jueves, 5 de marzo de 2026

CAPITULO 1. LA PROFUNDA HISTORIA DEL NACIMIENTO DE MIGUEL DE CERVANTES - CERVANTES VIVO

                         


1.

LA PROFUNDA HISTORIA

DEL NACIMIENTO DE MIGUEL

DE CERVANTES

Miguel de Cervantes es un río fabuloso cuyo manantial brota en

Alcalá de Henares para fortuna de ambos. Para fortuna de Alcalá

que alcanzó el honor de ser la cuna del «príncipe de los ingenios»,

y para fortuna de Cervantes que en Alcalá encontró la Universidad

del Renacimiento, sus imprentas y libreros, sus correctores oficiales

de erratas, sus amigos poetas y hasta sus mecenas. Y es que Cervantes

no se hace entendible si no es en su referencia inequívoca a

Alcalá, puesta en duda por un cervantismo bastardo.

En esta renovada biografía, el complutense Miguel de Cervantes

va a sumarse por fin al reconocimiento de la ilustre lista de

los alumnos que honraron las aulas de la ciudad universitaria de

Alcalá, modelo universal según el reconocimiento de la UNESCO,

creada por el cardenal Cisneros con bula papal de Alejandro VI en

1499. De entre la larga concurrencia de colegiales y maestros espigamos

ahora lo más granado de sus aulas: Íñigo de Loyola, Juan de

Ávila, Juan de la Cruz, Tomás de Villanueva, Francisco de Borja,

José de Calasanz, santos ellos; Mateo Alemán, Juan Rufo, Tirso de

Molina, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Quevedo, Antonio

de Solís, escritores célebres; Cipriano de la Huerga, Antonio de

Nebrija, Juan de Valdés, Fray Luis de León, Jerónimo de Zurita,

Ambrosio de Morales, Juan de Mariana, Arias Montano, el padre

Flórez, humanistas; Juan de Austria, Alejandro Farnesio, Antonio

Pérez, Mateo Vázquez, el cardenal Mazarino, Jovellanos, hombres

de Estado; Argumosa, Francisco Díaz, el Divino Vallés, Nicolás

Moncardes, Bustamante de la Cámara, Pedro Ciruelo, científicos;

Caramuel, Francisco Suárez, Ginés de Sepúlveda, Domingo Soto,

filósofos y teólogos. Y como nadie es profeta en su tierra, Miguel

se suma ahora, tan tarde, por probada investigación y comprobada

desidia, a la lista sonora de la Universidad de su patria chica, lo que

resulta, por otra parte, de lo más lógico y natural.

El nacimiento de Cervantes no pudo ser un cumplimiento puntual

y episódico. Uno cree que dicho evento va cuajándose paulatinamente

sobre los hervores de la historia. Al menos así lo queremos

ver y así lo planteamos. El Campo Laudable era un arrabal

de la ciudad romana de Compluto, donde fueron enterrados Justo

y Pastor, los santos mártires de la persecución de Daciano y Diocleciano

allá en los albores del siglo IV, en torno a cuya ermita

sepulcral, nace el Burgo de Santiuste, y más al levante, colgada del

cerro del Ecce Homo o de la Vera Cruz, apareció el tercer núcleo

urbano, el de la Alcalá mora, Al-Kala, la que entre los tomas y

dacas, entre moros y cristianos, rodaría al valle para ser Alcalá de

Santiuste. Un nombre y un pueblo transido sucesivamente en sus

dos costados por romanos y musulmanes, respectivamente.

En 1115 el rey Alfonso VI ya había reconquistado estas tierras

hasta llegar a la misma Toledo. Pero en 1118, el primer arzobispo

de la Toledo reconquistada, don Bernardo, benedictino de origen

francés, a falta del rey, hubo de volverse a Alcalá al frente de las

tropas reales para reducir el enclave árabe de la Alcalá la Vieja, la

alcazaba colgada en el cerro del Ecce Homo. Reinaba doña Urraca,

hija de Alfonso VI y madre del VII, y la monarquía católica

recompensó a la mitra toledana con el señorío de Alcalá con sus

veinticinco villas, donación que habrá de perdurar durante ocho

siglos. Del triunfo empinado de don Bernardo rodaron fecundos

beneficios sobre la entonces villa complutense. Porque, en más

o en menos, los arzobispos toledanos se hicieron complutenses.

Desde Ximénez de Rada a Sandoval, pasando por García Gudiel,

Tenorio, Contreras, Fonseca, Tavera, Carrillo, Cisneros… los celos

por la capital del señorío toledano se suceden y se expresan en sus

calles y templos, en su desaparecida muralla y en su espléndido

palacio arzobispal, la joya monumental elaborada por manos sucesivas

y seculares, que en el s. XIX es cedida al Estado, quien la

acondiciona para ser sede del Archivo General Central. El mismo

Archivo que en 1939 sería víctima de un pavoroso incendio de 10

días, donde ardería media historia de España y el palacio renacentista

de los arzobispos de Toledo, el primer monumento alcalaíno

de cuya pena no parece haberse todavía recuperado la ciudad del

Henares.

Pero nuestro propósito era el de quedarnos suspendidos sobre

el eslabón arzobispal del cardenal Cisneros, quien en 1508 ha

abierto las puertas de su Universidad y quiere que la niña de sus

ojos transite segura por la epidermis sosegada de Alcalá, donde

mozalbetes alcalaínos han entrado ya en aguerridos enfrentamientos

con los provocadores estudiantes. El cardenal Cisneros no solo

pretende una universidad modélica, quiere una completa ciudad

universitaria, la que pasado el tiempo le reconocerá la UNESCO.

Cisneros necesita una base urbana colaboradora, donde puedan

desplegarse los Colegios Menores, que llegarían a cuarenta, todos

ellos en torno al Colegio Mayor de San Ildefonso. Necesita esa clase

artesanal y menestral de mutuos beneficios, en la que servidores

y servidos se encuentren a gusto. Necesita de impresores y libreros,

de calceros y calzoneras, de tejedoras y manteros, de médicos y

barberos, de horneros y mesoneros, de carreros y palafreneros…

Y el arzobispo de Toledo y señor de Alcalá le dio a la villa su Fuero

Nuevo, y para el cumplimiento de sus ordenanzas nombró como

corregidor a Pedro de Cervantes, con lo cual llegamos al momento

buscado y deseado: el del arribo de los Cervantes al suelo de Alcalá.

Porque Pedro de Cervantes, a su vez, buscó como teniente de

corregidor a Juan de Cervantes, precisamente el que había de ser el

abuelo de nuestro Miguel de Cervantes.

¿Buscó Pedro a Juan por su aparente parentesco o por el conocimiento

que tenía de su preparación jurídica y condiciones personales?

¿O por ambas cuestiones? El joven licenciado cordobés

venía desempeñando en Córdoba con energía distintas funciones

como letrado de rentas municipales y como abogado del Real Fisco

de la Inquisición. Era Juan de Cervantes un hombre de carácter

y determinación, cuyos arranques habrán de granjearle más tarde

algunos serios contratiempos. Había obtenido su licenciatura de

Derecho en Salamanca, en donde le matriculó su padre Rodrigo,

un desahogado comerciante con ínfulas de hidalgo. Su hijo y abuelo

de Cervantes obtenía ahora un cargo de relevancia precisamente

en el año de marras de 1508 y era el primero de los cometidos

judiciales fuera de su Córdoba natal. Empezaba así su borrascoso

y picapleitero periplo por la geografía española.

Así las cosas, a principios de 1509, el licenciado Juan de Cervantes

habría de salir de viaje desde Córdoba a Alcalá en compañía

de su esposa Leonor Fernández de Torreblanca y de su

hijo Juan, de apenas cuatro años. Y en Alcalá nos le imaginamos

ejerciendo las funciones delegadas del corregidor, como por

ejemplo, la ronda nocturna en compañía de alguaciles y corchetes

por las puertas de Burgos, de Santiago, de Guadalaxara, de

Aguadores, de San Julián, del Vado o del Pósito, para confirmar

la seguridad de la noche. Le podemos ver recibiendo la denuncia

de un confitero de la calle Mayor por el robo de un cofín de

pasas o de empiñonados o de mantecadas. O le podemos ver en

la plaza del Mercado dando órdenes para separar de la drea a estudiantes

y a arrojados lugareños. Duró poco tiempo en Alcalá,

tan solo año y medio, pero en esa estancia ocurrió algo digno de

reseñar: en 1509 nació en Alcalá Rodrigo, el padre que lo será de

nuestro Miguel de Cervantes, a quien, sin estrujarse el magín, el

licenciado le arrima el nombre de su padre y de su hermano. Será

esa una pauta familiar.

Ya estamos más cerca del nacimiento que buscamos, ahora

que Juan de Cervantes y su engrosada familia se vuelven a Córdoba,

después a Toledo y Cuenca, donde sería también teniente

de corregidor y donde recibiría una sonada denuncia por cohecho.

Estuvo en Ocaña y después en Plasencia como corregidor. Fue

alcalde principal de Cabra, al servicio del duque de Sesa y conde de

Cabra, para terminar siendo gobernador de Osuna al servicio del

duque de Ureña. Y aunque su paso por Cuenca le granjearía veintiún

litigios, ninguno tan sonado como el habido en Guadalajara,

lugar que hemos querido saltarnos de su borrascoso catálogo de

destinos. Muchos de los silencios y composturas de los Cervantes

penderán de este turbio episodio, de este pleito que el temerario

abuelo entabló contra una de las familias más poderosas de España,

los Mendoza, herencia escabrosa.

En 1527 había sido nombrado Juan de Cervantes consejero

de don Diego Hurtado de Mendoza y Luna, tercer duque del Infantado

y cuarto marqués de Santillana, apodado el Grande, quien

militó en la guerra de Granada y tuvo en palacio al rey Francisco

I de Francia. Del duque dependía la justicia y administración de

Guadalajara y su tierra, juntamente con el nombramiento de sus

alcaldes y alguaciles, funciones que suscitaban siempre el recelo de

la realeza, con quien mantenía una estrecha relación.

Juan de Cervantes se puso ahora en viaje hacia Guadalajara desde

Córdoba con su acrecentada familia: su esposa Leonor y sus hijos

Juan, Rodrigo, María y Andrés. El licenciado don Juan poseía en

Córdoba un benefactor principal, de quien emanaban todos o casi

todos los cargos que le sobrevenían. Se trataba del patrón y administrador

perpetuo del convento de Jesús Crucificado, de donde fueron

monjas profesas una hermana y una hijastra del licenciado. El preboste

conventual está a su vez relacionado con Pedro Fernández de

Córdoba, su cuñado, de la casa nobiliaria de Priego, a cuyas casas de

Guadalajara ha ido a vivir el licenciado Juan con su familia, allí muy

cerca del espléndido palacio de los Mendoza, la sede de su nuevo

cargo al servicio de don Diego, el duque del Infantado.

Don Diego, amante de las artes y las letras, hombre emocional

y sensible, era biznieto del marqués de Santillana, el celebrado autor

de las Serranillas, como aquella tan famosa que así empezaba:

Moça tan fermosa

non vi en la Frontera

com’una vaquera

de la Finojosa.

De esa guisa, don Diego, en su loca juventud, tuvo relación con la

agraciada gitana María Vergara, a quien, para curarle su natural nomadismo,

le puso posada. Fruto de sus amores había venido al mundo

su hijo mayor, anterior a sus tres matrimonios. Era aquel vástago alto

y seco, de porte cañí y de nombre Martín de Mendoza, sobre el que el

duque derramó el jarro de sus predilecciones. Procuró para él la carrera

eclesial y hasta le propuso para arzobispo de Toledo, enviando un

emisario a Flandes ante Carlos V. Pero antes de sus vuelos largos, don

Martín pisó la calle vecina a palacio, la que mediaba entre su palacio y

la casa de don Juan, en cuya reja pelaba la pava el gitano eclesial con la

excusa de escuchar la vihuela que tañía María de Cervantes, por quien

acabó ardiendo en amores. Era María la atractiva doncella que será

tía de nuestro Miguel de Cervantes, y que será amante consentida de

don Martín. Porque el padre leguleyo anduvo detrás cargado de pluma

cumplimentada para así darle forma a tan noble concupiscencia. De

tal manera que don Martín en 1529 firma una obligación detallada

sobre la dote que otorga a doña María.

Al licenciado don Juan le pudo durar todavía más el cargo, si no

hubiera sido porque al suceder a don Diego su hijo Íñigo López

de Mendoza, cuarto duque del Infantado y hermanastro de don

Martín, en el justo momento que trataba de enmendar los derroches

sentimentales de su padre, el licenciado don Juan, de su parte,

le exigió a don Íñigo el cumplimiento de la obligación vencida que

amparaba a su abandonada hija doña María. Se iniciaba así el famoso

pleito de los seiscientos mil maravedís, que no tuvo acogida

en la justicia de Guadalajara, dependiente del duque, su deudor,

demostrando en uno de los interrogatorios de testigos (13-1-1532)

haber sido «pagada con creces» la suma pretendida. Don Íñigo

creyó que no había mejor defensa que un buen ataque y presentó

demanda a don Juan por supuestas irregularidades en la petición

de favores y nombramientos de alcaldes ordinarios, de cuya alzada

de varas había sido lugarteniente. Don Juan buscó justicia en

Valladolid, donde también se la buscaron a él, y a pesar de haber

sido allí encarcelado, nada le hizo doblegarse, porque, inasequible

al desaliento, siguió exigiendo la obligación pactada, litigio que al

fin ganó para su hija según sentencia de 27-1-1533(8).

En 1532, un año antes de la tormentosa sentencia, los Cervantes

habían ya abandonado la sede ducal que les había acogido

durante cinco años, y decidieron volver a Alcalá, aquella cercana

y lejana villa de los albores viajeros, sede de amigos entrañables,

aquella pujante ciudad universitaria llena de posibilidades, donde

Rodrigo ya cursaba Medicina y Andrés había de estudiar leyes.

Se recuerda a los Cervantes alcalaínos de aquella época que vivían

en la abundancia y ocupaban un rango social privilegiado en

la villa y entorno del señorío de Alcalá. El licenciado Juan vivió en

principio con los suyos en las casas que fueron de la universidad

y que tenían acceso por el conocido «corral de los Cervantes», situado

tras las casas 1, 3 y 5 de la calle Imagen. Estas casas pasaron

a ser propiedad de Mary Díaz, cuya hija, María de Córdoba, casó

con el hijo mayor del licenciado, también de nombre Juan, quien

moriría por sorpresa. El licenciado pidió a su pudiente consuegra,

llegado el momento, la «legítima paterna» sobre la casa de la «

calzonera», pasando prontamente a ser disfrute de su nieto y primo

de Miguel, Juan de Córdova, como así consta y fue conocido

(Apéndice, DC. III, partida bautismal).

El ritmo de vida de los Cervantes en aquellos años de arribada

en Alcalá fue magnífico. Aunque ello suponga adelantar aconte-

____________________________

(8) Alonso Cortés, Narciso, Casos Cervantinos, reproducido por K. Sliwa., Documentos

Cervantinos 22005. La obligación de los 600.000 maravedís, objeto de la demanda,

está concedida por don Martín de Mendoza, Arcediano de Talavera y de Guadalajara,

en favor de doña María de Cervantes, para ser cumplida en la navidad del año 1530.


cimientos, diremos que en las declaraciones de los testigos que

obran en favor de Rodrigo de Cervantes en el cercano pleito de

Valladolid, dan muestra del tren de vida de la familia durante estos

años (F. Rodríguez Marín, Nuevos documentos cervantinos). Así, Cristóbal

de Vega, catedrático de prima de Medicina en la Universidad de

Alcalá y médico de cámara del príncipe Carlos, dijo del licenciado

Cervantes y de sus hijos que, mientras vivieron en Alcalá:

...andaban muy bien ataviados e de ricos atavíos e con muy

buenos caballos e pajes e mozos y esclavos, e se trataban con

otros caballeros e hijosdalgos, teniendo gran fausto de casa...

Otro testigo en aquel juicio, Diego de Frías, vecino de Alcalá,

declara haber visto jugar cañas en esa villa a Rodrigo de Cervantes y:

...a otro su hermano, que es muerto, y jugar sortija con

caballos buenos e poderosos...

Hubo de ser en este tiempo de jovial efervescencia, entre los

años 1533 a 1538, donde Rodrigo de Cervantes conociera a Leonor

de Cortinas, quienes habían de ser los padres de nuestro Miguel.

Leonor era hija de familia hacendada que tenía casa en la

sede del señorío de Alcalá, proveniente de Arganda, una de las

aldeas integrantes del alfoz complutense. La significada argandeña

era hija única de doña Elvira y pudo acceder con toda naturalidad

a la élite social de Alcalá. Se dejó seducir por el entorno y por aquel

hombre, hidalgo de porte y cuño, ante quien, generosa y decidida,

no puso objeción a su sordera(9). Decisión que no debió agradar a

doña Elvira y familia, al caer su hija dentro de la órbita familiar de

aquel escandaloso y aireado pleito de Guadalajara, cuyo rechazo

mantuvieron los Cortinas de Arganda y de Barajas con sus ausencias

clamorosas en bodas y bautizos.

_________________

(9) Leonor de Cortinas sabía leer y escribir, lo que no era frecuente en aquella

época. Firma autógrafa en Apéndice DC II.


La prosperidad de los Cervantes sufrió un revés con la inesperada

muerte de Juan, el vínculo poderoso de la familia, habiendo

de ser la tía María la que alivió pasajeramente el infortunio de la

nutrida casa del hermano «zurujano». Y como quien tuvo retuvo,

ahí está para su fascinante recuerdo, una muestra del joyero que

recibió María de su amante Martín de Mendoza, el arcediano cañí

mencionado, de cuya procedencia guardaba, entre otros objetos,

un rosario o collar de ciento una perlas orientales y «la manga de

raso con sesenta e un ojales de oro, en cada uno tres perlas», las

joyas que por dos meses contractuales deja en prenda al prestamista

Diego de la Haya por cien mil maravedís el 13-5-1533 (Pérez

Pastor, Documentos cervantinos, I, Sliwa, DC pág. 170(10).

Al parecer, la primera niñez de nuestro Miguel, sin que de ello

tuviera conciencia, fue alegrada por su tía María, propietaria de

«unas casas principales» en Alcalá de Henares. Tan próspera circunstancia

resitúa y reúne a los Cervantes. El investigador cervantino

Astrana Marín, en busca de la casa natal de Cervantes, puso

sus ojos y certezas sobre la finca de la calle Imagen 2, la llamada

hoy Casa natal de Cervantes, pertinaz hormiguero y universal cita.

Dicho inmueble no hacía entonces esquina a la calle Mayor como

ahora, sino que hacía medianería con la preciosa casa soportalada

que ocupaba el actual jardín y la acera alzada de la calle Mayor,

construcción molesta para el giro de los carros, demolida hace

tiempo.

La identificación documental de la Casa natal de Cervantes por

parte del cervantista está basada en un documento de 1610, hallado

en el Archivo del Hospital de Antezana, institución secular y

colindante a la casa de marras. Se trata de las declaraciones allí vertidas

por los testigos Juan Méndez de Contreras, familiar del Santo

Oficio; Rodrigo del Castillo, don Alonso Ramírez de Arellano,

caballero de la orden de Alcántara; el conocido genealogista don

__________

(10) Luis Astrana Marín, Vida Ejemplar… Tomo I, cap. VI y VIII. Firmas al pie

en documento conjunto del licenciado Juan y de María de Cervantes en Apéndice,

DC. I.


Alonso López de Haro, el bachiller Francisco López de Camarma,

comisario de la Inquisición, y otros. Así constan en una probanza

testifical de nobleza, extendida en Alcalá y Guadalajara en 1610,

con el fin de obtener dos plazas de patronos en la Hermandad

de Nuestra Señora de Antezana a favor de don Lorenzo Hurtado

de Santarén y doña Isabel de Mendoza, hija de Martina y nieta de

María, la tía de Cervantes. Según refiere Astrana, dichos testigos

afirman que el licenciado Juan y su esposa, su hija María, supuesta

propietaria del inmueble, y Martina, junto a su hijo Rodrigo y familia

«vivían a espaldas del Hospital de Nuestra Señora de Antezana»,

deduciendo, a lo que parece, referirse a la casa contigua de la calle

de la Imagen 2. Dicho documento es completado con el aludido

poder notarial que desde Córdoba es enviado por el licenciado

Juan, abuelo de Cervantes, en 2 de enero de 1551 a favor de su

soltera hija María, para «aprobar» la venta de propiedades, la que

hubo de afectar a Rodrigo y familia, que si juntos fueron a vivir a

Valladolid es porque juntos vivían en Alcalá.

De esta manera, Astrana contradecía la que era tradición alcalaína

que ubicaba la casa natal «a espaldas del Hospital», pero en la

que era huerta del viejo hospital donde estaba la casa del «zurujano

». La «nueva» casa de Cervantes de 1956 levantaba por tanto la

placa natalicia apostada en las tapias de la citada huerta, después

de los Capuchinos, en la que sigue llamándose calle de Cervantes.

Hay también quien vincula la casa natal al cercano «corral de los

Cervantes».

Tres mujeres, pues, andaban en aquella casa en torno a Rodrigo,

«zurujano» y sordo. Tres mujeres apoyando su deficiencia: madre,

esposa y hermana. Por el contrario, el licenciado salió de naja de

Alcalá en 1538 en compañía de su hijo Andrés en dirección a Córdoba,

abandonando a su «voluntariosa y rostrituerta» esposa y a su

desventurada familia. En 1541 el duque de Sesa le nombró alcalde

mayor de sus estados de la villa de Baena, del condado de Cabra

y del vizcondado de Iznájar. Y en 1551 se le nombró letrado de la

ciudad de Córdoba.

Rodrigo y Leonor debieron contraer matrimonio a finales de

febrero de 1543, a cuya ceremonia no acudió el licenciado Juan,

pero asistió su hermano Andrés. Aquella ausencia le debió doler

tanto a su hijo que rompió la tradición familiar de dar el nombre de

Juan a su primer vástago, y su nombre sería Andrés, el de su querido

hermano, quien también será alcalde ordinario de Cabra. Pero

como su primer hijo muriera pronto, insistió en poner Andrea a su

hija mayor, a la que sucedió Luisa, la que sería Luisa de Belén en el

convento carmelita de Alcalá, y su nombre se debiera a que nació

el día de san Luis, rey de Francia. Igual práctica se repite después

con Miguel.

Hubo de nacer Miguel el 29 de septiembre de 1547, día de san

Miguel, y solo tan cabal circunstancia pudo liberarle del Rodrigo

que ya tocaba y que le tocaría al siguiente de los hermanos. Fue

bautizado el 9 de octubre, fecha que sí consta en su partida de

bautismo de la parroquia de Santa María la Mayor de Alcalá de

Henares, limpia e impoluta si así la quisieres, repicada desde hace

años en todos los libros del ancho cervantismo. Estas prácticas de

archivo fueron ordenadas precisamente por el cardenal Cisneros

en uno de sus Decretales de Toledo.

Aquella mañana de aquel nueve de octubre de 1547, marchaba

Rodrigo al lado de su amigo Juan Pardo, abriendo camino por los

soportales de la calle Mayor de Alcalá hacia la iglesia parroquial.

Juan es un tesoro, es todo lo que pudo reunir el «zurujano» para

este evento, el más triste de sus bautizos registrados. Van los dos

a la par y en silencio, porque leer labios en movimiento no resulta.

Llevaba Rodrigo tendido en su brazo izquierdo a su bebé, generoso

de blancores, reclinándolo en su regazo, mientras que con la

mano derecha controlaba la capa que lo cubría, y en tanto llevaba

prendido en sus labios el nombre de Miguel que iba a imponerle.

Mostraba Rodrigo ese punto de enarbolamiento que llevan

los sordos al ir encastillados en su mundo, pareciendo arrogancia

sin serlo. Han llegado a la plaza del Mercado, donde el canal de

la inmundicia parte la plaza en dos. Van a cruzar el canal por el

puente de arriba, cerca de la iglesia. Pasado el tiempo, esta plaza

del Mercado llevará el nombre de Miguel de Cervantes, que es ese

bebé que cubre bajo su capa, y su nombre se extenderá por tantas

y tantas calles y plazas del mundo. Puede parecer arrogancia cierta

la del sordo que ahora se esponja y estira altivo su cuello todavía

más, pero no puede serlo porque nada sabe, nada puede saber de

lo que está por venir. Su enarbolamiento podría deberse a un golpe

profundo de su hidalguía ahora que encara la puerta principal de

la iglesia parroquial.

En el atrio esperaron los dos, los tres, con el espacio achicado

por los pedigüeños. Allí acudió el bachiller Serrano tocado de alba

y estola, para introducir al neófito en el templo, en tanto el sacristán

Baltasar, revestido de sobrepelliz, iba aprovisionado de hisopo

y naveta de sal. Los dos parroquiales condujeron a los visitantes al

baptisterio, allí mismo bajo la torre.




Grabado del antiguo baptisterio de la parroquia de Santa María la Mayor
de Alcalá de Henares, antes de su traslado a la capilla del Oidor.

El propio bachiller Serrano levantó después acta de la ceremonia.
Este clérigo escribiente también se hará famoso, y su personal
grafía, llena de sincretismos escriturales arrancará sudores a los
cervantistas que han de venir. He aquí la trascripción registrada

por Astrana Marín:

«domingo nueve días del mes de otubre Año del

señor de mill/e qnis. e quarenta e siete años fue

baptizado miguel/hijo de Rodrigo de çervantes e

su muger doña leonor fue I ron sus conpadres Ju.

pardo baptizole El R.do señor br. e/seRano Cura

de nra. señora ts. Bal tasar vazqz sacrista I e yo q.

le baptize e firme de mj nobre 11 El bachillr. SeRano»

(Firmado y rubricado).

El Libro I de Bautismos de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares,

el único del archivo parroquial salvado de la quema del templo

en agosto de 1936, es un tesoro patrimonial, en el que, además

de la partida de Miguel (9-10-1547) incluye la de sus hermanos

Andrés (8-12-1542), Andrea (24-11-1545), Luisa (21-8-1546) y Rodrigo

(26-6-1550), además de la partida de su primo carnal Juan de

Cervantes (1-5-1542). Todas estas partidas bautismales se ofrecen

en el Apéndice (DC. III, IV, V, VI, VII y VIII). Magdalena y Juan, los

hermanos menores, no nacieron en la misma casa ni pertenecieron

a la misma parroquia, aunque podrían estar registrados en los libros

bautismales de la parroquia de San Pedro, tristemente calcinados

el 21 de julio de 1936. Siempre se creyó que los dos hermanos

pequeños nacieron fuera de Alcalá, por lo que no fueron buscados

allí con empeño.

Esta es la partida bautismal de Miguel de Cervantes, limpia y

completa, inscrita en el folio 192v del citado Libro I de Bautismos:



Esta partida, manuscrito autógrafo del firmante el bachiller Serrano,

cura de Santa María, ofrece hábitos escriturales personales

de difícil lectura, dentro de la anarquía escritural de la época, donde

abundan los sincretismos gráficos por economía de esfuerzo, de

tinta y papel. Por esta razón podemos analizar indistintamente las

dos principales palabras de esta partida bautismal:


miguel

Sincretismo en la última grama o estría de la m + i con vírgula
volada o tilda. En el último gesto escritural del grafismo hay un
sincretismo de triple valor: última grama de «u» con lazada ciega,
que al tiempo es «e» y es «l».



çervantes

La supuesta «C» mayúscula no es tal. Está ejecutada con posterioridad

y es retrogiro o arabesco que se antepone al grafismo
entero sin valor escritural.
La supuesta «a» que le sigue es sincretismo de c + e + rasgo de
cedilla adosado = çe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario