jueves, 5 de marzo de 2026

CAPITULO «SAAVEDRA», EL APELLIDO DURMIENTE - CERVANTES VIVO

                  


«SAAVEDRA»,

EL APELLIDO DURMIENTE

Nos referimos, claro está, a Miguel de Cervantes Saavedra. El

saavedrismo es un movimiento cervantista crítico que desprecia

todo documento nominal del Cervantes al que le falte el «Saavedra

». Si así ocurre, dicen, ese es «otro». Pero los movimientos extremistas

tienen corto recorrido. El saavedrismo es también un carajal

en el que se han perdido tanto los cervantistas académicos como

los levantiscos. A veces se confunde el linaje con el parentesco, el

topónimo con la patria. Y, de esta manera, ha habido cervantistas

que inútilmente se han perdido en las profundidades genealógicas

como se pierden los espeleólogos. Para mí que se han soltado carretadas

de tontorronadas sobre el apellido «Saavedra» del escritor

«regocijo de las musas».

Por cierto, a lo que parece, el linaje de Cervantes y de Saavedra

nacen juntos como juntos van. Según los genealogistas, en el

municipio de Cervantes (Lugo), en la torre de Ferreira tuvieron su

jurisdicción los Cervantes, y allí mismo, en la feligresía de Vilarello

de la Iglesia, es tradición que estaba de antiguo la familia Saavedra.

Se ha cargado de misterio el «Saavedra» de Miguel. Pero lo que

yo veo es que Cervantes Saavedra es un apellido compuesto, que

carece del nexo de nuestros días, el guión (-) o la «y» de uso más antiguo.

Así de sencillo. Es el apellido compuesto que hereda de sus

padres, a quienes se lo simplifica la costumbre de los escribanos de

la época, por creerlo segundo apellido, siempre innecesario, sien

do conocidos por la primera forma de «Cervantes». Sin embargo,

el escritor, por serlo, se opone a la simplificación tan abundante

en la documentación de padre y abuelo. El autor literario manda

ahora y exige que conste su apellido completo de «Cervantes

Saavedra» y lo rescata de las sombras. Como los antecedentes de

«Saavedra» fueron laminados por una clase escribana que buscaba

la austeridad expresiva y el sincretismo de vocablos y de letras. Es

entonces cuando la aparición abrupta del «Saavedra», formulada

por Miguel con toda naturalidad, provoca en el cervantismo las

más inverosímiles teorías sobre los baúles y cavernas de donde el

escritor hubiera adquirido la «nueva» prenda. Sin quererlo, pienso,

el escritor que es sembrador de misterios, reactiva uno de los que

sería de su gusto.

A su padre, Rodrigo de Cervantes, como a los demás, le fue

cercenado su «Saavedra» por creerlo segundo apellido innecesario

todavía para los actos administrativos, salvo en un documento que

él no encabeza y donde es citado por su hija Magdalena (Pérez

Pastor, DC nº 37, v.1). Un documento que resulta suficiente para

nosotros, donde figura el apellido «Saavedra», que es la segunda

forma del primer apellido. Pero es que su firma habitual, después

de la rúbrica, es rematada por un segundo nivel donde escribe una

clara «S» mayúscula con línea terminal proyectada en clara alusión

a su «Saavedra», que no olvida.



Firma de Rodrigo de Cervantes, padre del autor del Quijote.


Igualmente, el hermano de Rodrigo, Andrés de Cervantes, el

que fuera alcalde de Cabra y tío de Miguel, remata también la fir

ma posponiendo detrás del Cervantes la «S» inicial de Saavedra,

del que tampoco reniega. Es en los documentos registrales donde

roman las nominaciones largas, en contra de sus portadores, que,

como se ve, llevan el «Saavedra» en el filo de su pluma.



Firma de Andrés de Cervantes, tío de Miguel


En el referido contrato que nos ofrece Pérez Pastor (Documentos

Cervantinos, 37), donde comparecen ante el escribano Martín de

Urraca la hija natural de Miguel, Isabel de Saavedra, la que, fallecidos

sus padres legales, pasa al servicio de Magdalena, hermana de

Miguel, esta afirma allí ser «hija del licenciado Cervantes de Saavedra

» y Astrana la moteja de «fantasiosa». El cervantismo académico,

pletórico de generosidad, en vez de agradecer tal información a

Magdalena, le perdona su doble «fantasía»: la de llamar «licenciado»

a su padre, y la de llamarle «Saavedra». Pero nosotros rechazamos

aquí tan ilustre cortesía del cervantismo al uso, rebatimos su finura

magdaleniense por carecer de argumento.

Pensamos que en esta ocasión aparece «Saavedra», porque se

omite «Rodrigo». Y con respecto a la primera de las «fantasías», la

de su titulación médica, la historia demuestra la excelente relación

profesional del padre de Cervantes: en la partida de bautismo de

Rodrigo hijo y hermano de Miguel figura como padrino de pila el

«dotor» Gil Verte y como testigos Francisco Díaz y Pedro Vallejo,

todos ellos reconocidos galenos de la época. Y en el infortunio de

Valladolid le demostró su incondicional amistad el conocido profesor

de la universidad de Alcalá Cristóbal de Vega, comentarista

de Hipócrates. Por lo que no podemos ser crueles con Rodrigo pa

dre, añadiendo sin motivo alguno a su discapacidad física la académica.

Que su profesión de cirujano le «fuera mal» por su sordera,

no es razón de indocumentado. Pero en lo referente al apellido de

su padre, concederle la necedad que a Magdalena se le atribuye es

ya demasiado. La necedad no puede caer siempre del lado de los

ausentes. Su padre era Cervantes Saavedra como así lo fue su hijo.

Es todo muy sencillo.

La propia Isabel de Saavedra, quien, al lado de Magdalena durante

muchos años, va a conocer los entresijos familiares, cuando

redacta su testamento, lo encabeza como Isabel de Cervantes Saavedra(159)

(Pérez Pastor, DC, doc. 54). Y lo hace así porque necesita

dejar claros sus antecedentes, alcanzados en su madurez. Ella que

lo necesita ha aprendido bien su primer apellido completo para tan

comprometida ocasión. Retiren, por favor, señores cervantistas, su

subjetivo parecer contra la dama: que si se infla, que si sus fatuas

pretensiones…

Ha quedado constancia, no obstante, de la existencia del apellido

compuesto «Cervantes Saavedra» que abunda en aquella época.

De entre los Cervantes Saavedra de Granada que van a Córdoba

está un tal Gonzalo Cervantes Saavedra, de quien no hay constancia

de que fuera pariente del manco de Lepanto, ni tampoco lo aclara

cuando le cita en el Canto de Calíope de La primera parte de La Galatea

entre los ingenios cordobeses.

La hija natural del licenciado Juan, el abuelo de nuestro Miguel,

monja que profesó en el convento cordobés de Jesús Crucificado,

de donde fue priora, cuidó bien de hacer completa referencia a

sus ascendientes figurando como Catalina de Cervantes Saavedra,

según refiere Astrana de pasada sin caer en la cuenta. Y González

Aureoles, citado también por el mismo, nos da noticias de otras

______________________________

(159) Testamento de Doña Isabel de Cervantes y Saavedra. Madrid, 4 Junio

1631. «En el nombre de Dios nuestro señor, amen. Sepan quantos esta carta

de testamento última e postrimera voluntad vieren, como yo, doña Isavel de

Cerbantes e Sayavedra, muger de Luis de Molina, escribano de su magestad,

hixa de Miguel de Cerbantes y Ana de Roxas… (Pérez Pastor, DC, 54, v.1,

pag.199)


monjas sevillanas, posibles parientas de Cervantes, en el convento

de Santa Paula, del cual fue abadesa en 1590 doña Juana de Cervantes

Saavedra, hija de Diego de Cervantes y de doña Catalina Virués

de Cervantes, padres asimismo de una doña Beatriz de Saavedra.

Esta Beatriz de Saavedra, así como la también monja y hermana

de Cervantes, Luisa de Saavedra —también citada de esta manera—,

como la propia hija reconocida del «escritor alegre», Isabel de

Saavedra, ponen de manifiesto con su mismo apellido un ejercicio

legítimo: la elección de una parte de su primer apellido, que en caso

de matrimonio podría suplantarse. En aquella época también se

elegía como primer apellido el de la madre, que para Miguel era el

de «Cortinas», que nunca usó. Y nunca usó el escritor de segundo

apellido en contra de lo que parece.

No, no renunció el «manco sano» al segundo apellido legítimo

de la madre, Cortinas, por otro elegido por él entre sus ancestros

como han dicho los «imaginarios». No se llamó nunca Miguel de

Cervantes Cortinas, como han querido los «interesados» para que

el alcalaíno no sea Saavedra. Y menos fue que el precioso apellido

gallego «Saavedra» provenga para solo Miguel de un escafurcio

argelino que significa «tullido», lo que proponen en masa los

«creativos», señalando que empezó a usarlo el escritor después de

la cautividad de Argel. Y ante nuestra oposición, alegarán que el

autor del Quijote, sin embargo, ofrece precedentes de nombres arábigos

como el de Cide Hamete Benengeli, el ficticio historiador arábigo

del Alcaná de Toledo, su otro yo en que se espeja. Pero hay que

diferenciar los comportamientos ficticios de los reales. Aquí queda

claro el sello arábigo. Nunca lo asimilaría con un vocablo español

y menos para darse nombre. Nunca.

El apellido «Saavedra» en manos de imaginarios, de interesados

y de creativos. Pero, es que ¿de verdad se puede creer que Cervantes

diera por apellido a su hija Isabel el de un mote argelino?

¿De verdad? ¿Somos coherentes? He aquí una firma completa del

alcalaíno:



1568.Primera firma conocida de Cervantes en los versos

a la muerte de la reina Isabel de Valois


Esta firma en que consta «Saavedra» rompe las pretensiones de

los que dicen que solo usó tal apellido después de Argel. La recoge

Astrana Marín, extraída de la tradición cervantina. Los «creativos»

dirán que es falsa. Pero eso hay que demostrarlo.


1584. Firma de Cervantes en la escritura de la dote a su esposa


No hay dos Cervantes como quieren los «interesados»: el que

es Saavedra y el que no lo es. Este que aquí firma es el que casa

con Catalina de Salazar, que por su vinculación a Esquivias es el

autor del Quijote, y que es hijo de la argandeña doña Leonor de

Cortinas y del alcalaíno Rodrigo de Cervantes, quien, para que

la pescadilla se coma la cola, nombrará testamentaria junto a su

mujer, a su consuegra esquiviana Catalina de Palacios. Todo lo

cual garantiza el vuelo familiar. El alcalaíno Miguel, que no se nos

despinta, firmará unas veces con la primera forma y otras con

la doble forma apelativa que aquí aparece. Pero con «Saavedra»

o sin él, nunca dejará de ser el mismo. Las analogías grafólogicas

y los gestos-tipo lo avalan. Diremos que se trata de Miguel

Cervantes-Saavedra Cortinas, citado, si se nos permite, en una

pretendida reconstrucción de las formas actuales, que resultan

malsonantes en el presente contexto.

Y esta es nuestra observada conclusión: que «Saavedra» es el

doble apellido durmiente de los Cervantes, el mismo que el lúcido

escritor rescata de las sombras para lucirlo en la aureola de su

nombre, lo cual ejecuta con naturalidad, sin darle importancia y sin

otros retorcimientos que buscar.


CAPITULO 22. LOS AMIGOS DE ALCALÁ - CERVANTES VIVO

                           



22.

LOS AMIGOS DE ALCALÁ

El alcalaíno que quiere ser poeta desarrollará en su «aldea» en

este tiempo su apreciado culto de la amistad. Es preciso hablar

ahora de sus amigos alcalaínos de aquellos años. Cervantes, Figueroa

y Laínez (Lauso, Tirsi y Damón) constituirán en Alcalá un trío

literario que ocupará las riberas del Henares en la realidad y en La

Galatea. Su amistad, ahora reencontrada en la «dehesa concejil»,

proviene de los tiempos pretéritos, anteriores a Italia, Lepanto y

Argel. Eran los tiempos del brazo sano. Toca aquí hablar de ellos.

Pedro Laínez era hijo de un aposentador de Felipe II y llegó a

Alcalá, donde estudió cánones, como ayuda de cámara del príncipe

Carlos. Fue después a Génova al lado de los príncipes alemanes

Rodolfo y Ernesto, hijos de Maximiliano II, sobrinos del rey, y

se quedó después en el séquito de Juan de Austria, viéndose con

Miguel en Nápoles y en Lepanto. Como cortesano concedió privilegio

real a los libros de poetas colegas. Acabó en el servicio del archiduque

Ernesto. Como principal maestro de Miguel, su amistad

fue más allá de la poesía, llegando a erigirse en la oportunidad providencial

que Cervantes tuvo de conocer la Mancha, la alta Mancha.

Formaron también ellos un dúo de juventud que contó con

la colaboración de Juan de Cervantes (o de Córdoba), el generoso

primo y anfitrión de su casa que fue de la Calzonera.



Firma de Pedro Laynez

Que Laínez fue maestro de Cervantes como hemos dicho es

cuestión que confirma en La Galatea el propio Miguel cuando Lauso

recita un soneto suyo, y Damón le dice que siga leyendo otra cualquier

cosa, «pues sabía de cuánto gusto le eran a él oír sus versos».

Entonces responde Lauso (Cervantes):

Eso será, Damón, por haberme sido tú maestro en ellos, y

el deseo que tienes de ver lo que en mí aprovechaste, te hace

desear oirlos

A su otro maestro lo había conocido Miguel en Alcalá en 1567

y con él ahora podía explanarse abiertamente. Era su paisano Francisco

de Figueroa, quien después de muchos años ausente de España,

regresó a su villa natal. Había pasado muy joven a Italia, y,

alternando la espada con la pluma, adquirió pronto una reputación

sobresaliente de poeta, «en ambas lenguas, castellana y toscana»,

según testimonio del famoso humanista aragonés Juan de Verzosa,

quien le trató íntimamente en Siena, pasando también por Bolonia,

Nápoles y Roma, donde se ocupó de los negocios de Carlos V y

de Felipe II. Fue un hombre admirado por su ingenio, modestia,

distinción y cultura. En Italia amó a sus celebradas Fili y Dafne. Fue

tan reconocida su obra poética al llegar a España que, junto a Fernando

de Herrera y Francisco de Aldana, el poeta alcalaíno recibía

el apelativo de el Divino. En un rapto de falsa modestia, el Divino

Figueroa quemó su obra literaria(81).

____________

(81) ASTRANA, Vida ejemplar… tomo III, cap. XXXVI. El principio de las

tres composiciones que cita de él Cervantes en La Galatea son:



Firma de Francisco de Figueroa

Figueroa y Laínez fueron a su vez amigos, según nos dice Cervantes

a través de la pastora alcalaína Teolinda, quien les pondera

y en su homenaje señala los orígenes de ambos. Pero en el párrafo

que sigue hay un desdoblamiento literario en el que Cervantes

confiesa ser complutense y ser amigo íntimo de Laínez, conocido

ejercicio del autor traspasando mensajes cruzados en boca de sus

personajes. Dice Teolinda:

Si los oídos no me engañan, hermosas pastoras, yo creo

que tenéis hoy en vuestras riberas a los dos nombrados y

famosos pastores Tirsi y Damón, naturales de mi patria, a

lo menos Tirsi, que en la famosa Compluto, villa fundada

en las riberas de nuestro Henares, fue nacido, y Damón,

su íntimo y perfecto amigo, si no estoy mal informada, de

las montañas de León tiene su origen, y en la nombrada

Mantua Carpetanea (Madrid) fue criado...(82).

«Ay, de cuán ricas esperanzas vengo... »,

«La amarillez y la flaqueza mia...», y

«Sale el Aurora, y de su fértil manto... »,

que corresponden, respectivamente, a los sonetos XXXI y XXVII y Canción

IV, de la edición de las Obras de Francisco de Figueroa, no impresa hasta

1625 (en Lisboa, por Pedro Craesbeeck). Estas tres composiciones van consagradas

a Fili, su «dulce pastorcilla».

(82) Miguel de Cervantes, La Galatea, Segundo Libro. Alcalá, a las orillas del

Henares, queda subsumida bajo las denominaciones de «aldea» y de «Compluto

», su antiguo nombre romano, junto al que choca la titulación de «villa»

cuando en el tiempo romano fue «civitas». Pero en el tiempo de Cervantes

Alcalá era «villa» y lo será hasta 1687, en que Carlos II le otorgará el título de

«ciudad», mediante el pago en diez años de la «media annata», la producción


Laínez, el ayudante de cámara del príncipe Carlos, con quien

fue a Alcalá, conoció allí en 1567 al Divino Figueroa, y, gracias a

la mediación del «perfecto amigo», el complutense pasó a integrar

el grupo de los cien continuos, servidores de la casa del rey para

la atención y custodia de su persona. Por ello, Figueroa alternó su

residencia en la corte con su casa de Alcalá.

Pedro de Padilla, el brillante poeta de Linares que estudió Teología

en Alcalá, fue amigo de Cervantes, quien colaboró entre otros

de sus libros en el Romancero, 1583 (pero la aprobación por el rey

es de Lisboa en 22-9-1582). El poeta jienense que fue alabado por

Lope de Vega, fue en Granada bachiller en Artes. En 1585 ingresó

en el convento de Carmelitas calzados de Madrid, donde consumió

sus días dedicándose a la predicación.

Otros amigos de aquella época son los firmantes de los sonetos

que encabezan La Galatea, como era costumbre y privilegio

de su autor, concedidos por Cervantes al citado poeta alcarreño

Luis Gálvez de Montalvo, al aristócrata toledano Luis de Vargas

Manrique y a Gabriel López Maldonado, con quien también se

vio en Italia. Son ellos amigos poetas rescatados de los tiempos

pretéritos, con excepción del poeta toledano, cuyo conocimiento

corresponde a esta época. Lo contrario de lo que le ocurre ahora

con Mateo Vázquez, el Lariseo de las riberas del Henares que se

le fue a Lisboa emperingotado. No debía andar muy lejos Miguel,

como quieren otros biógrafos, cuando en este tiempo, además de

colaborar en el citado libro de Padilla, lo hace en el de Montalvo,

El pastor de Fílida, 1582, y en La Austriada de Rufo, cuyas aprobaciones,

practicadas por Laínez, son de junio de 1581 y marzo de

1582, respectivamente.

Pero su amigo íntimo de Alcalá fue fray Josef de Valdivielso,

amigo desde los tiempos estudiantiles alcalaínos, al igual que su

hermano Javier, los tres unidos en el mismo colegio. Y, pasado el

______________

de su vasto alfoz de 25 villas.


tiempo, será el maestro Josef de Valdivielso quien conceda la aprobación

laudatoria que consta en los preliminares de la Segunda Parte

del Quijote, como en las Ocho comedias y en el Persiles. Fue fraile profeso,

que integró en distintas ocasiones la comunidad del convento

de Trinitarios Descalzos de Alcalá de Henares, autor de poemas religiosos

y autos sacramentales. Protegido como Cervantes del cardenal

Sandoval y Rojas, de quien fue su capellán, por su mediación

fue cura de Santorcaz, villa próxima a Alcalá, y después capellán

de la capilla mozárabe de la catedral de Toledo, donde Cervantes

le visitó en sus días toledanos. Hubo un cuadro de fray Josef en el

claustro del mencionado convento de Alcalá, obra de Juan Vardenhannen,

víctima de la desamortización. Este pintor, importante en

la cultura oficial de su época, tuvo una representativa muestra de su

obra en los claustros del referido convento trinitario. Vardenhannen,

Valdivielso y Cervantes formaron un triángulo de amistad(83).

Veinte años después Miguel escribiría con más éxito el Quijote,

y en el donoso escrutinio del cura y el barbero sobre los libros de

don Quijote que se guardan o se queman (I, VI), vamos a ver cómo

trata a alguno de estos amigos. En el texto seleccionado, los dos

primeros libros son de Gálvez de Montalvo y de Padilla, por este

orden, a quienes, sin embargo, les priva de la inmortalidad de citar

su nombre:

—Este que viene es El pastor de Fílida.

—No es ese pastor —dijo el cura—, sino muy discreto

cortesano: guárdese como joya preciosa.

—Este grande que aquí viene se intitula —dijo el

barbero—, Tesoro de varias poesías.

—Como ellas no fueran tantas —dijo el cura—, fueran

más estimadas: menester es que este libro se escarde y limpie

de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene; guárdese,

_____________

(83) García Gutiérrez, F. J. artículo en el Semanario Puerta de Madrid, Alcalá de

Henares, mayo 2004.


porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más

heroicas y levantadas obras que ha escrito.

—Este es —siguió el barbero—, el Cancionero de López

Maldonado.

—También el autor de ese libro —replicó el cura—, es

grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran a quien

los oye, y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que

encanta. Algo largo es en las églogas, pero nunca lo bueno

fue mucho; guárdese con los escogidos. Pero ¿qué libro es

ese que está junto a él?

—La Galatea de Miguel de Cervantes —dijo el barbero.

—Muchos años ha que es grande amigo mío ese

Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en

versos. Su libro tiene algo de buena invención: propone algo,

y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte

que promete: quizá con la enmienda alcanzará del todo la

misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se

ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.

Le siguen en el escrutinio dos libros de otros dos amigos, el

cordobés Juan Rufo y el valenciano Cristóbal de Virués, a los que

nombra y salva del fuego. Es decir, que, del círculo de amigos,

solo, su propia obra La Galatea queda en suspenso, a la espera de la

segunda parte que nunca llegó y que anunció en repetidos momentos(84).

Parece que el tiempo pudo por fin vencerle y convencerle de

la cruda realidad de su primera novela, creyendo en principio que

había escrito una obra inmortal, y achacando su falta de popularidad

«al vulgo vano» y a las «envidias e ignorancias», según hizo

decir a Delio en su Viaje del Parnaso (Madrid, 1614), donde sigue

diciendo:

_________________________

(84) Cervantes pasó su vida prometiendo escribir la segunda parte de la obra:

lo hizo en la dedicatoria de las Ocho comedias y entremeses nuevos (Madrid, 1615),

en el prólogo de la segunda parte del Quijote (1615) y en la dedicatoria al

conde de Lemos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (Madrid, 1617).


Yo corté con mi ingenio aquel vestido

con que al mundo la hermosa Galatea

salió, para librarse del olvido.

Hay que reconocer que la trama de su opera prima es simple y no

tiene otra pretensión que la de justificar las cuantiosas digresiones

literarias que Cervantes había acumulado, creyendo que ahí residía

su mérito, en vez de fijarlo en la linealidad del relato. Nada que ver

con otras obras precedentes en España en este estilo virgiliano,

nada que ver con el éxito de la Diana de Montemayor (1559), cuya

difusión fue realmente extraordinaria, ni menos con el de la Diana

enamorada (1564) de Gaspar Gil Polo, que tuvo más de ocho ediciones.

Y, por si fuera poco, las ediciones de La Galatea de Lisboa

(1590) y de París (1611) estaban plagadas de omisiones y de erratas.

Pero debemos volver al tiempo real del que nos sacó la cita quijotesca.

Estamos todavía con Miguel en Alcalá de Henares, allí donde

la picaresca cunde por patios y calles según lo pinta Quevedo en El

Buscón y Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache. Aquella procacidad

picaresca de la estudiantina remonta su grado pintoresco y es ya

molestia alevosa, sobre todo cuando los alguaciles no la saben aplacar.

Los mozalbetes alcalaínos entran en constantes pedreas con los

estudiantes garrulos. La consulta del «zurujano» Rodrigo fue víctima

de la picaresca estudiantil a la que Miguel teme como a un nubarrón.

Miguel siente la necesidad de sacar de la pobreza endogámica a su

casa paterna. No acabamos de conocer su ocasional empleo. Está leyendo

teatro en la biblioteca del Colegio Mayor de San Ildefonso de

la universidad complutense. Está escribiendo teatro: las imágenes de

Argel y Lepanto le pesan y necesita descargarlas. Ha bajado a Madrid

y ha visto teatro en los tristes corrales del Madrid de aquel tiempo.

Le llevó su amigo Alonso Getino, el buen amigo de la familia, a los

corrales de la Pacheca y de Burguillos. Le ha confesado al amigo

que está escribiendo teatro como le recomendó, pero que solo dará

sus obras a los comediantes cuando haya teatro digno y patios decentes.

Nada que ver del teatro de Madrid con lo que vio en Roma

y Nápoles: el Ariosto, Maquiavelo, Bibbiena… De lo que aquí se

pone solo se salva Lope de Rueda. No le gusta Juan de la Cueva que

es el más celebrado después de aquel. Getino le ha dado una buena

noticia: arreglará de su cuenta el teatro de la Cruz. Se le han quejado

también los de la compañía de italianos: los corrales de Madrid son

incómodos cuchitriles.

Antes de echarse a la plaza pública, el poeta que lo quiere ser

necesita el estudio que le ofrece aquella universidad cuajada del

humanismo renacentista. Miguel lee ahora teatro y lee historia documentada

para encontrar argumento. Tiene ya escritas, tomadas

de su desgarrada experiencia, Los tratos de Argel y La naval batalla.

Ha pedido leer el Discurso de la lengua castellana de Ambrosio de Morales.

Ha sido catedrático de Retórica en esta universidad de Alcalá

hasta hace pocos años. Le conoció Miguel bien en sus años universitarios.

Echa de menos su radiante sabiduría. Además, había nacido

en Córdoba, donde sus abuelos. Era hijo de Antonio Morales,

también catedrático de Medicina de esta universidad. A Ambrosio

se le quiere aquí como al padre. Se implicó en el retorno de las

reliquias de Justo y Pastor desde Narbona, a donde habían huido

para salvarse de la invasión musulmana. Se implicó en la arqueología

de Compluto y en la canonización de San Diego de Alcalá.

Había ingresado en la orden de los jerónimos. Cervantes le guarda

veneración y lo lee ahora con avidez, y, siguiendo su sabio rastro

ha llegado al libro VIII de la continuación de Florián de Ocampo(85).

Allí, en la historia romana de su admirado Ambrosio de Morales,

ha encontrado Miguel el motivo para escribir su grandiosa Numancia.

Tiene después otro proyecto teatral: La gran turquesca. Cuando

vaya a Madrid a hacer teatro no quiere ir de vacío, quiere ir cargado.

No todo lo da el ingenio. El oficio de escribidor no cae del cielo,

sino que nace en el templo del saber y en la fragua de su ejercicio.

_________________

(85) Ambrosio de Morales fue un historiador muy relacionado con Felipe II que continuó

la obra histórica de Florián de Ocampo, catedrático que también fue de Alcalá

al servicio del emperador Carlos I. Los cinco libros primeros de la crónica general de

España que recopilaba el maestro Florián de Ocampo, cronista del rey nuestro señor,

por mandato de su majestad, en Zamora, Alcalá de Henares, Juan Íñiguez de Lequerica;

a expensas de Diego Martínez, 1578.


Getino le ha prometido dos compañías solventes: la de Alonso

de Cisneros y la de Jerónimo Velásquez. Es este último el actor de

moda de la época. No ha llegado todavía su hora, está cargando

las gavillas de su cosecha teatral, el nuevo género en que ahora se

ejercita. Ha estrenado ya en uno de los tantos patios porticados

de Alcalá, patios de jácara y gravedad del Buscón y del Guzmán de

Alfarache con el aplauso incondicional de sus allegados y la siempre

ruidosa e imprevisible estudiantina(86).

________________

(86) No pudo entrar el teatro de Cervantes de esta época en el Corral de Zapateros

de Alcalá de Henares, porque su fundación data de 1602, y aunque es uno de

los recintos teatrales más antiguos de Europa, Cervantes lo necesitó veinte años

antes. Acogió, sin embargo, a otros estudiantes de Alcalá como a Tirso de Molina,

a Calderón, Lope de Vega, Quevedo y con seguridad que se representaron obras de

Cervantes más tarde.

CAPITULO 7. CERVANTES EN LA GRAN UNIVERSIDAD DE SU PATRIA CHICA - CERVANTES VIVO

                     


7.

CERVANTES EN LA GRAN

UNIVERSIDAD DE SU PATRIA

CHICA

Miguel avista en lontananza la llamarada de sus dieciocho años

que va a cumplir el próximo 29 de septiembre, y al alcalaíno le

hierve la sangre ante el faro de su deseada universidad, husmeada

con deleite en su villa natal. Pero su padre quiere retenerlo un año

más en Sevilla. Rodrigo aporta toda su persuasión para convencer

al hijo. Debe consolidar su preparación de cara a la universidad y

tiene que ser consciente del retraso escolar que sufre como consecuencia

de esa inseguridad en la dicción, ese balbuceo que le ha

afectado a su estima y a su relación, pero que va superando. Necesita

afianzarse y confiarse en esa debilidad. Por otra parte, Rodrigo

padre debe cumplir el compromiso fijado con su hermano de

permanecer en Sevilla hasta que cumpla dieciocho años su sobrino

Juan, cuya fecha cae en marzo del siguiente año de 1566. Lo cual

quiere decir que llegaría la tutela hasta finales del curso, y Miguel

debería cumplir también dicho período conjuntamente como así

viene siendo.

Por fin, el 23 de octubre de 1566, Micalis Ceruantes quedaba matriculado

en la universidad de Alcalá entre Gregorio de Esteuan

de Camarma y de Gabriel Ximénez de Pinto. Llama la atención

que queda en blanco el lugar de procedencia, casilla a la izquierda

del nombre. La razón es sencilla: era Miguel vecino de Alcalá en el

momento de la inscripción.



Investigación del archivero Alfonso Dávila Oliveda en el Archivo Histórico

Nacional(21)

______________________

(21) ALFONSO DÁVILA OLIVEDA, Miguel de Cervantes Saavedra, estudiante de

la Universidad de Alcalá de Henares, Documentos encontrados 2021, Alcalá hoy,

diario digital (Archivo Universitario de Alcalá en el Archivo Histórico Nacional.)

Matrículas de 1564 a 1568. Don Alfonso Dávila fue director del Archivo General

de la Administración en Alcalá de Henares (AGA), y como archivero, resultan

interesantes los datos aportados aquí con respecto a la peripecia histórica del

traslado de la Universidad de Alcalá a Madrid en 1836:

«El traslado de su sede a Madrid solo respetó la biblioteca del Colegio de San

Ildefonso, que, enriquecida con los fondos de los jesuitas, se instaló en el Colegio

Imperial de Madrid, donde fue erigida la nueva Universidad Complutense (con

el nombre de Universidad Central), pero no mostró ningún interés en trasladar a

Madrid sus archivos universitarios, que salieron a la venta a peso en papel, como

bienes desamortizados. Solo cuando un trapero pujó por ellos, estalló la indignación

en la ciudad de Alcalá de Henares, que constituyó la Sociedad de Condueños

de la Universidad y consiguieron rescatar de la venta la parte de los archivos

que aún no se habían destruido, así como hacerse con aquellos edificios que no

fueron remodelados en cuarteles del ejército para hacer de Alcalá de Henares

el modelo de ciudad militar a semejanza de las ciudades que estaba creando en

centroeuropa el imperio austroalemán.

»La Sociedad de Condueños decidió transferir los archivos de la Universidad de

Alcalá al Archivo Histórico Nacional, para que el cuerpo facultativo de archiveros,

bibliotecarios y arqueólogos, pudiesen organizar sus fondos y preservar y

restaurar los documentos deteriorados por las inclemencias del tiempo o a causa

de los almacenamientos como material de desecho durante las guerras napoleónicas

y su posterior proceso desamortizador.

»Hoy este archivo universitario contiene la documentación de la Universidad,

desde el año de su fundación, en 1498, hasta el de su traslado a Madrid en el

año 1838, aunque sus documentos recogen la información desde la creación del

Estudio General de Alcalá de Henares por el arzobispo Gudiel en 1293 hasta la

fecha de venta de los edificios y archivos, en 1845, a la Sociedad de Condueños,

conservados hoy en 1238 libros de registro, 683 legajos y 38 carpetas».


Es la inscripción de Micalis Ceruantes en el colegio San Isidoro

de la Universidad de Alcalá para el curso 1566-67, donde figura

con la denominación académica en latín, constatando en el apellido

la transición de la letra “u” a “v”, todavía no decantada en la

época —Ceruantes— no figurando todavía el postizo nexo «de». Es

la escritura prístina de Miguel de Cervantes.

Juan López de Hoyos, el maestro de Cervantes en el Estudio de

Madrid, según siempre se ha predicado hasta la saciedad, es identificado

por Alfonso Dávila en las inscripciones de 1564 a 1568

como alumno y profesor de la universidad de Alcalá, figurando

como Juan López de Alcalá, Juan López de Madrid y Juan López

Complutensis, según sea su lugar de actuación, por lo que ahora

toma cuerpo la conjetura desechada de que Cervantes y López de

Hoyos se conocieran antes en Alcalá como alumno y profesor,

respectivamente(22).

No hicieron caso los cervantistas a Juan Antonio Pellicer (1738-

1806), archivero de la Biblioteca Real de Madrid y miembro de

la Real Academia, quien en su Vida de Miguel de Cervantes 1800,

decía en las páginas 5 y 6:

Dedicáronle sus padres desde luego a los estudios, y

aprendió Gramática y Letras Humanas con el maestro Juan

López de Hoyos (digno sucesor en la cátedra de Latinidad de

Madrid de los célebres filólogos el maestro Cedillo, y Alexo

deVenegas); pues en la Relación de la muerte y exequias de la

reyna Doña Isabel de Valois le llama expresamente su caro y

amado discípulo con ocasión de insertar unas redondillas y

una elegía, que Cervantes compuso dedicada al cardenal don

Diego de Espinosa. Hasta ahora se ha creído que había sido

su discípulo en Madrid, porque Hoyos era, como se ha dicho,

catedrático del Estudio píblico; pero no falta fundamento

______________________

(22) Alfonso Dávila Oliveda, (Archivo Histórico Nacional), Miguel de Cervantes.

Apuntes para una biografía. IV volúmenes. Editorial Círculo Rojo. 2014 y ss.


para dudarlo. Entre los papeles que tratan de él, y existen

en su archivo, se halla la noticia siguiente: en 29 de enero

del año de 1568, por la tarde se hizo en el Ayuntamiento

desta villa de Madrid la oposición a la cátedra de Gramática

y Letras Humanas del Estudio píublico de la villa, y salió

electo por voto de todos el mtro. Juan López de Hoyos.

Adviértese también que sucedió al licenciado Ramiro, que

enseñó hasta 14 de octubre de 1566, en que se despidió; y

que sirvió la cátedra interinamente el licenciado Francisco

del Vayo hasta que la obtuvo el mencionado Hoyos. Las

exequias se celebraron en octubre del referido año de 1568,

conque ocho o nueve meses no parece tiempo suficiente

para que Cervantes estudiase Gramática y Letras Humanas,

y se mostrase tan aprovechado en la poesía; antes debería

creerse que las estudió en la universidad de Alcalá, donde

acaso estaría enseñándolas el maestro Hoyos, que vendría

a la oposición de la cátedra de Madrid, traído del amor a

su patria; y hallándose en él su discípulo con motivo de las

funciones reales, o con otro, escribió los referidos versos en

nombre de todo el Estudio.

Hay que entender que quien esto escribe, Pellicer, estudió en

Alcalá Leyes y Cánones, fue eventualmente archivero del Colegio

de San Ildefonso y dijo que recordaba haber tenido en las manos el

expediente académico de Cervantes. De ahí que le resulte normal

decir que López de Hoyos sería maestro de Cervantes en Alcalá.

Algo parecido escribió el célebre cervantista Martín Fernández de

Navarrete, quien al plantear tan solo la sospecha fundada de que

Cervantes estudiara en Alcalá, fue tachado de sufrir demencia senil,

quedando desprestigiada su biografía ante el acoso del cervantismo

oficial.

Pero ahora que tenemos la constancia de que nuestro Miguel

estudió en la Universidad de Alcalá y que su segundo curso lo

acabaría a finales de junio (empezaban y terminaban entonces los

cursos más tarde, de San Lucas a San Pedro), tenemos entonces

que «los ocho o nueve meses» de Miguel en el Estudio de Madrid,

insuficientes para Pellicer, quedarían ahora acortados en dos a lo

sumo, ya que en diciembre del 68 se registra la «huida» de Miguel.

Algunas pinceladas podemos aquí apuntar sobre el rechazo histórico

a la posibilidad de que Cervantes estudiara en la universidad

de su entonces villa, lo cual es un dato de lo más corriente y natural.

Pero, formulado ello como simple conjetura, levantó ampollas,

y más si lo comparamos con las beatíficas sonrisas que suscitaba

su presencia en Salamanca, tan urdida y buscada. Los mismos

pseudoeruditos que le negaban su vinculación a la universidad de

Alcalá, eran los que le religaban a Salamanca sin documento alguno.

Se le creyó a Cervantes en Salamanca porque en el siglo XIX

se atribuyó al alcalaíno ser autor de La tía fingida, una breve novela

que se desenvuelve en Salamanca y que fue incluida entre las Novelas

ejemplares de Cervantes por haber sido encontrada en 1787 junto

a dos de ellas. Rechazaron, sin embargo, dicha autoría eruditos

como Andrés Bello, Menéndez y Pelayo, Avalle-Arce, y más tarde

Criado de Val, quien ofreció un estudio lingüístico comparativo.

Tal equívoco suscitó en la clase salmantina la variopinta casuística

de quien creía haber visto, oído o leído. Del florilegio de las beatíficas

sonrisas de recepción salmantina elegimos la de Blanca de

los Ríos, quien en 1897 publicaba en La España moderna el trabajo

titulado: ¿Estudió Cervantes en Salamanca? Unos interrogantes cargados

de firmes aspiraciones.

Refiere la crónica local el estado lamentable en el que quedaron

los archivos de la universidad de Alcalá tras la invasión napoleónica.

Y es en este tiempo cuando Francisco F. de Navarrete nos

cuenta que, al no haber sido encontrada allí la presencia de Miguel,

declinó su adhesión a la conjetura de Pellicer por causa de la carta

que desde Alcalá de Henares le envíó Manuel de Lardizábal en

10 de marzo de 1806. Dicho personaje, al no haber hallado allí el

rastro de Miguel en tan caótico archivo, pidió al secretario de la

Universidad de Alcalá, le extendiera certificación de la ausencia

de Cervantes como alumno y de López de Hoyos como profesor

en los archivos de aquella desbaratada casa. Y el secretario de tan

decadente institución se la extendió. El personaje que obtuvo la

citada certificación había visitado Alcalá con un «a priori» mental

preestablecido: acallar de una vez la creciente hipótesis de que Cervantes

hubiera estudiado en Alcalá. Se trataba del mexicano Manuel

de Lardizábal, que había estudiado Filosofía y Jurisprudencia

en el colegio de San Ildefonso de Puebla de los Ángeles, que fue

bachiller de leyes en Burgo de Osma y licenciado en Cánones en

Valladolid, alcanzando un sillón en la Real Academia.

Pero volvamos al tiempo real que nos ocupa. Miguel se independiza

de la familia, ahora en Madrid. Sus estudios así lo requieren. Él es

alumno interno en el Colegio de San Isidoro de la ciudad universitaria

de Alcalá, hoy recinto histórico patrimonio de la UNESCO. El colegio

de San Isidoro fue el sexto de los siete primeros colegios menores

fundados por el cardenal Cisneros un memorable día 23 de marzo de

1513 (llegarían a 40), y estaba destinado a albergar a 36 estudiantes pobres,

de los que 30 estudiarían latín y 6 griego, como enseñanza básica.

El Colegio de San Isidoro, vulgarmente «de Gramáticos», ocupaba el

número 10 de la calle Gramáticos, que después se llamó del Horno

Quemado, y hoy es la de Antonio de Nebrija. Estaba al lado del Colegio

de San Eugenio, con el que hacía esquina y con el que se fundió

casi un siglo después, en 1649, en la reforma de Felipe IV, viniendo a

llamarse de San Ambrosio. Los colegiales de San Isidoro usaban capa

y beca de color azul celeste, después morado.

Se ha muerto la abuela Elvira, la abuela materna de Miguel que

tenía hacienda en Arganda, la aldea que, a cuatro leguas de Alcalá,

pertenecía al señorío toledano de la villa complutense. Se ha

muerto la abuela Elvira y se han muerto los racimos prietos de la

necesidad. Se ha muerto la abuela Elvira y se ha muerto la viña del

camino de Morata, secarral y cuesta, vendimia y capricho de unos

dedos insistentes. Se va la uva turgente que les amparó a la vera del

camino, la uva rebelde que se resistía a caer en la copa del pecado

de la «cervanta» ennoblecida.

Era Elvira de Cortinas la mujer testigo que encarnaba ambos

miembros maritales, supliendo en la hacienda al abuelo lejano que

murió. Había sido Elvira un vigoroso miembro de los Cortinas

que ocuparon Barajas y ocuparon puestos de honor en la villa de

Madrid. Y es precisamente en Madrid donde ahora se encuentra

la familia Cervantes, y más concretamente es el 2 de diciembre de

1566. Porque en esta fecha doña Leonor de Cortinas comparece

ante el escribano Diego de Henao y da poder completo a su esposo,

que se halla presente:

para que por mí y en mi nombre y representando mi

mesma persona e vuestra, podais pedir e demandar, recebir,

haber e cobrar todos e qualesquier maravedis e otras cosas

que a mí me sean debidas e de derecho pertenezcan, ansi por

herencia de mis señores padre e madre como de abuelos...

ante qualesquier justicias que necesario sea, e pedir den

quenta de qualesquier bienes que hayan quedado de Elvira

de Cortinas, mi señora y madre, que esté en gloria... a los

testamentarios e albaceas de la dicha mi madre, y, dada,

pedir que se os entreguen...

(…) para que en el dicho mi nombre podais vender, trocar,

cambiar, enajenar, qualesquier casas, viñas, tierras, censos,

bienes muebles, que en el dicho mi nombre cobráredes... e

ansimismo para que podais arrendar qualesquier bienes que

a mí me pertenezcan...

Figuran allí dos testigos, uno es el joven Rodrigo de Cervantes,

hermano de Miguel, y el otro, Pedro Xuárez, el vecino de Sevilla,

asistente del «zurujano», quien ya figuró en la escritura de obligación

de Córdoba (10-4-1566), quien ha cumplido viaje a Madrid

junto al «zurujano».

El documento anterior y las circunstancias que lo rodean son

elocuentes. ¿Por qué el hermano mayor no está presente en ese

acto? Su hermano Rodrigo ha sustituido a su hermano Miguel en

el despacho del escribano porque Miguel no está en Madrid. Miguel,

el hijo que quiere ser poeta, como corroboramos, está estudiando

en la Universidad de Alcalá, la universidad de su pueblo, la

universidad de moda en aquel momento en España.

De la defunción de su abuela habría de enterarse tarde Miguel,

como era conformidad doliente de la época. La tristeza le invadió

el alma y sintió necesidad de compartir su pena con su hermana

Luisa. Eran los dos únicos miembros de la familia que estaban en

Alcalá en aquel momento. Necesitaba ir solo desde la calle de Gramáticos

donde residía hasta la plaza de la Victoria, donde estaba

el convento de la Concepción. Se lo contó a la madre tornera al

tiempo que solicitaba ver a su hermana. La monja se ausentó tras

el torno. La monja tardaba en volver y Miguel se impacientaba.

Aquellas burdas maderas del torno le parecieron la severa tapadera

del brocal de la sima de Cabra, donde había caído su hermana.

La monja volvió sin síes ni noes, diciendo que ya había llevado el

recado y que ofrecerían misas por su eterno descanso. En efecto,

aquel torno tampoco daba respuesta, al igual que la sima de Cabra

solo devolvía el silencio de las piedras que lanzabas.

Aquel verano de 1567 Miguel tomó amplia posesión de aquel

Madrid alegre donde ahora vivían sus padres y hermanos. Iba a

ser un verano largo que llegaría hasta el día de San Lucas, en que

retornaría a Alcalá.

En 24 de octubre de 1567 se inscriben, según consta en el Libro

de matrícula del Archivo Universitario de Alcalá (Colegio de San

Isidoro):

—Baltasar Núñez, oficial del Colegio,

—Bernardino del Castillo,

—Bernardo de Carasa, mayordomo,

—Juan de Arçe

—Miguel de Cervantes, síndico,

—Pedro Cisneros

—Miguel Sala, bedel

—Pedro Sanchez de Castro, bedel

Y el 31 de enero de 1568 se matricularon:

—el licenciado Juan López, çurujano del colegio

—Javier de Valdivielso

Figura, como vemos, junto a los nombres de los alumnos inscritos,

la función laboral asignada, que tendría su lógica repercusión

ya en retribución o en gratuidad. Desconocemos cuál sería la

función de un síndico, el cargo de nuestro Miguel, pero podríamos

suponer que no estaría muy alejado de lo que hoy es un delegado

de curso. Ello requeriría siempre un alto nivel de relación entre la

autoridad académica y el alumnado.

En esta ocasión, según nos hace constar nuestro lúcido investigador

Alfonso Dávila, el nombre de Miguel de Cervantes está

escrito con los idénticos hábitos escriturales de la partida de bautismo.

Han pasado justo veinte años desde una escritura a otra.

¿Será el propio «bachiller Serrano, cura de Santa María», ahora doctor

en Teología por la Universidad de Alcalá, el que se asoma otra

vez por esa grafía trufada de sincretismos escriturales? ¿Será que

el archivero parroquial ha extendido su opaca escritura al ámbito

universitario? ¿O será que tal grafía ha hecho escuela?

Rodrigo de Cervantes, el padre, pudo también haber estudiado

en la universidad de su patria chica, pero nos dice Alfonso Dávila

que, al querer comprobarlo, se encontró rasgadas las páginas que

le interesaban de los registros de alumnos de Medicina. Rodrigo

demostró saberse mover en la universidad de Alcalá, porque sus

relaciones resultaron certeras en la búsqueda del colegio y en la

ocupación asignada al hijo mayor. Todos los indicios van a favor de

su titulación universitaria, dadas sus relaciones documentadas. Su

hija Magdalena hará constar ante escribano que era «hija del licenciado

Cervantes de Saavedra»(23). Y en el ya citado poder otorgado a

____________________

(23) Consta en contrato suscrito entre Magdalena e Isabel de Saavedra ante el

escribano Martín de Urraca (Pérez Pastor, DC, v.2, nº 37). Las relaciones profesionales

de Rodrigo padre también se manifiestan en la partida bautismal de Rodrigo

hijo (Apéndice, DC VII) donde figura el «dotor» Gil Verte como padrino

de pila y como testigos Francisco Díaz y Pedro Vallejo, todos ellos reconocidos

médicos de la época.


su esposa y a su sobrino en Sevilla ante escribano (FRM) dece ser

«médico çurujano». No seamos crueles con Rodrigo, añadiendo

sin motivo alguno a su discapacidad física la académica. No hay

motivos para alargar más esa leyenda negra, esa ofensiva devaluadora

contra el dato documental y la universidad de su cuna. Es ese

el padre que ahora vive sus momentos familiares más boyantes,

que se ha instalado en Madrid y que ha dejado en Alcalá a su hija

monja y a su hijo estudiante, ocupados cada uno de ellos en lo que

les gusta: la ascética y la mística, y la gramática y el latín.

CAPITULO 3. UNA VIHUELA Y UN NIÑO JESÚS - CERVANTES VIVO

                     


3.

UNA VIHUELA Y UN NIÑO JESÚS


En la primavera de 1551 ya estaban los Cervantes en Valladolid.

Arrendaron una casa de dos plantas en el arrabal de Sancti Spiritus.

El bullicio de la ciudad castellana debió infundirle confianzas al

cirujano, quien contrata como sirviente a Cristóbal, mozo de veinte

años, y firma el 1-11-1551 una obligación al usurero Gregorio

Romano por un préstamo de 44.472 maravedís, pagaderos el día

de san Juan del año siguiente de 1552, firmando como fiadores

su hermana María y un compinche del usurero. Era un préstamo

por la venta encubierta y abusiva de cuatro candeleros, cinco tazones,

un bernegal y una calderica, todo en plata. Piezas suntuosas

que nunca vería Rodrigo. Era una práctica evasora de los usureros

de la época, llamada «mohatra». Pronto sus esperanzas quebraron,

porque los cirujanos abundaban en Valladolid y él era un forastero

desplazado. Llegó el señalado día de san Juan y Rodrigo no pudo

atender su obligación. El teniente de corregidor procedió a dar prisión

a Rodrigo, lo cual había sido requerido por Gregorio Romano.

Ya en la cárcel, el defensor de Rodrigo exigió su inmediata libertad

por ser hijodalgo, solicitando para ello treinta días para su probanza

y búsqueda de la deuda, pensando el deudor en su retorno fugaz

a Alcalá, refugio de sus consuelos.

Romano impidió su liberación y requirió de antemano el embargo

de los bienes del deudor, siendo así que el merino de deudas

consignó testigos y fecha de ejecución. Allí, en la planta baja que

ocupaba el matrimonio con sus hijos, el día 4 de julio de 1552 hicieron

profusa y detallada lista de los bienes confiscados: las mantas,

las colchas, los colchones, las almohadas grandes y chicas, lisas

y labradas, de cama y de estrado, y los zaragüelles, jubones y sayos,

y hasta un repostero con el escudo de Alcalá y una espada, la mesa

de nogal y los bancos de pino, una caja de cuchillos dorados, un

libro de latín y dos libros de Medicina del cirujano(12).

—¡Se llevan el Niño Jesús y la vihuela que me regaló la tía María!

—gritó Andrea llorando y saltando desde la pared donde estaba

recostada por no tener ya banco.

—¡No, no y no! ¡El Niño Jesús no! —saltó Luisa con voz de

niña acongojada adhiriéndose hasta físicamente a su hermana—.

¡El Niño Jesús, no, por favor!

Miguel, que no sabía muy bien hasta entonces de qué iba la

cosa, al oír las voces plañideras de sus hermanas, se le encogió el

corazón y saltó junto a ellas, apretándose en una solidaridad instintiva,

aunque sin decir nada. Nunca sería hombre de voz fácil.

—¡Es como si me llevaran a mí! —remachó Andrea, la hermana

mayor, mirando a su madre, inerme y retraída, a falta de la

presencia de su marido.

La madre se secó una lágrima y los embargantes y testigos seguían

su trabajo como si nada oyeran. No hubo lugar para apartar

a los niños. Los buitres se habían adentrado en la vivienda sin miramientos,

todo lo asaltaron, todo lo prendieron, todo lo empacaron.

Miguel está cerca de los cinco años y su frágil alma se le va modelando

a base de empentones. En el patio de Alcalá le llegaron las

voces gruesas de la humillación y a la casa de Valladolid le llega, sin

voces, la humillación silente de la expropiación de tus cosas más

queridas. Se llevan sin consideración lo tuyo, tu almohada, tu toalla,

__________________

(12) El documento de embargo de 4 de julio de 1552 pone de relieve que

Rodrigo poseía tres libros:La gramática latina de Elio, de Elio Antonio de

Nebrija (1442-1522); La práctica de cirugía, de Juan de Vigo, y El libro de las

cuatro enfermedades cortesanas que son catarro, gota arthetica ciática, mal de piedra y de

riñones e hijada… (1544), de Luis Lobera de Ávila. Suponemos que la «caja de

cuchillos dorados» los utilizara para cirugías y sangrías.


tu colchón, tu ropa. ¡Se llevan la vihuela! ¡El Niño Jesús! Esto es

demasiado, esto despierta el letargo de la primera edad. «¿Dónde

está mi padre? Si estuviera aquí mi padre no pasaría esto». Miguel,

que ha ido despertando a la vida en un embargo, mira atónito a su

madre. Tiene la cabeza gacha, resignada, sin nada que decir, porque

sabe que de nada servirá. La abuela al menos protesta contra

aquellos hombres insolentes, pero ella nada, ella contestará mañana.

Callada, lo va rumiando. Leonor madre lo tiene decidido para

mañana, ni un día más aguantará los mosquitos del Pisuerga y del

Esgueva. Miguel, instintivamente, corrió junto a la cuna de su hermano

Rodrigo. A este no, a este no.

Fue aquella la jornada vallisoletana del despojo, de la inclemencia.

Cuando los buitres abandonaron la casa con su botín, los afectos

de madre hubieron de descender generosos sobre aquel niño

desposeído que tiembla de tan inauditas sorpresas. Pero Miguel

aprieta a su madre con su fuerza infantil en aquel abrazo de la

jornada amarga. Sabe que está sola y se lo merece esta madre que

no se rompe nunca y que esconde las lágrimas que él ve siempre.

Aquel mismo día, Leonor escribió el recado para su madre de Arganda

y para su marido encarcelado.

Poseemos el dato de que el día 5 de julio de 1552, el día después

del embargo, el procurador Pedrosa requiere su firma para

un poder judicial y en su ausencia domiciliar lo firma Leonor de

Torreblanca, la abuela. ¿Se marchó de la ciudad? Andaba en ello.

Estuvo rescatando algunos objetos domésticos incautados el día

anterior. Nos ilumina Beatriz de Acebes en sus declaraciones del

procedimiento incoado por el calcetero Pedro García el 6-2-1553,

pretendiendo los bienes dejados por Rodrigo, donde la tenedora

de requisas informa de la visita que le hizo Leonor de Cortinas,

apuntando que después fueron rescatando poco a poco los objetos

señalados, todo lo cual ocupó desde días después de san Juan hasta

cerca de san Miguel, y que más tarde dejaron en prenda cuatro almohadas

de estrado por seis reales (K. Sliwa, Documentos cervantinos

2005).

Según lo cual, deducimos que Leonor de Cortinas encuentra

sus objetos incautados al día siguiente, rescata alguno de sus predilectos:

«un cofre, un arca encorada y unos tapices de lampazos»

y señala los que van a ser retirados, acometiendo de inmediato el

viaje de vuelta a Alcalá. Creemos que tras del embargo, Leonor

salió de naja del oprobio de Valladolid con diligencia. La casa había

quedado desmantelada, inservible para hacer vida y menos para ser

nido de un parto inminente. Allí no habían quedado ni colchones,

ni sábanas, ni toallas. La argandeña, firme y resuelta, salió rebotada

de la villa de la estrechez y del acoso, buscando a su madre para

el parto que venía y obedeciendo a su marido para que lo hiciera

en la casa de Alcalá, ciudad universitaria poblada de galenos por si

fuese necesario. Allí, en Valladolid, quedaba la abuela Leonor por

un tiempo, cerca de su hijo encarcelado y de los objetos por rescatar,

auxiliada de su nieta Andrea. Leonor de Cortinas se fue con el

resto de la familia a Alcalá, donde nacería Magdalena el 22 de julio

de 1552, día de santa María Magdalena. Hacia primeros de octubre,

la abuela y la nieta dejaron también Valladolid con los seis reales

de las almohadas empeñadas, quedando allí María, la hermana de

Rodrigo, quien a su término paga dos casas de alquiler y dice tener

los dineros en Madrid, completando el pago de la renta con «un

tapiz de figuras, una saya de raso guarnicionada de terciopelo y un

manto de raja».

Siete fueron los meses de un rocambolesco proceso en donde

se acumulan las demandas de deuda. Cuando parece le llega la hora

de la libertad, que le llegó, le sale Pedro García requiriendo demanda

incumplida. O le sale al paso el arrendador. Romano pone en

duda su hidalguía para bloquear su salida, que él considera huida.

En su defensa acudieron en persona cuatro alcalaínos y otros dos

que lo hicieron desde Salamanca para declarar a su favor en la corte

de Valladolid. Fue un noble gesto el de los cuatro alcalaínos que

acudieron solidarios en su ayuda bajo el orgullo complutense, los

cuales testificaron que ellos bien le conocían y «que los Cervantes

nunca pecharon en Alcalá», lo que era prueba de hidalguía, y en su

favor había abundante jurisprudencia para su libertad. He aquí el

pedimento de puño y letra del encausado, el padre de Miguel:

Muy poderosos señores: Rodrigo de Cervantes, preso en la

cárcel pública desta villa a pedimyento de Gregorio Romano

e pero garcia, vezinos desta villa, por cierto enbargo que en

my hizo por quantia de quarenta e tantas myll maravedis que

yo les debo por una obligaçion, e yo no tengo en esta villa

ny casa, porque yo soy natural de Alcalá de Henares e yo

tengo en ella y en otras partes my hacienda para poder pagar

a las partes contrarias, porque la renta que tengo es para pan

cogido, y les he rogado que me esperen hasta que lo cobre, e

por me molestar no lo an querido hazer, e yo tengo alegado

ser hombre hijo dalgo e tengo dada ynformaçion dello. A

vuestra alteza pido e suplico me mande dar en fianças de la

haz por treynta dias, porque en este tiempo yo pueda cobrar

mi renta e pagar a las partes contrarias, en lo qual vuestra

alteza admynystrará justicia e a mi hará señalada merced, e

para ello el Real ofiçio de vuestra alteza ymploro(13).

Como la hidalguía le fue impugnada, pidió su abogado Pedrosa

le permitieran salir para cobrar probanza. Al final, el 5 de enero

de 1553 salió de Valladolid a Alcalá junto con su hermana, que

se quedó en Madrid, y el 12 concede poder a Alonso Rodríguez

para recabar probanza en Alcalá, el 18 hace lo mismo en Madrid,

compareciendo ante el corregidor Céspedes de Oviedo, y el 26,

dócilmente, reingresa por tercera vez en la cárcel de Valladolid.

Solidarias y solventes fueron las declaraciones en su favor de prestigiosos

miembros de la universidad y de la municipalidad alcalaína

y madrileña que resultaron inapelables y que hubieron de dar su

fruto en la corte judicial de la villa del Pisuerga, porque a principios

de febrero ya era definitivamente liberado.

_____________

(13) Rodríguez Marín, Nuevos Documentos… Doc. XXXIV, que recoge todos

los detalles del proceso de Valladolid, obtenidos por Narciso Alonso Cortés.


Hemos pasado por alto que cuando a Rodrigo se le concede

permiso de salida para reconquistar su hidalguía en su Alcalá, era

un día 5 de enero y Rodrigo pudo quizás saborear su mejor día de

Reyes al reconquistar también su hogar perdido y crecido, apurando

desde allí sus escasos veinte días que le dieron. Por fin, sacudido

el polvo de sus calzas, vuelve a los polvos de la libertad en la casa

de Alcalá.

Cuando decimos «la casa de Alcalá» nos referimos a la «casa

madre» y no a la casa natal ya vendida por tía María, su propietaria,

y la denominamos así porque era la casa de la hacendada familia de

Leonor, la madre de Miguel, hija única de doña Elvira, sin que la

historia haya identificado al padre, el abuelo materno de Cervantes.

Era, según Astrana, la casa representativa de los Cortinas de Arganda

en la sede del señorío o alfoz complutense. Y ¿dónde estaba

esa casa en Alcalá? Se carece de documentación, pero Anselmo

Reymundo Tornero, autor de Datos históricos de la ciudad de Alcalá de

Henares (1950), antes de que conociera los datos de las dos casas

cervantinas documentadas por Astrana Marín, ambas en la calle

Imagen, Reymundo presentaba tres casas de la familia Cervantes

basándose en la tradición(14).

Alcalá de Henares gozó en el siglo XIX y antes, de una nutrida

colección de periódicos y revistas donde el tema cervantino

era copioso. No sabemos cuáles serían las fuentes concretas de

Reymundo —aunque sabemos que hurgó en la biblioteca de los

PP. Filipenses—, pero sus casas cervantinas de la tradición fueron

estas tres: una, aledaña al Hospital de Antezana, donde vivía el

«zurujano» con su familia, que la tradición fijaba, no al costado

como Astrana, sino en la huerta trasera del Hospital que después

fue de los Capuchinos. Otra casa próxima cervantina que relaciona

__________________

(14) Aunque la obra de investigación cervantina de Astrana, Vida ejemplar

y heroica de MCS está fechada en 1948 y la de Reymundo Tornero en 1950,

este no conoce la de Astrana cuando escribe la suya, e incluso manifiesta allí

el esperanzado anuncio de su inminente publicación. Pero Astrana, que no

leyó a Reymundo, nunca fijó ni como probable el emplazamiento de la «casa

madre», aunque estaba seguro de su existencia en Alcalá.


es la de Mayor esquina a la de la Imagen, la que a través de Astrana

llamaremos de la «calzonera». En este caso ha habido plena coincidencia

en la identificación de la casa por Raimundo y Astrana, es

decir, por la vía de la tradición y la documental.

Nos falta una tercera casa que Astrana no encuentra, pero que

Reymundo nos ofrece en el primer lugar de la relación de sus tres

casas cervantinas de Alcalá: es la casa que había en la plaza de San

Justo, hoy Santos Niños, esquina a la de los Carros (hoy del cardenal

Cisneros. Ese emplazamiento de la casa carece de confirmación

documental, pero ahí es donde pudo estar, en efecto, la que

llamamos «casa madre», la casa de la «vecindad» documental de

Luisa cuando ingresa en el convento de la Concepción («vezina de

Alcalá», según el Libro de apuntamientos del convento), al igual que

Leonor madre y su hija Andrea en su visita al convento trinitario

de Madrid («vezinas de Alcalá, estantes en la corte»), para negociar

el rescate de Miguel en Argel, y al igual que el «vezino de Alcalá»

con que se nombra repetidamente a Miguel en la documentación

trinitaria de Argel (Libro de la Redempçió). De esa manera, el convento

de Luisa quedaba a dos pasos de su casa, en la plaza de la Victoria

y la del Herrezuelo, ejerciendo así el convento su captación

por proximidad. Hablamos del emplazamiento probable de aquella

casa en la esquina referida según la tradición.

Rodrigo esperó entre Alcalá y Arganda su renta de las tierras

paniegas de ambos lugares hasta finales del verano de aquel año de

1553. Como no juzgó oportuno reanudar su vida profesional en

ninguno de los citados lugares ni encontró oportunidad, el cirujano,

que se había visto alejado de su hermana María, miró entonces

a Córdoba, donde ya les estaban esperando la abuela Leonor junto

a Andrea en la casa familiar de la collación de San Nicolás de la

Ajerquía, cerca de la plaza del Potro.

«Sí, Leonor, sí, vamos todos, porque todavía conservo en carne

viva mi cárcel de vosotros», le dijo Rodrigo.

Contrató un carro en el que pudiera viajar la familia. Era el

viaje de la doblegación a Córdoba, a donde no quiso otrora seguir

a su padre envalentonado, y a donde ahora marcha el hijo con su

familia, vencido y castigado por la vida, quemadas sus naves. Allá

va el «zurujano» sordo para postrarse a ultranza ante su esquinado

padre, de quien necesita el calor, allá va Rodrigo, doblegado por

su larga familia, buscando también a su querido hermano Andrés,

de quien sabe que nunca le va a fallar. La aventura de aquel largo

viaje encandilaba los ánimos e imaginaciones de Miguel niño, que

acababa de cumplir los seis años en su Alcalá el día de san Miguel,

29 de septiembre de 1553, el doblete festivo del aniversario y de la

onomástica que llevará por vida.