PRÓLOGO AL LECTOR
Estimado amigo:
Te diré hoy por escrito lo mismo que a otro amigo le dije ayer
de palabra. Al interesarse mi amigo por cuáles fueran mis ocupaciones
entonces, y al referirle yo que andaba empeñado en esta
biografía, insistió mi cultivado amigo en preguntarme con fundada
autoridad si quedaba algo por decir sobre Miguel de Cervantes. A
lo cual yo le salí diciendo lo que le dije y te digo.
De entrada le dije que ya la sola manera de contar la cosa hacía
la cosa. Pero había habido algunos importantes hallazgos de investigación
en la vida de Cervantes, que exigían su revisión, su pronta
actualización. Uno de ellos era que el archivero Alfonso Dávila Oliveda
había descubierto en el Archivo Histórico Nacional a Miguel
de Cervantes con letra menuda, la cual, en contracción de la lengua
latina, decía: «Micalis Ceruantes», que así es como consta en la inscripción del primero de los dos cursos en que se matriculó en la universidad complutense de su patria chica, lo que todavía se le negaba. Otra razón era que, a finales del cervantino año de 2016, el archivero Jesús Villalmanzo había hallado en el Archivo del Reino de Valencia diez documentos cervantinos pendientes también de su lógica repercusión.
A aquellas razones iniciales de peso, la alcalaína y la valenciana,
se fueron sumando sobre la marcha nuevos hallazgos puntuales que
iluminaban el relato, tales como la pertinaz lluvia sevillana de Cabello Núñez o la toledana de Escudero Buendía.
Y, quizás por no cansar o no cansarme, omití decir entonces que
necesitaba subrayar una mayor vinculación de Miguel con su patria
chica, tantas veces olvidada y hasta negada, desvelando aquellas señales que hacen de Alcalá de Henares su referencia doméstica, e
indicando allí el importante lugar de la casa-madre de los Cervantes.
Necesitaba destacar la complicidad de Miguel con sus hermanas.
Necesitaba también demostrar la naturaleza del apellido Saavedra,
motivo de tantas tontorronadas. Necesitaba señalar las correcciones
habidas en el Prólogo de las Novelas Ejemplares. Necesitaba difundir
que es el propio Cervantes el que irrumpe nítido desde Argel en el
libro de Haedo. Y necesitaba recomponer el capítulo póstumo de la
historia de la recuperación de su nombre y su memoria, partiendo de
la amnesia más absoluta, es decir, desde la nada.
Cabía también la posibilidad de alcanzar por fin un Cervantes
asequible, lejos de embutirlo en un libro-ballena de esos que escriben
eruditos para eruditos. Cabía la posibilidad —era para mí
lo más importante— de no servir a Cervantes en el plato frío del
dato biográfico, sino que, respetándolo, vibrar con el que nos hizo
vibrar, viajar y escapar con él, recitar con él, sentir su frío y su calor,
reír y llorar a su lado.
El cervantismo (Pérez Pastor, Rodríguez Marín, Alonso Cortés,
León Máinez, Astrana…), que partió de la nada, ha resultado ser
un torrente documental, en cuya paciente y destilada orilla, uno
puede conseguir el perfil más ajustado de nuestro personaje. Y
hemos tenido que aprender a escuchar desde esa orilla por entre
los fríos datos para recobrar el aliento de nuestro escritor-símbolo.
Me gustaría también, lector amigo, si me dejas, contarte aquí
una anécdota a la que yo asistí incidentalmente a mis 14 años. Era
el 6 de octubre del año 1956, Día de la Provincia, y se inauguraba
la casa natal de Cervantes. La Sociedad Cervantina de Madrid quiso
boicotear el acto en protesta por no haber sido respetados los
rasgos originales del inmueble de la calle Imagen 2 de Alcalá de
Henares. Uno de los groseros detalles de aquella rehabilitación era
que habían sido sustituidas las viejas zapatas de madera del porche
por las columnas del patio de Fonseca del Palacio Arzobispal, allí
apiladas por causa del incendio del 39.
Pues bien, supongo que para hacer bulto nos llevaron al acto
de inauguración a los seminaristas como entonces yo era y no
tengo empacho en decirlo. Allí, en el humilde patio porticado
de incrustaciones palaciegas, ante las autoridades asistentes del
ayuntamiento y de la Diputación Provincial, organismo que había
ejecutado la reforma de la casa, a mi anciano profesor de literatura
don Rafael Sanz de Diego le dio un aire y voceaba movilizándose
por el patio. Yo no le entendía bien lo que decía: «Esta
no es la casa de Astrana», repetía deambulando de un lado a otro,
sin que yo comprendiera el mensaje. Me preguntaba aquel día,
apoyado en la balaustrada de la galería superior, que quién era ese
nombre voceado. ¿Acaso no estábamos en la casa de Cervantes?
¿A cuento de qué venía la casa de «Astrán» o «Astracán»? Don
Rafael, canónigo penitenciario de la Iglesia Magistral de Alcalá
de Henares, era un poeta celebrado y repleto de recuerdos de
eventos literarios. Un día nos leyó la poesía con la que intervino
en la velada a la que asistió en Alcalá doña Emilia Pardo Bazán.
Era autor de varias obras teatrales que firmaba como Cruz de la
Cruz y Ángel Caído, y nunca nos había hablado de ese extraño
personaje que ahora voceaba en actitud rebelde, como santo y
seña de su causa.
Y, sin embargo, lector amigo, quién me lo iba a decir a mí cuando
miraba incrédulo desde aquella balconada en la que, al día siguiente,
me vi retratado de fondo en las páginas de huecograbado
del Diario ABC. Porque andando el tiempo, a don Luis Astrana
Marín, mentor de la casa natal de Cervantes, le hube de leer con
fruición, navegando por sus copiosos siete tomos, y, en mi época
de munícipe, le propuse para darle la calle que tiene, y después, en
1997, representando a la Institución de Estudios Complutenses
en la Comisión organizadora del 450º Aniversario, le propuse para
darle la escultura que tiene. Y no creyéndolo suficiente, aprovecho
esta oportunidad una vez más, curioso lector, para decirte que todos
los que de Cervantes hablamos hemos de beber de su caudal
generoso, donde se juntan su pluma lúcida y su investigación gozo-
sa. Y, sin embargo, ni Shakespeare ni Goethe tienen un panegirista
de su talla. Lo cual yo digo en esta ocasión de mi parte.
Por todo ello, aquí te dejo, cervantino amigo, una biografía insólita
de Cervantes con las innovaciones anunciadas y no anunciadas.
Es un plato típico y tópico en proporción consumible, aderezado
para su degustación, al que se le introducen ingredientes naturales
y se le retiran viejos tasajos. Buen provecho.
El Autor

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