y se ha muerto la viña del
camino de Morata, secarral y cuesta, vendimia y capricho de unos
dedos insistentes. Se va la uva turgente que les amparó a la vera del
camino, la uva rebelde que se resistía a caer en la copa del pecado
de la «cervanta» ennoblecida.
Era Elvira de Cortinas la mujer testigo que encarnaba ambos
miembros maritales, supliendo en la hacienda al abuelo lejano que
murió. Había sido Elvira un vigoroso miembro de los Cortinas
que ocuparon Barajas y ocuparon puestos de honor en la villa de
Madrid. Y es precisamente en Madrid donde ahora se encuentra
la familia Cervantes, y más concretamente es el 2 de diciembre de
1566. Porque en esta fecha doña Leonor de Cortinas comparece
ante el escribano Diego de Henao y da poder completo a su esposo,
que se halla presente:
para que por mí y en mi nombre y representando mi
mesma persona e vuestra, podais pedir e demandar, recebir,
haber e cobrar todos e qualesquier maravedis e otras cosas
que a mí me sean debidas e de derecho pertenezcan, ansi por
herencia de mis señores padre e madre como de abuelos...
ante qualesquier justicias que necesario sea, e pedir den
quenta de qualesquier bienes que hayan quedado de Elvira
de Cortinas, mi señora y madre, que esté en gloria... a los
testamentarios e albaceas de la dicha mi madre, y, dada,
pedir que se os entreguen...
(…) para que en el dicho mi nombre podais vender, trocar,
cambiar, enajenar, qualesquier casas, viñas, tierras, censos,
bienes muebles, que en el dicho mi nombre cobráredes... e
ansimismo para que podais arrendar qualesquier bienes que
a mí me pertenezcan...
Figuran allí dos testigos, uno es el joven Rodrigo de Cervantes,
hermano de Miguel, y el otro, Pedro Xuárez, el vecino de Sevilla,
asistente del «zurujano», quien ya figuró en la escritura de obligación
de Córdoba (10-4-1566), quien ha cumplido viaje a Madrid
junto al «zurujano».
El documento anterior y las circunstancias que lo rodean son
elocuentes. ¿Por qué el hermano mayor no está presente en ese
acto? Su hermano Rodrigo ha sustituido a su hermano Miguel en
el despacho del escribano porque Miguel no está en Madrid. Miguel,
el hijo que quiere ser poeta, como corroboramos, está estudiando
en la Universidad de Alcalá, la universidad de su pueblo, la
universidad de moda en aquel momento en España.
De la defunción de su abuela habría de enterarse tarde Miguel,
como era conformidad doliente de la época. La tristeza le invadió
el alma y sintió necesidad de compartir su pena con su hermana
Luisa. Eran los dos únicos miembros de la familia que estaban en
Alcalá en aquel momento. Necesitaba ir solo desde la calle de Gramáticos
donde residía hasta la plaza de la Victoria, donde estaba
el convento de la Concepción. Se lo contó a la madre tornera al
tiempo que solicitaba ver a su hermana. La monja se ausentó tras
el torno. La monja tardaba en volver y Miguel se impacientaba.
Aquellas burdas maderas del torno le parecieron la severa tapadera
del brocal de la sima de Cabra, donde había caído su hermana.
La monja volvió sin síes ni noes, diciendo que ya había llevado el
recado y que ofrecerían misas por su eterno descanso. En efecto,
aquel torno tampoco daba respuesta, al igual que la sima de Cabra
solo devolvía el silencio de las piedras que lanzabas.
Aquel verano de 1567 Miguel tomó amplia posesión de aquel
Madrid alegre donde ahora vivían sus padres y hermanos. Iba a
ser un verano largo que llegaría hasta el día de San Lucas, en que
retornaría a Alcalá.
En 24 de octubre de 1567 se inscriben, según consta en el Libro
de matrícula del Archivo Universitario de Alcalá (Colegio de San
Isidoro):
—Baltasar Núñez, oficial del Colegio,
—Bernardino del Castillo,
—Bernardo de Carasa, mayordomo,
—Juan de Arçe
—Miguel de Cervantes, síndico,
—Pedro Cisneros
—Miguel Sala, bedel
—Pedro Sanchez de Castro, bedel
Y el 31 de enero de 1568 se matricularon:
—el licenciado Juan López, çurujano del colegio
—Javier de Valdivielso
Figura, como vemos, junto a los nombres de los alumnos inscritos,
la función laboral asignada, que tendría su lógica repercusión
ya en retribución o en gratuidad. Desconocemos cuál sería la
función de un síndico, el cargo de nuestro Miguel, pero podríamos
suponer que no estaría muy alejado de lo que hoy es un delegado
de curso. Ello requeriría siempre un alto nivel de relación entre la
autoridad académica y el alumnado.
En esta ocasión, según nos hace constar nuestro lúcido investigador
Alfonso Dávila, el nombre de Miguel de Cervantes está
escrito con los idénticos hábitos escriturales de la partida de bautismo.
Han pasado justo veinte años desde una escritura a otra.
¿Será el propio «bachiller Serrano, cura de Santa María», ahora doctor
en Teología por la Universidad de Alcalá, el que se asoma otra
vez por esa grafía trufada de sincretismos escriturales? ¿Será que
el archivero parroquial ha extendido su opaca escritura al ámbito
universitario? ¿O será que tal grafía ha hecho escuela?
Rodrigo de Cervantes, el padre, pudo también haber estudiado
en la universidad de su patria chica, pero nos dice Alfonso Dávila
que, al querer comprobarlo, se encontró rasgadas las páginas que
le interesaban de los registros de alumnos de Medicina. Rodrigo
demostró saberse mover en la universidad de Alcalá, porque sus
relaciones resultaron certeras en la búsqueda del colegio y en la
ocupación asignada al hijo mayor. Todos los indicios van a favor de
su titulación universitaria, dadas sus relaciones documentadas. Su
hija Magdalena hará constar ante escribano que era «hija del licenciado
Cervantes de Saavedra»(23). Y en el ya citado poder otorgado a
____________________
(23) Consta en contrato suscrito entre Magdalena e Isabel de Saavedra ante el
escribano Martín de Urraca (Pérez Pastor, DC, v.2, nº 37). Las relaciones profesionales
de Rodrigo padre también se manifiestan en la partida bautismal de Rodrigo
hijo (Apéndice, DC VII) donde figura el «dotor» Gil Verte como padrino
de pila y como testigos Francisco Díaz y Pedro Vallejo, todos ellos reconocidos
médicos de la época.
su esposa y a su sobrino en Sevilla ante escribano (FRM) dece ser
«médico çurujano». No seamos crueles con Rodrigo, añadiendo
sin motivo alguno a su discapacidad física la académica. No hay
motivos para alargar más esa leyenda negra, esa ofensiva devaluadora
contra el dato documental y la universidad de su cuna. Es ese
el padre que ahora vive sus momentos familiares más boyantes,
que se ha instalado en Madrid y que ha dejado en Alcalá a su hija
monja y a su hijo estudiante, ocupados cada uno de ellos en lo que
les gusta: la ascética y la mística, y la gramática y el latín.

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