3.
UNA VIHUELA Y UN NIÑO JESÚS
En la primavera de 1551 ya estaban los Cervantes en Valladolid.
Arrendaron una casa de dos plantas en el arrabal de Sancti Spiritus.
El bullicio de la ciudad castellana debió infundirle confianzas al
cirujano, quien contrata como sirviente a Cristóbal, mozo de veinte
años, y firma el 1-11-1551 una obligación al usurero Gregorio
Romano por un préstamo de 44.472 maravedís, pagaderos el día
de san Juan del año siguiente de 1552, firmando como fiadores
su hermana María y un compinche del usurero. Era un préstamo
por la venta encubierta y abusiva de cuatro candeleros, cinco tazones,
un bernegal y una calderica, todo en plata. Piezas suntuosas
que nunca vería Rodrigo. Era una práctica evasora de los usureros
de la época, llamada «mohatra». Pronto sus esperanzas quebraron,
porque los cirujanos abundaban en Valladolid y él era un forastero
desplazado. Llegó el señalado día de san Juan y Rodrigo no pudo
atender su obligación. El teniente de corregidor procedió a dar prisión
a Rodrigo, lo cual había sido requerido por Gregorio Romano.
Ya en la cárcel, el defensor de Rodrigo exigió su inmediata libertad
por ser hijodalgo, solicitando para ello treinta días para su probanza
y búsqueda de la deuda, pensando el deudor en su retorno fugaz
a Alcalá, refugio de sus consuelos.
Romano impidió su liberación y requirió de antemano el embargo
de los bienes del deudor, siendo así que el merino de deudas
consignó testigos y fecha de ejecución. Allí, en la planta baja que
ocupaba el matrimonio con sus hijos, el día 4 de julio de 1552 hicieron
profusa y detallada lista de los bienes confiscados: las mantas,
las colchas, los colchones, las almohadas grandes y chicas, lisas
y labradas, de cama y de estrado, y los zaragüelles, jubones y sayos,
y hasta un repostero con el escudo de Alcalá y una espada, la mesa
de nogal y los bancos de pino, una caja de cuchillos dorados, un
libro de latín y dos libros de Medicina del cirujano(12).
—¡Se llevan el Niño Jesús y la vihuela que me regaló la tía María!
—gritó Andrea llorando y saltando desde la pared donde estaba
recostada por no tener ya banco.
—¡No, no y no! ¡El Niño Jesús no! —saltó Luisa con voz de
niña acongojada adhiriéndose hasta físicamente a su hermana—.
¡El Niño Jesús, no, por favor!
Miguel, que no sabía muy bien hasta entonces de qué iba la
cosa, al oír las voces plañideras de sus hermanas, se le encogió el
corazón y saltó junto a ellas, apretándose en una solidaridad instintiva,
aunque sin decir nada. Nunca sería hombre de voz fácil.
—¡Es como si me llevaran a mí! —remachó Andrea, la hermana
mayor, mirando a su madre, inerme y retraída, a falta de la
presencia de su marido.
La madre se secó una lágrima y los embargantes y testigos seguían
su trabajo como si nada oyeran. No hubo lugar para apartar
a los niños. Los buitres se habían adentrado en la vivienda sin miramientos,
todo lo asaltaron, todo lo prendieron, todo lo empacaron.
Miguel está cerca de los cinco años y su frágil alma se le va modelando
a base de empentones. En el patio de Alcalá le llegaron las
voces gruesas de la humillación y a la casa de Valladolid le llega, sin
voces, la humillación silente de la expropiación de tus cosas más
queridas. Se llevan sin consideración lo tuyo, tu almohada, tu toalla,
__________________
(12) El documento de embargo de 4 de julio de 1552 pone de relieve que
Rodrigo poseía tres libros:La gramática latina de Elio, de Elio Antonio de
Nebrija (1442-1522); La práctica de cirugía, de Juan de Vigo, y El libro de las
cuatro enfermedades cortesanas que son catarro, gota arthetica ciática, mal de piedra y de
riñones e hijada… (1544), de Luis Lobera de Ávila. Suponemos que la «caja de
cuchillos dorados» los utilizara para cirugías y sangrías.
tu colchón, tu ropa. ¡Se llevan la vihuela! ¡El Niño Jesús! Esto es
demasiado, esto despierta el letargo de la primera edad. «¿Dónde
está mi padre? Si estuviera aquí mi padre no pasaría esto». Miguel,
que ha ido despertando a la vida en un embargo, mira atónito a su
madre. Tiene la cabeza gacha, resignada, sin nada que decir, porque
sabe que de nada servirá. La abuela al menos protesta contra
aquellos hombres insolentes, pero ella nada, ella contestará mañana.
Callada, lo va rumiando. Leonor madre lo tiene decidido para
mañana, ni un día más aguantará los mosquitos del Pisuerga y del
Esgueva. Miguel, instintivamente, corrió junto a la cuna de su hermano
Rodrigo. A este no, a este no.
Fue aquella la jornada vallisoletana del despojo, de la inclemencia.
Cuando los buitres abandonaron la casa con su botín, los afectos
de madre hubieron de descender generosos sobre aquel niño
desposeído que tiembla de tan inauditas sorpresas. Pero Miguel
aprieta a su madre con su fuerza infantil en aquel abrazo de la
jornada amarga. Sabe que está sola y se lo merece esta madre que
no se rompe nunca y que esconde las lágrimas que él ve siempre.
Aquel mismo día, Leonor escribió el recado para su madre de Arganda
y para su marido encarcelado.
Poseemos el dato de que el día 5 de julio de 1552, el día después
del embargo, el procurador Pedrosa requiere su firma para
un poder judicial y en su ausencia domiciliar lo firma Leonor de
Torreblanca, la abuela. ¿Se marchó de la ciudad? Andaba en ello.
Estuvo rescatando algunos objetos domésticos incautados el día
anterior. Nos ilumina Beatriz de Acebes en sus declaraciones del
procedimiento incoado por el calcetero Pedro García el 6-2-1553,
pretendiendo los bienes dejados por Rodrigo, donde la tenedora
de requisas informa de la visita que le hizo Leonor de Cortinas,
apuntando que después fueron rescatando poco a poco los objetos
señalados, todo lo cual ocupó desde días después de san Juan hasta
cerca de san Miguel, y que más tarde dejaron en prenda cuatro almohadas
de estrado por seis reales (K. Sliwa, Documentos cervantinos
2005).
Según lo cual, deducimos que Leonor de Cortinas encuentra
sus objetos incautados al día siguiente, rescata alguno de sus predilectos:
«un cofre, un arca encorada y unos tapices de lampazos»
y señala los que van a ser retirados, acometiendo de inmediato el
viaje de vuelta a Alcalá. Creemos que tras del embargo, Leonor
salió de naja del oprobio de Valladolid con diligencia. La casa había
quedado desmantelada, inservible para hacer vida y menos para ser
nido de un parto inminente. Allí no habían quedado ni colchones,
ni sábanas, ni toallas. La argandeña, firme y resuelta, salió rebotada
de la villa de la estrechez y del acoso, buscando a su madre para
el parto que venía y obedeciendo a su marido para que lo hiciera
en la casa de Alcalá, ciudad universitaria poblada de galenos por si
fuese necesario. Allí, en Valladolid, quedaba la abuela Leonor por
un tiempo, cerca de su hijo encarcelado y de los objetos por rescatar,
auxiliada de su nieta Andrea. Leonor de Cortinas se fue con el
resto de la familia a Alcalá, donde nacería Magdalena el 22 de julio
de 1552, día de santa María Magdalena. Hacia primeros de octubre,
la abuela y la nieta dejaron también Valladolid con los seis reales
de las almohadas empeñadas, quedando allí María, la hermana de
Rodrigo, quien a su término paga dos casas de alquiler y dice tener
los dineros en Madrid, completando el pago de la renta con «un
tapiz de figuras, una saya de raso guarnicionada de terciopelo y un
manto de raja».
Siete fueron los meses de un rocambolesco proceso en donde
se acumulan las demandas de deuda. Cuando parece le llega la hora
de la libertad, que le llegó, le sale Pedro García requiriendo demanda
incumplida. O le sale al paso el arrendador. Romano pone en
duda su hidalguía para bloquear su salida, que él considera huida.
En su defensa acudieron en persona cuatro alcalaínos y otros dos
que lo hicieron desde Salamanca para declarar a su favor en la corte
de Valladolid. Fue un noble gesto el de los cuatro alcalaínos que
acudieron solidarios en su ayuda bajo el orgullo complutense, los
cuales testificaron que ellos bien le conocían y «que los Cervantes
nunca pecharon en Alcalá», lo que era prueba de hidalguía, y en su
favor había abundante jurisprudencia para su libertad. He aquí el
pedimento de puño y letra del encausado, el padre de Miguel:
Muy poderosos señores: Rodrigo de Cervantes, preso en la
cárcel pública desta villa a pedimyento de Gregorio Romano
e pero garcia, vezinos desta villa, por cierto enbargo que en
my hizo por quantia de quarenta e tantas myll maravedis que
yo les debo por una obligaçion, e yo no tengo en esta villa
ny casa, porque yo soy natural de Alcalá de Henares e yo
tengo en ella y en otras partes my hacienda para poder pagar
a las partes contrarias, porque la renta que tengo es para pan
cogido, y les he rogado que me esperen hasta que lo cobre, e
por me molestar no lo an querido hazer, e yo tengo alegado
ser hombre hijo dalgo e tengo dada ynformaçion dello. A
vuestra alteza pido e suplico me mande dar en fianças de la
haz por treynta dias, porque en este tiempo yo pueda cobrar
mi renta e pagar a las partes contrarias, en lo qual vuestra
alteza admynystrará justicia e a mi hará señalada merced, e
para ello el Real ofiçio de vuestra alteza ymploro(13).
Como la hidalguía le fue impugnada, pidió su abogado Pedrosa
le permitieran salir para cobrar probanza. Al final, el 5 de enero
de 1553 salió de Valladolid a Alcalá junto con su hermana, que
se quedó en Madrid, y el 12 concede poder a Alonso Rodríguez
para recabar probanza en Alcalá, el 18 hace lo mismo en Madrid,
compareciendo ante el corregidor Céspedes de Oviedo, y el 26,
dócilmente, reingresa por tercera vez en la cárcel de Valladolid.
Solidarias y solventes fueron las declaraciones en su favor de prestigiosos
miembros de la universidad y de la municipalidad alcalaína
y madrileña que resultaron inapelables y que hubieron de dar su
fruto en la corte judicial de la villa del Pisuerga, porque a principios
de febrero ya era definitivamente liberado.
_____________
(13) Rodríguez Marín, Nuevos Documentos… Doc. XXXIV, que recoge todos
los detalles del proceso de Valladolid, obtenidos por Narciso Alonso Cortés.
Hemos pasado por alto que cuando a Rodrigo se le concede
permiso de salida para reconquistar su hidalguía en su Alcalá, era
un día 5 de enero y Rodrigo pudo quizás saborear su mejor día de
Reyes al reconquistar también su hogar perdido y crecido, apurando
desde allí sus escasos veinte días que le dieron. Por fin, sacudido
el polvo de sus calzas, vuelve a los polvos de la libertad en la casa
de Alcalá.
Cuando decimos «la casa de Alcalá» nos referimos a la «casa
madre» y no a la casa natal ya vendida por tía María, su propietaria,
y la denominamos así porque era la casa de la hacendada familia de
Leonor, la madre de Miguel, hija única de doña Elvira, sin que la
historia haya identificado al padre, el abuelo materno de Cervantes.
Era, según Astrana, la casa representativa de los Cortinas de Arganda
en la sede del señorío o alfoz complutense. Y ¿dónde estaba
esa casa en Alcalá? Se carece de documentación, pero Anselmo
Reymundo Tornero, autor de Datos históricos de la ciudad de Alcalá de
Henares (1950), antes de que conociera los datos de las dos casas
cervantinas documentadas por Astrana Marín, ambas en la calle
Imagen, Reymundo presentaba tres casas de la familia Cervantes
basándose en la tradición(14).
Alcalá de Henares gozó en el siglo XIX y antes, de una nutrida
colección de periódicos y revistas donde el tema cervantino
era copioso. No sabemos cuáles serían las fuentes concretas de
Reymundo —aunque sabemos que hurgó en la biblioteca de los
PP. Filipenses—, pero sus casas cervantinas de la tradición fueron
estas tres: una, aledaña al Hospital de Antezana, donde vivía el
«zurujano» con su familia, que la tradición fijaba, no al costado
como Astrana, sino en la huerta trasera del Hospital que después
fue de los Capuchinos. Otra casa próxima cervantina que relaciona
__________________
(14) Aunque la obra de investigación cervantina de Astrana, Vida ejemplar
y heroica de MCS está fechada en 1948 y la de Reymundo Tornero en 1950,
este no conoce la de Astrana cuando escribe la suya, e incluso manifiesta allí
el esperanzado anuncio de su inminente publicación. Pero Astrana, que no
leyó a Reymundo, nunca fijó ni como probable el emplazamiento de la «casa
madre», aunque estaba seguro de su existencia en Alcalá.
es la de Mayor esquina a la de la Imagen, la que a través de Astrana
llamaremos de la «calzonera». En este caso ha habido plena coincidencia
en la identificación de la casa por Raimundo y Astrana, es
decir, por la vía de la tradición y la documental.
Nos falta una tercera casa que Astrana no encuentra, pero que
Reymundo nos ofrece en el primer lugar de la relación de sus tres
casas cervantinas de Alcalá: es la casa que había en la plaza de San
Justo, hoy Santos Niños, esquina a la de los Carros (hoy del cardenal
Cisneros. Ese emplazamiento de la casa carece de confirmación
documental, pero ahí es donde pudo estar, en efecto, la que
llamamos «casa madre», la casa de la «vecindad» documental de
Luisa cuando ingresa en el convento de la Concepción («vezina de
Alcalá», según el Libro de apuntamientos del convento), al igual que
Leonor madre y su hija Andrea en su visita al convento trinitario
de Madrid («vezinas de Alcalá, estantes en la corte»), para negociar
el rescate de Miguel en Argel, y al igual que el «vezino de Alcalá»
con que se nombra repetidamente a Miguel en la documentación
trinitaria de Argel (Libro de la Redempçió). De esa manera, el convento
de Luisa quedaba a dos pasos de su casa, en la plaza de la Victoria
y la del Herrezuelo, ejerciendo así el convento su captación
por proximidad. Hablamos del emplazamiento probable de aquella
casa en la esquina referida según la tradición.
Rodrigo esperó entre Alcalá y Arganda su renta de las tierras
paniegas de ambos lugares hasta finales del verano de aquel año de
1553. Como no juzgó oportuno reanudar su vida profesional en
ninguno de los citados lugares ni encontró oportunidad, el cirujano,
que se había visto alejado de su hermana María, miró entonces
a Córdoba, donde ya les estaban esperando la abuela Leonor junto
a Andrea en la casa familiar de la collación de San Nicolás de la
Ajerquía, cerca de la plaza del Potro.
«Sí, Leonor, sí, vamos todos, porque todavía conservo en carne
viva mi cárcel de vosotros», le dijo Rodrigo.
Contrató un carro en el que pudiera viajar la familia. Era el
viaje de la doblegación a Córdoba, a donde no quiso otrora seguir
a su padre envalentonado, y a donde ahora marcha el hijo con su
familia, vencido y castigado por la vida, quemadas sus naves. Allá
va el «zurujano» sordo para postrarse a ultranza ante su esquinado
padre, de quien necesita el calor, allá va Rodrigo, doblegado por
su larga familia, buscando también a su querido hermano Andrés,
de quien sabe que nunca le va a fallar. La aventura de aquel largo
viaje encandilaba los ánimos e imaginaciones de Miguel niño, que
acababa de cumplir los seis años en su Alcalá el día de san Miguel,
29 de septiembre de 1553, el doblete festivo del aniversario y de la
onomástica que llevará por vida.

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