1.
LA PROFUNDA HISTORIA
DEL NACIMIENTO DE MIGUEL
DE CERVANTES
Miguel de Cervantes es un río fabuloso cuyo manantial brota en
Alcalá de Henares para fortuna de ambos. Para fortuna de Alcalá
que alcanzó el honor de ser la cuna del «príncipe de los ingenios»,
y para fortuna de Cervantes que en Alcalá encontró la Universidad
del Renacimiento, sus imprentas y libreros, sus correctores oficiales
de erratas, sus amigos poetas y hasta sus mecenas. Y es que Cervantes
no se hace entendible si no es en su referencia inequívoca a
Alcalá, puesta en duda por un cervantismo bastardo.
En esta renovada biografía, el complutense Miguel de Cervantes
va a sumarse por fin al reconocimiento de la ilustre lista de
los alumnos que honraron las aulas de la ciudad universitaria de
Alcalá, modelo universal según el reconocimiento de la UNESCO,
creada por el cardenal Cisneros con bula papal de Alejandro VI en
1499. De entre la larga concurrencia de colegiales y maestros espigamos
ahora lo más granado de sus aulas: Íñigo de Loyola, Juan de
Ávila, Juan de la Cruz, Tomás de Villanueva, Francisco de Borja,
José de Calasanz, santos ellos; Mateo Alemán, Juan Rufo, Tirso de
Molina, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Quevedo, Antonio
de Solís, escritores célebres; Cipriano de la Huerga, Antonio de
Nebrija, Juan de Valdés, Fray Luis de León, Jerónimo de Zurita,
Ambrosio de Morales, Juan de Mariana, Arias Montano, el padre
Flórez, humanistas; Juan de Austria, Alejandro Farnesio, Antonio
Pérez, Mateo Vázquez, el cardenal Mazarino, Jovellanos, hombres
de Estado; Argumosa, Francisco Díaz, el Divino Vallés, Nicolás
Moncardes, Bustamante de la Cámara, Pedro Ciruelo, científicos;
Caramuel, Francisco Suárez, Ginés de Sepúlveda, Domingo Soto,
filósofos y teólogos. Y como nadie es profeta en su tierra, Miguel
se suma ahora, tan tarde, por probada investigación y comprobada
desidia, a la lista sonora de la Universidad de su patria chica, lo que
resulta, por otra parte, de lo más lógico y natural.
El nacimiento de Cervantes no pudo ser un cumplimiento puntual
y episódico. Uno cree que dicho evento va cuajándose paulatinamente
sobre los hervores de la historia. Al menos así lo queremos
ver y así lo planteamos. El Campo Laudable era un arrabal
de la ciudad romana de Compluto, donde fueron enterrados Justo
y Pastor, los santos mártires de la persecución de Daciano y Diocleciano
allá en los albores del siglo IV, en torno a cuya ermita
sepulcral, nace el Burgo de Santiuste, y más al levante, colgada del
cerro del Ecce Homo o de la Vera Cruz, apareció el tercer núcleo
urbano, el de la Alcalá mora, Al-Kala, la que entre los tomas y
dacas, entre moros y cristianos, rodaría al valle para ser Alcalá de
Santiuste. Un nombre y un pueblo transido sucesivamente en sus
dos costados por romanos y musulmanes, respectivamente.
En 1115 el rey Alfonso VI ya había reconquistado estas tierras
hasta llegar a la misma Toledo. Pero en 1118, el primer arzobispo
de la Toledo reconquistada, don Bernardo, benedictino de origen
francés, a falta del rey, hubo de volverse a Alcalá al frente de las
tropas reales para reducir el enclave árabe de la Alcalá la Vieja, la
alcazaba colgada en el cerro del Ecce Homo. Reinaba doña Urraca,
hija de Alfonso VI y madre del VII, y la monarquía católica
recompensó a la mitra toledana con el señorío de Alcalá con sus
veinticinco villas, donación que habrá de perdurar durante ocho
siglos. Del triunfo empinado de don Bernardo rodaron fecundos
beneficios sobre la entonces villa complutense. Porque, en más
o en menos, los arzobispos toledanos se hicieron complutenses.
Desde Ximénez de Rada a Sandoval, pasando por García Gudiel,
Tenorio, Contreras, Fonseca, Tavera, Carrillo, Cisneros… los celos
por la capital del señorío toledano se suceden y se expresan en sus
calles y templos, en su desaparecida muralla y en su espléndido
palacio arzobispal, la joya monumental elaborada por manos sucesivas
y seculares, que en el s. XIX es cedida al Estado, quien la
acondiciona para ser sede del Archivo General Central. El mismo
Archivo que en 1939 sería víctima de un pavoroso incendio de 10
días, donde ardería media historia de España y el palacio renacentista
de los arzobispos de Toledo, el primer monumento alcalaíno
de cuya pena no parece haberse todavía recuperado la ciudad del
Henares.
Pero nuestro propósito era el de quedarnos suspendidos sobre
el eslabón arzobispal del cardenal Cisneros, quien en 1508 ha
abierto las puertas de su Universidad y quiere que la niña de sus
ojos transite segura por la epidermis sosegada de Alcalá, donde
mozalbetes alcalaínos han entrado ya en aguerridos enfrentamientos
con los provocadores estudiantes. El cardenal Cisneros no solo
pretende una universidad modélica, quiere una completa ciudad
universitaria, la que pasado el tiempo le reconocerá la UNESCO.
Cisneros necesita una base urbana colaboradora, donde puedan
desplegarse los Colegios Menores, que llegarían a cuarenta, todos
ellos en torno al Colegio Mayor de San Ildefonso. Necesita esa clase
artesanal y menestral de mutuos beneficios, en la que servidores
y servidos se encuentren a gusto. Necesita de impresores y libreros,
de calceros y calzoneras, de tejedoras y manteros, de médicos y
barberos, de horneros y mesoneros, de carreros y palafreneros…
Y el arzobispo de Toledo y señor de Alcalá le dio a la villa su Fuero
Nuevo, y para el cumplimiento de sus ordenanzas nombró como
corregidor a Pedro de Cervantes, con lo cual llegamos al momento
buscado y deseado: el del arribo de los Cervantes al suelo de Alcalá.
Porque Pedro de Cervantes, a su vez, buscó como teniente de
corregidor a Juan de Cervantes, precisamente el que había de ser el
abuelo de nuestro Miguel de Cervantes.
¿Buscó Pedro a Juan por su aparente parentesco o por el conocimiento
que tenía de su preparación jurídica y condiciones personales?
¿O por ambas cuestiones? El joven licenciado cordobés
venía desempeñando en Córdoba con energía distintas funciones
como letrado de rentas municipales y como abogado del Real Fisco
de la Inquisición. Era Juan de Cervantes un hombre de carácter
y determinación, cuyos arranques habrán de granjearle más tarde
algunos serios contratiempos. Había obtenido su licenciatura de
Derecho en Salamanca, en donde le matriculó su padre Rodrigo,
un desahogado comerciante con ínfulas de hidalgo. Su hijo y abuelo
de Cervantes obtenía ahora un cargo de relevancia precisamente
en el año de marras de 1508 y era el primero de los cometidos
judiciales fuera de su Córdoba natal. Empezaba así su borrascoso
y picapleitero periplo por la geografía española.
Así las cosas, a principios de 1509, el licenciado Juan de Cervantes
habría de salir de viaje desde Córdoba a Alcalá en compañía
de su esposa Leonor Fernández de Torreblanca y de su
hijo Juan, de apenas cuatro años. Y en Alcalá nos le imaginamos
ejerciendo las funciones delegadas del corregidor, como por
ejemplo, la ronda nocturna en compañía de alguaciles y corchetes
por las puertas de Burgos, de Santiago, de Guadalaxara, de
Aguadores, de San Julián, del Vado o del Pósito, para confirmar
la seguridad de la noche. Le podemos ver recibiendo la denuncia
de un confitero de la calle Mayor por el robo de un cofín de
pasas o de empiñonados o de mantecadas. O le podemos ver en
la plaza del Mercado dando órdenes para separar de la drea a estudiantes
y a arrojados lugareños. Duró poco tiempo en Alcalá,
tan solo año y medio, pero en esa estancia ocurrió algo digno de
reseñar: en 1509 nació en Alcalá Rodrigo, el padre que lo será de
nuestro Miguel de Cervantes, a quien, sin estrujarse el magín, el
licenciado le arrima el nombre de su padre y de su hermano. Será
esa una pauta familiar.
Ya estamos más cerca del nacimiento que buscamos, ahora
que Juan de Cervantes y su engrosada familia se vuelven a Córdoba,
después a Toledo y Cuenca, donde sería también teniente
de corregidor y donde recibiría una sonada denuncia por cohecho.
Estuvo en Ocaña y después en Plasencia como corregidor. Fue
alcalde principal de Cabra, al servicio del duque de Sesa y conde de
Cabra, para terminar siendo gobernador de Osuna al servicio del
duque de Ureña. Y aunque su paso por Cuenca le granjearía veintiún
litigios, ninguno tan sonado como el habido en Guadalajara,
lugar que hemos querido saltarnos de su borrascoso catálogo de
destinos. Muchos de los silencios y composturas de los Cervantes
penderán de este turbio episodio, de este pleito que el temerario
abuelo entabló contra una de las familias más poderosas de España,
los Mendoza, herencia escabrosa.
En 1527 había sido nombrado Juan de Cervantes consejero
de don Diego Hurtado de Mendoza y Luna, tercer duque del Infantado
y cuarto marqués de Santillana, apodado el Grande, quien
militó en la guerra de Granada y tuvo en palacio al rey Francisco
I de Francia. Del duque dependía la justicia y administración de
Guadalajara y su tierra, juntamente con el nombramiento de sus
alcaldes y alguaciles, funciones que suscitaban siempre el recelo de
la realeza, con quien mantenía una estrecha relación.
Juan de Cervantes se puso ahora en viaje hacia Guadalajara desde
Córdoba con su acrecentada familia: su esposa Leonor y sus hijos
Juan, Rodrigo, María y Andrés. El licenciado don Juan poseía en
Córdoba un benefactor principal, de quien emanaban todos o casi
todos los cargos que le sobrevenían. Se trataba del patrón y administrador
perpetuo del convento de Jesús Crucificado, de donde fueron
monjas profesas una hermana y una hijastra del licenciado. El preboste
conventual está a su vez relacionado con Pedro Fernández de
Córdoba, su cuñado, de la casa nobiliaria de Priego, a cuyas casas de
Guadalajara ha ido a vivir el licenciado Juan con su familia, allí muy
cerca del espléndido palacio de los Mendoza, la sede de su nuevo
cargo al servicio de don Diego, el duque del Infantado.
Don Diego, amante de las artes y las letras, hombre emocional
y sensible, era biznieto del marqués de Santillana, el celebrado autor
de las Serranillas, como aquella tan famosa que así empezaba:
Moça tan fermosa
non vi en la Frontera
com’una vaquera
de la Finojosa.
De esa guisa, don Diego, en su loca juventud, tuvo relación con la
agraciada gitana María Vergara, a quien, para curarle su natural nomadismo,
le puso posada. Fruto de sus amores había venido al mundo
su hijo mayor, anterior a sus tres matrimonios. Era aquel vástago alto
y seco, de porte cañí y de nombre Martín de Mendoza, sobre el que el
duque derramó el jarro de sus predilecciones. Procuró para él la carrera
eclesial y hasta le propuso para arzobispo de Toledo, enviando un
emisario a Flandes ante Carlos V. Pero antes de sus vuelos largos, don
Martín pisó la calle vecina a palacio, la que mediaba entre su palacio y
la casa de don Juan, en cuya reja pelaba la pava el gitano eclesial con la
excusa de escuchar la vihuela que tañía María de Cervantes, por quien
acabó ardiendo en amores. Era María la atractiva doncella que será
tía de nuestro Miguel de Cervantes, y que será amante consentida de
don Martín. Porque el padre leguleyo anduvo detrás cargado de pluma
cumplimentada para así darle forma a tan noble concupiscencia. De
tal manera que don Martín en 1529 firma una obligación detallada
sobre la dote que otorga a doña María.
Al licenciado don Juan le pudo durar todavía más el cargo, si no
hubiera sido porque al suceder a don Diego su hijo Íñigo López
de Mendoza, cuarto duque del Infantado y hermanastro de don
Martín, en el justo momento que trataba de enmendar los derroches
sentimentales de su padre, el licenciado don Juan, de su parte,
le exigió a don Íñigo el cumplimiento de la obligación vencida que
amparaba a su abandonada hija doña María. Se iniciaba así el famoso
pleito de los seiscientos mil maravedís, que no tuvo acogida
en la justicia de Guadalajara, dependiente del duque, su deudor,
demostrando en uno de los interrogatorios de testigos (13-1-1532)
haber sido «pagada con creces» la suma pretendida. Don Íñigo
creyó que no había mejor defensa que un buen ataque y presentó
demanda a don Juan por supuestas irregularidades en la petición
de favores y nombramientos de alcaldes ordinarios, de cuya alzada
de varas había sido lugarteniente. Don Juan buscó justicia en
Valladolid, donde también se la buscaron a él, y a pesar de haber
sido allí encarcelado, nada le hizo doblegarse, porque, inasequible
al desaliento, siguió exigiendo la obligación pactada, litigio que al
fin ganó para su hija según sentencia de 27-1-1533(8).
En 1532, un año antes de la tormentosa sentencia, los Cervantes
habían ya abandonado la sede ducal que les había acogido
durante cinco años, y decidieron volver a Alcalá, aquella cercana
y lejana villa de los albores viajeros, sede de amigos entrañables,
aquella pujante ciudad universitaria llena de posibilidades, donde
Rodrigo ya cursaba Medicina y Andrés había de estudiar leyes.
Se recuerda a los Cervantes alcalaínos de aquella época que vivían
en la abundancia y ocupaban un rango social privilegiado en
la villa y entorno del señorío de Alcalá. El licenciado Juan vivió en
principio con los suyos en las casas que fueron de la universidad
y que tenían acceso por el conocido «corral de los Cervantes», situado
tras las casas 1, 3 y 5 de la calle Imagen. Estas casas pasaron
a ser propiedad de Mary Díaz, cuya hija, María de Córdoba, casó
con el hijo mayor del licenciado, también de nombre Juan, quien
moriría por sorpresa. El licenciado pidió a su pudiente consuegra,
llegado el momento, la «legítima paterna» sobre la casa de la «
calzonera», pasando prontamente a ser disfrute de su nieto y primo
de Miguel, Juan de Córdova, como así consta y fue conocido
(Apéndice, DC. III, partida bautismal).
El ritmo de vida de los Cervantes en aquellos años de arribada
en Alcalá fue magnífico. Aunque ello suponga adelantar aconte-
____________________________
(8) Alonso Cortés, Narciso, Casos Cervantinos, reproducido por K. Sliwa., Documentos
Cervantinos 22005. La obligación de los 600.000 maravedís, objeto de la demanda,
está concedida por don Martín de Mendoza, Arcediano de Talavera y de Guadalajara,
en favor de doña María de Cervantes, para ser cumplida en la navidad del año 1530.
cimientos, diremos que en las declaraciones de los testigos que
obran en favor de Rodrigo de Cervantes en el cercano pleito de
Valladolid, dan muestra del tren de vida de la familia durante estos
años (F. Rodríguez Marín, Nuevos documentos cervantinos). Así, Cristóbal
de Vega, catedrático de prima de Medicina en la Universidad de
Alcalá y médico de cámara del príncipe Carlos, dijo del licenciado
Cervantes y de sus hijos que, mientras vivieron en Alcalá:
...andaban muy bien ataviados e de ricos atavíos e con muy
buenos caballos e pajes e mozos y esclavos, e se trataban con
otros caballeros e hijosdalgos, teniendo gran fausto de casa...
Otro testigo en aquel juicio, Diego de Frías, vecino de Alcalá,
declara haber visto jugar cañas en esa villa a Rodrigo de Cervantes y:
...a otro su hermano, que es muerto, y jugar sortija con
caballos buenos e poderosos...
Hubo de ser en este tiempo de jovial efervescencia, entre los
años 1533 a 1538, donde Rodrigo de Cervantes conociera a Leonor
de Cortinas, quienes habían de ser los padres de nuestro Miguel.
Leonor era hija de familia hacendada que tenía casa en la
sede del señorío de Alcalá, proveniente de Arganda, una de las
aldeas integrantes del alfoz complutense. La significada argandeña
era hija única de doña Elvira y pudo acceder con toda naturalidad
a la élite social de Alcalá. Se dejó seducir por el entorno y por aquel
hombre, hidalgo de porte y cuño, ante quien, generosa y decidida,
no puso objeción a su sordera(9). Decisión que no debió agradar a
doña Elvira y familia, al caer su hija dentro de la órbita familiar de
aquel escandaloso y aireado pleito de Guadalajara, cuyo rechazo
mantuvieron los Cortinas de Arganda y de Barajas con sus ausencias
clamorosas en bodas y bautizos.
_________________
(9) Leonor de Cortinas sabía leer y escribir, lo que no era frecuente en aquella
época. Firma autógrafa en Apéndice DC II.
La prosperidad de los Cervantes sufrió un revés con la inesperada
muerte de Juan, el vínculo poderoso de la familia, habiendo
de ser la tía María la que alivió pasajeramente el infortunio de la
nutrida casa del hermano «zurujano». Y como quien tuvo retuvo,
ahí está para su fascinante recuerdo, una muestra del joyero que
recibió María de su amante Martín de Mendoza, el arcediano cañí
mencionado, de cuya procedencia guardaba, entre otros objetos,
un rosario o collar de ciento una perlas orientales y «la manga de
raso con sesenta e un ojales de oro, en cada uno tres perlas», las
joyas que por dos meses contractuales deja en prenda al prestamista
Diego de la Haya por cien mil maravedís el 13-5-1533 (Pérez
Pastor, Documentos cervantinos, I, Sliwa, DC pág. 170(10).
Al parecer, la primera niñez de nuestro Miguel, sin que de ello
tuviera conciencia, fue alegrada por su tía María, propietaria de
«unas casas principales» en Alcalá de Henares. Tan próspera circunstancia
resitúa y reúne a los Cervantes. El investigador cervantino
Astrana Marín, en busca de la casa natal de Cervantes, puso
sus ojos y certezas sobre la finca de la calle Imagen 2, la llamada
hoy Casa natal de Cervantes, pertinaz hormiguero y universal cita.
Dicho inmueble no hacía entonces esquina a la calle Mayor como
ahora, sino que hacía medianería con la preciosa casa soportalada
que ocupaba el actual jardín y la acera alzada de la calle Mayor,
construcción molesta para el giro de los carros, demolida hace
tiempo.
La identificación documental de la Casa natal de Cervantes por
parte del cervantista está basada en un documento de 1610, hallado
en el Archivo del Hospital de Antezana, institución secular y
colindante a la casa de marras. Se trata de las declaraciones allí vertidas
por los testigos Juan Méndez de Contreras, familiar del Santo
Oficio; Rodrigo del Castillo, don Alonso Ramírez de Arellano,
caballero de la orden de Alcántara; el conocido genealogista don
__________
(10) Luis Astrana Marín, Vida Ejemplar… Tomo I, cap. VI y VIII. Firmas al pie
en documento conjunto del licenciado Juan y de María de Cervantes en Apéndice,
DC. I.
Alonso López de Haro, el bachiller Francisco López de Camarma,
comisario de la Inquisición, y otros. Así constan en una probanza
testifical de nobleza, extendida en Alcalá y Guadalajara en 1610,
con el fin de obtener dos plazas de patronos en la Hermandad
de Nuestra Señora de Antezana a favor de don Lorenzo Hurtado
de Santarén y doña Isabel de Mendoza, hija de Martina y nieta de
María, la tía de Cervantes. Según refiere Astrana, dichos testigos
afirman que el licenciado Juan y su esposa, su hija María, supuesta
propietaria del inmueble, y Martina, junto a su hijo Rodrigo y familia
«vivían a espaldas del Hospital de Nuestra Señora de Antezana»,
deduciendo, a lo que parece, referirse a la casa contigua de la calle
de la Imagen 2. Dicho documento es completado con el aludido
poder notarial que desde Córdoba es enviado por el licenciado
Juan, abuelo de Cervantes, en 2 de enero de 1551 a favor de su
soltera hija María, para «aprobar» la venta de propiedades, la que
hubo de afectar a Rodrigo y familia, que si juntos fueron a vivir a
Valladolid es porque juntos vivían en Alcalá.
De esta manera, Astrana contradecía la que era tradición alcalaína
que ubicaba la casa natal «a espaldas del Hospital», pero en la
que era huerta del viejo hospital donde estaba la casa del «zurujano
». La «nueva» casa de Cervantes de 1956 levantaba por tanto la
placa natalicia apostada en las tapias de la citada huerta, después
de los Capuchinos, en la que sigue llamándose calle de Cervantes.
Hay también quien vincula la casa natal al cercano «corral de los
Cervantes».
Tres mujeres, pues, andaban en aquella casa en torno a Rodrigo,
«zurujano» y sordo. Tres mujeres apoyando su deficiencia: madre,
esposa y hermana. Por el contrario, el licenciado salió de naja de
Alcalá en 1538 en compañía de su hijo Andrés en dirección a Córdoba,
abandonando a su «voluntariosa y rostrituerta» esposa y a su
desventurada familia. En 1541 el duque de Sesa le nombró alcalde
mayor de sus estados de la villa de Baena, del condado de Cabra
y del vizcondado de Iznájar. Y en 1551 se le nombró letrado de la
ciudad de Córdoba.
Rodrigo y Leonor debieron contraer matrimonio a finales de
febrero de 1543, a cuya ceremonia no acudió el licenciado Juan,
pero asistió su hermano Andrés. Aquella ausencia le debió doler
tanto a su hijo que rompió la tradición familiar de dar el nombre de
Juan a su primer vástago, y su nombre sería Andrés, el de su querido
hermano, quien también será alcalde ordinario de Cabra. Pero
como su primer hijo muriera pronto, insistió en poner Andrea a su
hija mayor, a la que sucedió Luisa, la que sería Luisa de Belén en el
convento carmelita de Alcalá, y su nombre se debiera a que nació
el día de san Luis, rey de Francia. Igual práctica se repite después
con Miguel.
Hubo de nacer Miguel el 29 de septiembre de 1547, día de san
Miguel, y solo tan cabal circunstancia pudo liberarle del Rodrigo
que ya tocaba y que le tocaría al siguiente de los hermanos. Fue
bautizado el 9 de octubre, fecha que sí consta en su partida de
bautismo de la parroquia de Santa María la Mayor de Alcalá de
Henares, limpia e impoluta si así la quisieres, repicada desde hace
años en todos los libros del ancho cervantismo. Estas prácticas de
archivo fueron ordenadas precisamente por el cardenal Cisneros
en uno de sus Decretales de Toledo.
Aquella mañana de aquel nueve de octubre de 1547, marchaba
Rodrigo al lado de su amigo Juan Pardo, abriendo camino por los
soportales de la calle Mayor de Alcalá hacia la iglesia parroquial.
Juan es un tesoro, es todo lo que pudo reunir el «zurujano» para
este evento, el más triste de sus bautizos registrados. Van los dos
a la par y en silencio, porque leer labios en movimiento no resulta.
Llevaba Rodrigo tendido en su brazo izquierdo a su bebé, generoso
de blancores, reclinándolo en su regazo, mientras que con la
mano derecha controlaba la capa que lo cubría, y en tanto llevaba
prendido en sus labios el nombre de Miguel que iba a imponerle.
Mostraba Rodrigo ese punto de enarbolamiento que llevan
los sordos al ir encastillados en su mundo, pareciendo arrogancia
sin serlo. Han llegado a la plaza del Mercado, donde el canal de
la inmundicia parte la plaza en dos. Van a cruzar el canal por el
puente de arriba, cerca de la iglesia. Pasado el tiempo, esta plaza
del Mercado llevará el nombre de Miguel de Cervantes, que es ese
bebé que cubre bajo su capa, y su nombre se extenderá por tantas
y tantas calles y plazas del mundo. Puede parecer arrogancia cierta
la del sordo que ahora se esponja y estira altivo su cuello todavía
más, pero no puede serlo porque nada sabe, nada puede saber de
lo que está por venir. Su enarbolamiento podría deberse a un golpe
profundo de su hidalguía ahora que encara la puerta principal de
la iglesia parroquial.
En el atrio esperaron los dos, los tres, con el espacio achicado
por los pedigüeños. Allí acudió el bachiller Serrano tocado de alba
y estola, para introducir al neófito en el templo, en tanto el sacristán
Baltasar, revestido de sobrepelliz, iba aprovisionado de hisopo
y naveta de sal. Los dos parroquiales condujeron a los visitantes al
baptisterio, allí mismo bajo la torre.
por Astrana Marín:
«domingo nueve días del mes de otubre Año del
señor de mill/e qnis. e quarenta e siete años fue
baptizado miguel/hijo de Rodrigo de çervantes e
su muger doña leonor fue I ron sus conpadres Ju.
pardo baptizole El R.do señor br. e/seRano Cura
de nra. señora ts. Bal tasar vazqz sacrista I e yo q.
le baptize e firme de mj nobre 11 El bachillr. SeRano»
(Firmado y rubricado).
El Libro I de Bautismos de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares,
el único del archivo parroquial salvado de la quema del templo
en agosto de 1936, es un tesoro patrimonial, en el que, además
de la partida de Miguel (9-10-1547) incluye la de sus hermanos
Andrés (8-12-1542), Andrea (24-11-1545), Luisa (21-8-1546) y Rodrigo
(26-6-1550), además de la partida de su primo carnal Juan de
Cervantes (1-5-1542). Todas estas partidas bautismales se ofrecen
en el Apéndice (DC. III, IV, V, VI, VII y VIII). Magdalena y Juan, los
hermanos menores, no nacieron en la misma casa ni pertenecieron
a la misma parroquia, aunque podrían estar registrados en los libros
bautismales de la parroquia de San Pedro, tristemente calcinados
el 21 de julio de 1936. Siempre se creyó que los dos hermanos
pequeños nacieron fuera de Alcalá, por lo que no fueron buscados
allí con empeño.
Esta es la partida bautismal de Miguel de Cervantes, limpia y
completa, inscrita en el folio 192v del citado Libro I de Bautismos:
Esta partida, manuscrito autógrafo del firmante el bachiller Serrano,
cura de Santa María, ofrece hábitos escriturales personales
de difícil lectura, dentro de la anarquía escritural de la época, donde
abundan los sincretismos gráficos por economía de esfuerzo, de
tinta y papel. Por esta razón podemos analizar indistintamente las
dos principales palabras de esta partida bautismal:

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