22.
LOS AMIGOS DE ALCALÁ
El alcalaíno que quiere ser poeta desarrollará en su «aldea» en
este tiempo su apreciado culto de la amistad. Es preciso hablar
ahora de sus amigos alcalaínos de aquellos años. Cervantes, Figueroa
y Laínez (Lauso, Tirsi y Damón) constituirán en Alcalá un trío
literario que ocupará las riberas del Henares en la realidad y en La
Galatea. Su amistad, ahora reencontrada en la «dehesa concejil»,
proviene de los tiempos pretéritos, anteriores a Italia, Lepanto y
Argel. Eran los tiempos del brazo sano. Toca aquí hablar de ellos.
Pedro Laínez era hijo de un aposentador de Felipe II y llegó a
Alcalá, donde estudió cánones, como ayuda de cámara del príncipe
Carlos. Fue después a Génova al lado de los príncipes alemanes
Rodolfo y Ernesto, hijos de Maximiliano II, sobrinos del rey, y
se quedó después en el séquito de Juan de Austria, viéndose con
Miguel en Nápoles y en Lepanto. Como cortesano concedió privilegio
real a los libros de poetas colegas. Acabó en el servicio del archiduque
Ernesto. Como principal maestro de Miguel, su amistad
fue más allá de la poesía, llegando a erigirse en la oportunidad providencial
que Cervantes tuvo de conocer la Mancha, la alta Mancha.
Formaron también ellos un dúo de juventud que contó con
la colaboración de Juan de Cervantes (o de Córdoba), el generoso
primo y anfitrión de su casa que fue de la Calzonera.
Firma de Pedro Laynez
Que Laínez fue maestro de Cervantes como hemos dicho es
cuestión que confirma en La Galatea el propio Miguel cuando Lauso
recita un soneto suyo, y Damón le dice que siga leyendo otra cualquier
cosa, «pues sabía de cuánto gusto le eran a él oír sus versos».
Entonces responde Lauso (Cervantes):
Eso será, Damón, por haberme sido tú maestro en ellos, y
el deseo que tienes de ver lo que en mí aprovechaste, te hace
desear oirlos
A su otro maestro lo había conocido Miguel en Alcalá en 1567
y con él ahora podía explanarse abiertamente. Era su paisano Francisco
de Figueroa, quien después de muchos años ausente de España,
regresó a su villa natal. Había pasado muy joven a Italia, y,
alternando la espada con la pluma, adquirió pronto una reputación
sobresaliente de poeta, «en ambas lenguas, castellana y toscana»,
según testimonio del famoso humanista aragonés Juan de Verzosa,
quien le trató íntimamente en Siena, pasando también por Bolonia,
Nápoles y Roma, donde se ocupó de los negocios de Carlos V y
de Felipe II. Fue un hombre admirado por su ingenio, modestia,
distinción y cultura. En Italia amó a sus celebradas Fili y Dafne. Fue
tan reconocida su obra poética al llegar a España que, junto a Fernando
de Herrera y Francisco de Aldana, el poeta alcalaíno recibía
el apelativo de el Divino. En un rapto de falsa modestia, el Divino
Figueroa quemó su obra literaria(81).
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(81) ASTRANA, Vida ejemplar… tomo III, cap. XXXVI. El principio de las
tres composiciones que cita de él Cervantes en La Galatea son:
Firma de Francisco de Figueroa
Figueroa y Laínez fueron a su vez amigos, según nos dice Cervantes
a través de la pastora alcalaína Teolinda, quien les pondera
y en su homenaje señala los orígenes de ambos. Pero en el párrafo
que sigue hay un desdoblamiento literario en el que Cervantes
confiesa ser complutense y ser amigo íntimo de Laínez, conocido
ejercicio del autor traspasando mensajes cruzados en boca de sus
personajes. Dice Teolinda:
Si los oídos no me engañan, hermosas pastoras, yo creo
que tenéis hoy en vuestras riberas a los dos nombrados y
famosos pastores Tirsi y Damón, naturales de mi patria, a
lo menos Tirsi, que en la famosa Compluto, villa fundada
en las riberas de nuestro Henares, fue nacido, y Damón,
su íntimo y perfecto amigo, si no estoy mal informada, de
las montañas de León tiene su origen, y en la nombrada
Mantua Carpetanea (Madrid) fue criado...(82).
«Ay, de cuán ricas esperanzas vengo... »,
«La amarillez y la flaqueza mia...», y
«Sale el Aurora, y de su fértil manto... »,
que corresponden, respectivamente, a los sonetos XXXI y XXVII y Canción
IV, de la edición de las Obras de Francisco de Figueroa, no impresa hasta
1625 (en Lisboa, por Pedro Craesbeeck). Estas tres composiciones van consagradas
a Fili, su «dulce pastorcilla».
(82) Miguel de Cervantes, La Galatea, Segundo Libro. Alcalá, a las orillas del
Henares, queda subsumida bajo las denominaciones de «aldea» y de «Compluto
», su antiguo nombre romano, junto al que choca la titulación de «villa»
cuando en el tiempo romano fue «civitas». Pero en el tiempo de Cervantes
Alcalá era «villa» y lo será hasta 1687, en que Carlos II le otorgará el título de
«ciudad», mediante el pago en diez años de la «media annata», la producción
Laínez, el ayudante de cámara del príncipe Carlos, con quien
fue a Alcalá, conoció allí en 1567 al Divino Figueroa, y, gracias a
la mediación del «perfecto amigo», el complutense pasó a integrar
el grupo de los cien continuos, servidores de la casa del rey para
la atención y custodia de su persona. Por ello, Figueroa alternó su
residencia en la corte con su casa de Alcalá.
Pedro de Padilla, el brillante poeta de Linares que estudió Teología
en Alcalá, fue amigo de Cervantes, quien colaboró entre otros
de sus libros en el Romancero, 1583 (pero la aprobación por el rey
es de Lisboa en 22-9-1582). El poeta jienense que fue alabado por
Lope de Vega, fue en Granada bachiller en Artes. En 1585 ingresó
en el convento de Carmelitas calzados de Madrid, donde consumió
sus días dedicándose a la predicación.
Otros amigos de aquella época son los firmantes de los sonetos
que encabezan La Galatea, como era costumbre y privilegio
de su autor, concedidos por Cervantes al citado poeta alcarreño
Luis Gálvez de Montalvo, al aristócrata toledano Luis de Vargas
Manrique y a Gabriel López Maldonado, con quien también se
vio en Italia. Son ellos amigos poetas rescatados de los tiempos
pretéritos, con excepción del poeta toledano, cuyo conocimiento
corresponde a esta época. Lo contrario de lo que le ocurre ahora
con Mateo Vázquez, el Lariseo de las riberas del Henares que se
le fue a Lisboa emperingotado. No debía andar muy lejos Miguel,
como quieren otros biógrafos, cuando en este tiempo, además de
colaborar en el citado libro de Padilla, lo hace en el de Montalvo,
El pastor de Fílida, 1582, y en La Austriada de Rufo, cuyas aprobaciones,
practicadas por Laínez, son de junio de 1581 y marzo de
1582, respectivamente.
Pero su amigo íntimo de Alcalá fue fray Josef de Valdivielso,
amigo desde los tiempos estudiantiles alcalaínos, al igual que su
hermano Javier, los tres unidos en el mismo colegio. Y, pasado el
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de su vasto alfoz de 25 villas.
tiempo, será el maestro Josef de Valdivielso quien conceda la aprobación
laudatoria que consta en los preliminares de la Segunda Parte
del Quijote, como en las Ocho comedias y en el Persiles. Fue fraile profeso,
que integró en distintas ocasiones la comunidad del convento
de Trinitarios Descalzos de Alcalá de Henares, autor de poemas religiosos
y autos sacramentales. Protegido como Cervantes del cardenal
Sandoval y Rojas, de quien fue su capellán, por su mediación
fue cura de Santorcaz, villa próxima a Alcalá, y después capellán
de la capilla mozárabe de la catedral de Toledo, donde Cervantes
le visitó en sus días toledanos. Hubo un cuadro de fray Josef en el
claustro del mencionado convento de Alcalá, obra de Juan Vardenhannen,
víctima de la desamortización. Este pintor, importante en
la cultura oficial de su época, tuvo una representativa muestra de su
obra en los claustros del referido convento trinitario. Vardenhannen,
Valdivielso y Cervantes formaron un triángulo de amistad(83).
Veinte años después Miguel escribiría con más éxito el Quijote,
y en el donoso escrutinio del cura y el barbero sobre los libros de
don Quijote que se guardan o se queman (I, VI), vamos a ver cómo
trata a alguno de estos amigos. En el texto seleccionado, los dos
primeros libros son de Gálvez de Montalvo y de Padilla, por este
orden, a quienes, sin embargo, les priva de la inmortalidad de citar
su nombre:
—Este que viene es El pastor de Fílida.
—No es ese pastor —dijo el cura—, sino muy discreto
cortesano: guárdese como joya preciosa.
—Este grande que aquí viene se intitula —dijo el
barbero—, Tesoro de varias poesías.
—Como ellas no fueran tantas —dijo el cura—, fueran
más estimadas: menester es que este libro se escarde y limpie
de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene; guárdese,
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(83) García Gutiérrez, F. J. artículo en el Semanario Puerta de Madrid, Alcalá de
Henares, mayo 2004.
porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más
heroicas y levantadas obras que ha escrito.
—Este es —siguió el barbero—, el Cancionero de López
Maldonado.
—También el autor de ese libro —replicó el cura—, es
grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran a quien
los oye, y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que
encanta. Algo largo es en las églogas, pero nunca lo bueno
fue mucho; guárdese con los escogidos. Pero ¿qué libro es
ese que está junto a él?
—La Galatea de Miguel de Cervantes —dijo el barbero.
—Muchos años ha que es grande amigo mío ese
Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en
versos. Su libro tiene algo de buena invención: propone algo,
y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte
que promete: quizá con la enmienda alcanzará del todo la
misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se
ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.
Le siguen en el escrutinio dos libros de otros dos amigos, el
cordobés Juan Rufo y el valenciano Cristóbal de Virués, a los que
nombra y salva del fuego. Es decir, que, del círculo de amigos,
solo, su propia obra La Galatea queda en suspenso, a la espera de la
segunda parte que nunca llegó y que anunció en repetidos momentos(84).
Parece que el tiempo pudo por fin vencerle y convencerle de
la cruda realidad de su primera novela, creyendo en principio que
había escrito una obra inmortal, y achacando su falta de popularidad
«al vulgo vano» y a las «envidias e ignorancias», según hizo
decir a Delio en su Viaje del Parnaso (Madrid, 1614), donde sigue
diciendo:
_________________________
(84) Cervantes pasó su vida prometiendo escribir la segunda parte de la obra:
lo hizo en la dedicatoria de las Ocho comedias y entremeses nuevos (Madrid, 1615),
en el prólogo de la segunda parte del Quijote (1615) y en la dedicatoria al
conde de Lemos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (Madrid, 1617).
Yo corté con mi ingenio aquel vestido
con que al mundo la hermosa Galatea
salió, para librarse del olvido.
Hay que reconocer que la trama de su opera prima es simple y no
tiene otra pretensión que la de justificar las cuantiosas digresiones
literarias que Cervantes había acumulado, creyendo que ahí residía
su mérito, en vez de fijarlo en la linealidad del relato. Nada que ver
con otras obras precedentes en España en este estilo virgiliano,
nada que ver con el éxito de la Diana de Montemayor (1559), cuya
difusión fue realmente extraordinaria, ni menos con el de la Diana
enamorada (1564) de Gaspar Gil Polo, que tuvo más de ocho ediciones.
Y, por si fuera poco, las ediciones de La Galatea de Lisboa
(1590) y de París (1611) estaban plagadas de omisiones y de erratas.
Pero debemos volver al tiempo real del que nos sacó la cita quijotesca.
Estamos todavía con Miguel en Alcalá de Henares, allí donde
la picaresca cunde por patios y calles según lo pinta Quevedo en El
Buscón y Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache. Aquella procacidad
picaresca de la estudiantina remonta su grado pintoresco y es ya
molestia alevosa, sobre todo cuando los alguaciles no la saben aplacar.
Los mozalbetes alcalaínos entran en constantes pedreas con los
estudiantes garrulos. La consulta del «zurujano» Rodrigo fue víctima
de la picaresca estudiantil a la que Miguel teme como a un nubarrón.
Miguel siente la necesidad de sacar de la pobreza endogámica a su
casa paterna. No acabamos de conocer su ocasional empleo. Está leyendo
teatro en la biblioteca del Colegio Mayor de San Ildefonso de
la universidad complutense. Está escribiendo teatro: las imágenes de
Argel y Lepanto le pesan y necesita descargarlas. Ha bajado a Madrid
y ha visto teatro en los tristes corrales del Madrid de aquel tiempo.
Le llevó su amigo Alonso Getino, el buen amigo de la familia, a los
corrales de la Pacheca y de Burguillos. Le ha confesado al amigo
que está escribiendo teatro como le recomendó, pero que solo dará
sus obras a los comediantes cuando haya teatro digno y patios decentes.
Nada que ver del teatro de Madrid con lo que vio en Roma
y Nápoles: el Ariosto, Maquiavelo, Bibbiena… De lo que aquí se
pone solo se salva Lope de Rueda. No le gusta Juan de la Cueva que
es el más celebrado después de aquel. Getino le ha dado una buena
noticia: arreglará de su cuenta el teatro de la Cruz. Se le han quejado
también los de la compañía de italianos: los corrales de Madrid son
incómodos cuchitriles.
Antes de echarse a la plaza pública, el poeta que lo quiere ser
necesita el estudio que le ofrece aquella universidad cuajada del
humanismo renacentista. Miguel lee ahora teatro y lee historia documentada
para encontrar argumento. Tiene ya escritas, tomadas
de su desgarrada experiencia, Los tratos de Argel y La naval batalla.
Ha pedido leer el Discurso de la lengua castellana de Ambrosio de Morales.
Ha sido catedrático de Retórica en esta universidad de Alcalá
hasta hace pocos años. Le conoció Miguel bien en sus años universitarios.
Echa de menos su radiante sabiduría. Además, había nacido
en Córdoba, donde sus abuelos. Era hijo de Antonio Morales,
también catedrático de Medicina de esta universidad. A Ambrosio
se le quiere aquí como al padre. Se implicó en el retorno de las
reliquias de Justo y Pastor desde Narbona, a donde habían huido
para salvarse de la invasión musulmana. Se implicó en la arqueología
de Compluto y en la canonización de San Diego de Alcalá.
Había ingresado en la orden de los jerónimos. Cervantes le guarda
veneración y lo lee ahora con avidez, y, siguiendo su sabio rastro
ha llegado al libro VIII de la continuación de Florián de Ocampo(85).
Allí, en la historia romana de su admirado Ambrosio de Morales,
ha encontrado Miguel el motivo para escribir su grandiosa Numancia.
Tiene después otro proyecto teatral: La gran turquesca. Cuando
vaya a Madrid a hacer teatro no quiere ir de vacío, quiere ir cargado.
No todo lo da el ingenio. El oficio de escribidor no cae del cielo,
sino que nace en el templo del saber y en la fragua de su ejercicio.
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(85) Ambrosio de Morales fue un historiador muy relacionado con Felipe II que continuó
la obra histórica de Florián de Ocampo, catedrático que también fue de Alcalá
al servicio del emperador Carlos I. Los cinco libros primeros de la crónica general de
España que recopilaba el maestro Florián de Ocampo, cronista del rey nuestro señor,
por mandato de su majestad, en Zamora, Alcalá de Henares, Juan Íñiguez de Lequerica;
a expensas de Diego Martínez, 1578.
Getino le ha prometido dos compañías solventes: la de Alonso
de Cisneros y la de Jerónimo Velásquez. Es este último el actor de
moda de la época. No ha llegado todavía su hora, está cargando
las gavillas de su cosecha teatral, el nuevo género en que ahora se
ejercita. Ha estrenado ya en uno de los tantos patios porticados
de Alcalá, patios de jácara y gravedad del Buscón y del Guzmán de
Alfarache con el aplauso incondicional de sus allegados y la siempre
ruidosa e imprevisible estudiantina(86).
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(86) No pudo entrar el teatro de Cervantes de esta época en el Corral de Zapateros
de Alcalá de Henares, porque su fundación data de 1602, y aunque es uno de
los recintos teatrales más antiguos de Europa, Cervantes lo necesitó veinte años
antes. Acogió, sin embargo, a otros estudiantes de Alcalá como a Tirso de Molina,
a Calderón, Lope de Vega, Quevedo y con seguridad que se representaron obras de
Cervantes más tarde.

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