CARTA DE PAISANAJE A MIGUEL DE CERVANTES
No te lo creerás, tú, golilla, poeta y soldado, no te lo
creerás, pero en la plaza de tu pueblo, la que fue del Mercado y hoy es tuya,
la municipalidad ha extendido tu firma en el suelo cien veces aumentada, qué
digo cien, más y más. Y la pisas y no se borra te lo juro. Es una firma de
bronce dicen, como el bronce florentino que allí mismo te representa, ahora
rutilante y caprichoso sobre tu suelo. Los tuyos han agrandado tu tinta, tu
tinta manuscrita más personal. Te han servido, Miguel, en prueba de gratitud,
tus propios pulsos aquilatados y magnificados. Me creerás si te digo que en
siglo y medio que llevas ahí plantado, nunca, nunca te había sido arrimada una contribución
tan magnífica. Sucedió un 23 de abril de 2026, aniversario de tu sepelio y día
en que te devolvieron tus pulsos. Y eso es amor, poeta, eso es amor.
De tu amplia
batería de firmas, eligieron una de 1598, la que estampaste desde la cárcel de
Sevilla al pie de unas alegaciones en torno a unas partidas de trigo y cebada
del año 1591. Y allí, “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo
triste ruido hace su habitación”, no es de extrañar que se te nublara la tinta
de tu rúbrica y se te olvidara el breve trazo de la “t”. Insignificancias que
ahora aquí, en tu plaza quedan magnificadas. ¿Quién te lo iba a decir a ti,
cuando, ocupado y preocupado, articulabas entonces tu firma como un autómata? Y
es que en propia casa los recuerdos se agrandan y los olvidos se achican.
Es esta tu casa y tu plaza por donde tu padre
Rodrigo cruzó contigo el pontón del canal para
recibir las aguas bautismales en Santa María la
Mayor; y cruzaste por aquí junto a tu amigo y
maestro en la poesía, Pedro Lainez, camino de la
Dehesa del Concejo, junto a tu Henares, según
cuentas en La Galatea que imprimiste en la calle
Libreros; y cruzaste por aquí más tarde, llevando
bajo el brazo las galeradas de la imprenta de la
Cuesta de Atocha junto al original de tu inmortal
obra, camino del Colegio de Teólogos de la Madre
de Dios, donde te esperaba Francisco Murcia de la
Llana, corrector de S.M; y cruzaste por aquí
buscando el ingreso y posterior toma de hábito en
la Orden seglar Tercera Franciscana, camino del
Convento de San Diego… Tu firma, Miguel, ha
quedado enhebrada sobre el suelo cierto de tu casa,
de tu plaza y tu camino. Con Dios, soldado.
Hasta aquí la carta. Necesitaría ahora aclarar ese lunar de su cárcel de donde sale su firma. Alguien pensará que “cuando el río suena…”. Es la duda maledicente de la ignorancia. En mi reciente libro (1) de la biografía de Cervantes, eché las cuentas que a la cárcel le llevaron. Ahí están clarificadas. Tuvo Cervantes la mala suerte de toparse en su camino con dos malas personas: su fiador Suárez Gasco y el juez Vallejo, a quien el Rey ordenó su libertad. Pero el esquinado juez Vallejo se mostró rígido al acatamiento por necesidades de ungüento. Se hizo el sordo y alargó la injusticia carcelaria de Cervantes, quien, como en Argel, ahora en su patria volvía a ser preso revalorizado en espera de libertad. La que ya había alcanzado el 28 de abril de 1598, pues presenta en esa fecha algunas de sus cuentas pendientes, reiterativas e intricadas por los sordos contadores. Eran tres los frentes de sus cuentas todavía pendientes, tres parásitos chupasangres de los que no podía desprenderse: las repetitivas cuentas de Écija, las de Teba y las de Vélez-Málaga, cuentas estas últimas que se le exigieron sin que pudieran existir.
La cárcel le reportó a Miguel, además de
la paciencia en las adversidades, un cuadro pestilente de personajes humanos de
todas las escalas sociales. Su firma, desplegada en el corazón de Alcalá, destila
abnegación, sabiduría y honra, virtudes que le guarda y reconoce Alcalá a su
insigne hijo Miguel de Cervantes, el mejor de sus embajadores pensantes y
pensables:
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(1) El alcalaíno que quería ser poeta CERVANTES VIVO, Editorial Adarve, 2015.
(Semanario Puerta de Madrid, 2.mayo.2026)
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